Don Ruma, el periodista más loco del mundo

Después de perder la presidencia municipal de Tuxtla Gutiérrez y un escaño al Senado de la República, Romualdo Moguel Orantes decidió que su vida la consagraría a denunciar a los políticos corruptos, culpables de su derrota en las urnas.

Sin partidarios, sin recursos, sin imprenta y apenas con la ilusión por cambiar el sistema político mexicano, escribió a diario, por más de 32 años, un periódico manuscrito rebelde, de enrevesada sintaxis y complicada caligrafía.

Don Ruma, fotografiado por Marcelina Galindo Arce, en 1949.

Su trabajo periodístico inició en 1924 y concluyó en 1956, cuando un cáncer de estómago lo encadenó primero a una cama del Hospital General de Tuxtla Gutiérrez y finalmente lo llevó a la muerte.

En vida, Romualdo Moguel alcanzó efímera fama nacional. Apareció en el reportaje central de noviembre de 1949 de la revista Impacto y diversos periodistas locales escribieron sobre su singular oficio como entrevistador, cronista, articulista, director y hasta distribuidor de la hoja suelta manuscrita en que convirtió su periódico La Nueva Estrella de Oriente.

Aunque radicó en Tuxtla por más de 30 años, el periodista nació en Morelia, municipio de Cintalapa, una finca ubicada a unos 80 kilómetros de la capital chiapaneca, el 16 de agosto de 1881.

Su pasión por el periodismo surgió en 1911, al calor de la revolución mexicana, cuando vivió en la Ciudad de México y fundó Diario de un Tuxtleco, un periódico que tuvo a Chiapas como temática fija.

En 1919, de acuerdo a un anuncio publicado en Chiapas Nuevo el 19 de marzo de ese año, Romualdo Moguel se había establecido en Tuxtla como comerciante. En su negocio, Fábrica y Colmenar Santa Julia, vendía colmenas, costales y alfombras de ixtle.

En las elecciones locales de 1921, apoyado por un grupo de estudiantes, contendió por la presidencia municipal de la capital chiapaneca, pero perdió. La derrota no lo desanimó y en 1923 se presentó como candidato a senador. Fiel a su pasión, fundó, como órgano de difusión de su candidatura, el periódico La Nueva Estrella de Oriente.

Perdió de nueva cuenta, y aquel periódico, que se había impreso en tres ocasiones en la Imprenta El Progreso de Antonio Puig y Pascual, dejó de editarse por falta de aportaciones económicas de sus simpatizantes.

Para Romualdo Moguel Orantes eso no fue un obstáculo. Solo, sin partidarios, sin partido y con apenas recursos económicos para sobrevivir, inició la tarea titánica de escribir a diario un periódico manuscrito que tendría como finalidad acabar con los funcionarios corruptos que le habían truncado su carrera política que alumbraría como la Estrella de Belén.

En 1924 comenzó una rutina que solo alteraría al final de sus años por su quebrantada salud. Se despertaba a las cinco de la mañana y, a la par de un café, mezclado a veces con leche de chiva, según atestiguó el poeta Santiago Serrano, confeccionaba la edición diaria de La Nueva Estrella de Oriente, que por sus dimensiones de tamaño carta pronto fue conocida por los tuxtlecos como La Estrellita y a su director como don Rumita o don Ruma.

Entre las ocho y las nueve de la mañana, dependiendo del número de ejemplares, que podían ser diez o cien, empezaba su otra labor, la de distribuidor de su hoja informativa. Recorría refresquerías y billares, tan de moda en los treintas y cuarentas, pero su objetivo principal eran las oficinas gubernamentales, por la palabra incendiaria de la que era portador.

Aunque toda su vida fue periodista –“el periodista más raro del mundo”, lo calificó Impacto–, confesó a la autora del reportaje, Marcelina Galindo Arce, que en realidad su sueño frustrado había sido convertirse en senador o en presidente de la república, porque “era un hombre honrado y nadie podía demostrar lo contrario”.

Concebía al periodismo de igual modo. Sus practicantes debían llevar una vida honrada, casi ascética, pero eso sí, de denuncia permanente de los actores públicos.

Para evitar compromisos políticos, en las más de doce mil ocasiones en que redactó, diseñó y distribuyó La Nueva Estrella de Oriente, no incluyó un solo anuncio comercial, mucho menos uno gubernamental o político. Lo suyo era la denuncia, más imaginativa que real, porque cuando intentaba traspasar sus pensamientos al papel, se le emborronaban, confundían y alteraban sin remedio alguno.

A principios de los cincuentas, cuando la economía familiar menguó –sus hermanas y algunos amigos le proporcionaban papel y tinta– decidió que después de 26 años de regalar La Estrellita era tiempo de venderla a los escasos lectores.

La compra del ejemplar por cinco centavos incluía la lectura, en voz del propio periodista, de los textos de la edición del día.

No tuvo éxito en su estrategia, como no lo había tenido en tantos años dedicados al periodismo de “denuncia social”. Las personas lo esquivaban cuando lo veían venir con su hoja informativa, que él armaba para su fácil distribución, en forma de cucurucho.

Sabedor que su producto no era buscado sino más bien rechazado, aunque jamás cambió el título de La Nueva Estrella de Oriente, en su anuncio de voceador le dio otro nombre: “La Calavera”, y tiraba la calavera a los pies de los huidizos lectores.

No encontró la aceptación, sino la burla. Su figura delgadísima, su traje de dril blanco en el calor infernal tuxtleco, su sombrero de fieltro, su bastón, su andar arqueado y rápido, provocaban la risa y el chacoteo.

Regino Hernández Llergo, el director de Impacto, fue de los pocos que lo tomaron en serio: “Ustedes –declaró para el periódico Voz del 2 de julio de 1954– tienen en Chiapas algo que no han querido comprender porque lo tienen muy cerca, en la misma tierra; ese incomprendido es don Romualdo Moguel; él es un verdadero paladín del periodismo, a tal grado que podemos considerarlo una figura continental. Don Ruma es el único periodista que dice: ‘nada quiero, nada espero, lo único que deseo es decir la verdad’”.

A principios de los cincuentas, un norteamericano ofreció 20 mil dólares por la colección completa de La Estrellita. Pero nadie, ni su fundador, había tenido la paciencia de juntar tantas hojas sueltas, elaboradas en papel cebolla. Hoy sobreviven en archivos privados y públicos algunos ejemplares, y a través de ellos podemos comprobar la difícil redacción y caligrafía. Es comprensible solo el inicio, y después se pierde en una sucesión de palabras sin rumbo.

Don Romualdo Orantes Moguel, al igual que el escritor de El resplandor de Stephen King, repitió todos los días la misma frase, que en su caso era el título de su periódico, y cuando procedía a denunciar a los políticos culpables de su malograda carrera pública, saltaba a otra realidad, regresaba quizá a los años de su derrota electoral y ahí se quedaba con las palabras atropelladas y la coherencia extraviada.

Rosario Castellanos, empeñada a decir las cosas por su nombre, escribió en sus cartas a su novio Ricardo que el loco más conspicuo de Tuxtla, era un señor que tenía “la manía de hacer un periódico manuscrito y regalarlo en la plaza”.

Horas antes de su muerte, publicaron varios periódicos tuxtlecos en julio de 1956, que don Ruma, al igual que Alonso Quijano, había recobrado la lucidez y se había despedido de sus hermanas y amigos.

No sabemos si se arrepintió por tantos años dedicados al periodismo “de denuncia”, pero lo cierto es que desde su locura aportó a la sociedad un contra modelo del periodista chiapaneco, de un periodista laborioso, trabajador, disciplinado y, sobre todo, incorruptible, por lo que varias organizaciones han retomado su nombre para ensalzar sus ideales, aunque no se rescate nada memorable ni legible de las más de doce mil ediciones de La Nueva Estrella de Oriente. 

(Este texto fue publicado en el periódico La Jornada Maya, de Mérida,

 

 

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