Definición de mentada

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Tía Eduviges usaba el término de manera prestigiosa. Ella decía que doña Arminda era muy mentada. Doña Arminda era la declamadora principal del pueblo, participaba en todas las veladas literarias que se realizaban. Muchos elogiaban el trabajo de doña Arminda, otros decían que no era declamadora sino reclamadora, porque había instantes en que alzaba la voz como si fuese una placera.

Y digo que tía Eduviges empleaba el término de manera prestigiosa, porque, en este país (lo sabe todo mundo), el término “mentada” tiene un tono ofensivo. La mayoría de veces, dicho término, es empleado en tono despectivo.

La gente lanza mentadas, como si éstas fuesen piedras. La mentada (en México) se emplea para mentar la madre; es decir, si fuéramos un poco más decentes, la mentada la emplearíamos con toda la dignidad del mundo, porque la madre estaría colocada en el mismo pedestal en el que tía Eduviges colocaba a doña Arminda. Si doña Arminda era muy mentada, cualquier madre de cualquier político ratero podía enorgullecerse, de igual manera, de ser muy mentada.

Porque hay algunos diccionarios que explican que ser mentado significa que uno es famoso. Mientras más mentado ¡más célebre!

Pero, ya nos explicaron las feministas que nuestro lenguaje tiene una rotunda carga machista. Cuando un hombre es muy mentado pareciera que ya se está colocando sobre un pedestal. Podemos acá, como un mero ejercicio, hacer la prueba: Si mil ciudadanos mientan al presidente de la república, cualquier estudioso del fenómeno concluirá que dicho político es conocido. Mientras más mentado sea más relevante será su personaje. Al contrario, si esos mismos mil ciudadanos mientan a su madre, la mentada será un trato ofensivo e indigno para la señora.

Pero (ya se sabe) el lenguaje no es tan simple. Cualquier estudioso puede advertir que esta conjugación verbal tiene una cercanía muy simpática (casi peligrosa) con el verbo mentir. Los estudiosos de la lengua española se confundirían. Si Donald Trump, como un mero ejemplo, decidiera aprender español, su maestro podría, perfectamente, escribir en el pizarrón de la Casa Blanca la siguiente oración: “Cuando los mexicanos mientan usted lo notará en el semblante de ellos”. Y míster Donald no sabría decidir si el término “mientan” se refiere al verbo mentir o al verbo mentar. De esta manera, Trump puede malinterpretar el enardecimiento del rostro de México y creer que el país le está lanzando una mentada, cuando, simple y llanamente, le está mintiendo, o viceversa. Una soberana mentada puede interpretarla como una sencilla mentirilla. De acá, podemos, entonces, lanzar la pregunta que se desliza en este tobogán: Al pueblo de México ¿qué le afecta más: que le mientan, de mentar, o que le mientan, de mentir?

Yo crecí usando el término de tía Eduviges. Cuando aparecía una mentada yo, de manera inmediata, creía que la madre mencionada era tan o más famosa que doña Arminda que subía al escenario con paso majestuoso, siempre con una estola de armiño enredada al cuello. Cuando ella comenzaba a declamar la famosa poesía de Ramón López Velarde, con un movimiento estudiado, tomaba la estola con la mano izquierda y esperaba el momento exacto para hacer algo que yo miraba como un fino pase de torero. En mi espíritu resonaban las palabras maravillosas de López Velarde: “Yo que solo canté de la exquisita / partitura del íntimo decoro / alzo hoy la voz a mitad del foro…”, y a la hora que decía la palabra foro aventaba la estola, justo a mitad del foro.

Doña Arminda siempre fue muy mentada en Comitán. Bueno, no tanto como la mamá del presidente de la república.

Claro, como yo crecí con el concepto fino de tía Eduviges, me enorgullezco de que la mamá del presidente sea tan mentada.

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