Morir acompañado

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Hay tantas formas de morir como ceremonias para enfrentar el duelo. A veces se muere de golpe cuando el corazón henchido de vida, de cansancio, de experiencias, de hartazgo, encuentra un alto en su camino y dice ¡basta!

Con esa muerte, las personas que amaron a quien dejó de latir en sus vidas se hacen siempre la más añeja pregunta, la más absurda e importante: ¿Cómo es posible? Si ayer estaba tan contento abrazando a sus hijos o si apenas le vi tan llena de vida y tan sonriente.

Hay siempre dos muertes: la de quien se va y la de quienes le sobreviven, con una pequeña pérdida vital que se parece a una advertencia, al vacío, a la melancolía del no ser que nos espera.

Así, las familias de quienes esperaban a sus seres queridos que tomaron un avión que cayó al mar, se niegan al duelo, llenas de ira, desesperadas por hallar una respuesta en tecnicismos que nunca les darán paz emocional.

No importa si el más docto ingeniero aeronáutico, especialista en fallas humanas y mecánicas, les muestra un documento que prueba de forma irrefutable que el desplome fue accidental. No importa si la línea aérea reconoce que fue una falla humana, como lo fue la del capitán del barco en Corea del Sur.

Nada les consolará, la espera y la consternación por recibir una respuesta inútil son parte de la ceremonia del adiós. Quienes creen en Dios le maldicen, quienes dudan de su existencia le buscan en las horas aciagas. Todos los días mueren miles de personas. Cada minuto en el planeta alguien llora una pérdida que parece irreparable.

Hay quienes mueren en la vejez, luego de haber acumulado saberes, amores y éxitos; hay quienes eligen la hora de su muerte y pasan cada vez más tiempo en cama y menos horas en el bullicio de lo cotidiano.

Sus pulmones se cansan y me parece, porque mi abuelo me lo dijo cuando eligió morir, que perder el aliento a cierta edad es una prerrogativa válida. No para quienes quedan, pero sí para quienes se han alistado para morir.

Hay quienes con la enfermedad a cuestas, aprenden a temer a la muerte y a vivir con ella en el goteo diminuto de los medicamentos. Le hablan al óbito como si fuera un cachorro amoroso recostado a los pies de la cama, le acarician para que no les sorprenda sin estar preparadas para la partida y el desgajamiento de la integridad.

A pocas cosas le tememos más que a la decrepitud de la enfermedad. No importa la edad: la pérdida de la dignidad de un cuerpo deshojado, endeble y adolorido es un miedo común a desconocidos y famosos.

Algunas pérdidas nos aturden con mayor intensidad; las madres de las víctimas del avión accidentado lloran porque el cuerpo de los suyos se hizo uno con la sal marina; temen por el sufrimiento que imaginan; sueñan haber llegado en una balsa y extender sus brazos. La muerte en la lejanía duele más que la que trae consigo la certeza de un beso de despedida.

El fallecimiento de personas admiradas por sus dones artísticos o literarios representan, además, una pérdida comunitaria. Habría que agradecer a las grandes mujeres que estuvieron siempre al lado de grandes escritores, como José Emilio Pacheco o Gabriel García Márquez.

Ésas que se encargaron de hacer su vida perfecta para que ellos fuesen imperfectos, las que les impulsaron para escribir lo mejor, para dejar el ego en la bañera y ser más humanos y mejores escritores.

Las que aseguraron el éxito de sus amados, siempre solidarias; porque todos los grandes hombres son una persona común en casa. Para entender los méritos de un gran escritor, hay que reconocer a quienes, en parte, hicieron posible su gloria.

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