Una gran pella

Casa de citas/ 333

Una gran pella

Héctor Cortés Mandujano

 

Dice Adolfo Castañón, autor de selección y notas de Nuestra lengua y otros cuatro papeles (Conaculta, 2009), de Alfonso Reyes, que esta es la antología número 63 que se hace de este enorme escritor mexicano, al que nunca hay que dejar de leer. En “Discurso por Virgilio” dice don Alfonso que (p. 55) “cada hombre es injerto de antepasados […] del mismo modo que las hojas, sin dejar de ser la sola unidad vegetal, el órgano por esencia del árbol, se sienten atadas en su árbol”.

En el final del cuarto apartado de su célebre “Visión de Anáhuac”, que leo una vez más, después de tantas, cita al poeta antiguo (p. 136): “Yo soy miserable, miserable como la última flor”.

En “Memorias de cocina y bodega” usa una palabra que yo sólo había oído usar popularmente (p. 169): “Parece que en un principio el chocolate se elaboraba en bolas o pellas”. Pella es “un trozo de masa de forma redonda”.

Hace tiempo un amigo me dijo sobre un político transitoriamente importante: “Ese hombre es, como decía la vieja sirvienta de mi casa, una gran pella”. Jamás había oído la palabra. Le pregunté: “¿Pella, qué es eso?” Y me contestó, sintético: “Caca”.

 

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La cultura es un conjunto de formas

que han sido más fuertes que la muerte

Carlos Fuentes

Ilustración: Luis Villatoro

Personas (Alfaguara, 2012), de Carlos Fuentes, es una galería de cercanos a quien fue el narrador mexicano más internacional, entre los cuales está, por cierto, Alfonso Reyes, de quien cita su defensa en contra de los que le acusaban de no ser lo suficientemente nacionalista. Dijo Reyes, en A vuelta de correo (p. 21): “Nada puede sernos ajeno sino lo que ignoramos. La única manera de ser nacional consiste en ser generosamente universal, pues nunca la parte se entendió sin el todo”.

Le presentan a Mario Soares, quien cuenta a Fuentes que durante la clandestinidad contra la dictadura (p. 83) “firmaba sus artículos de prensa con el seudónimo ‘Carlos Fuentes’. Le aseguro que, si alguna vez debo escribir clandestinamente, usaré el seudónimo ‘Mario Soares’ ”.

En el apartado sobre Pablo Neruda dice (p. 143): “Las cosas no nos pertenecen a todos. Pero las palabras sí. Las palabras son la primera y más natural instancia de una propiedad común. La escritura, lo quiera o no el escritor, es siempre una comunidad y una comunión”.

Sobre Julio Cortázar cuenta varios viajes (uno sorprendentemente a Palenque, Chiapas) y en otro, dice (p. 156): “Descubrí que en la fábricas checas, para aliviar el tedio estajanovista, los altavoces tocaban el día entero un disco de Lola Beltrán cantando ‘Cucurrucucú, Paloma’ ”.

Habla de Simone Weil, de la que se aprendió de memoria estas ideas, dice Fuentes, derivadas de Homero (p. 223): “Nada está a salvo del destino. Nunca admires al poder, ni odies al enemigo, ni desprecies al que sufre”.

Y apunta, más adelante (p. 227): “Cuando la eternidad se mueve, la llamamos tiempo, escribió Platón”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

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