Desde la tierra caliente a Los Altos

© Hermosas flores granadillas. Arriba de San Lucas, Chiapas (2017)

Segunda parte

Chiapilla y El Zapotal. Pero siguen hacia el Oriente, hacia el rumbo de los Baños del Carmen ¿alguien recuerda?, aunque hacia el Poniente corre el Grijalva, y muy pronto un marbete perpetúa los tiempos idos del otrora peligroso río: “Lagartero, a la derecha” reza el epígrafe. Continúan y ya está el desvío de la izquierda, hacia el Norte, punto en el que de nuevo abunda la propaganda ilícita. En verde y rojo un letrero gigante anuncia: “De la Mano con Sasil A. C.” y continúan las del jaguar, pero ya están en Chiapilla, la compañera insustituible de la comarca chiapeña, junto con Suchiapa, Chiapa de Corzo, e incluso el pueblo que sigue, San Lucas, el noble y antiguo Zapotal.

Augusto recuerda estos pueblos, al igual que Totolapa, Ponciano Arriaga, Flores Magón, Nicolás Ruíz, Matamoros y Nuevo León, una de las rutas de su extensa zona de trabajo de principios de los años ochenta; de cuando la organización de comités para la fundación de tiendas campesinas. Atraviesan la calle empinada principal de Chiapilla, toda cubierta de pasacalles y gallardetes, probablemente de alguna fiesta recién celebrada. Continúan por la carretera semi-pavimentada, y muy pronto están en el pueblo de San Lucas, apacible e igual que el anterior, encaramado sobre la montaña, hasta llegar frente a la plaza, la Presidencia Municipal y el templo del santo patrón homónimo.

Es imposible a Augusto fotografiar su iglesita vieja, toda pintada de amarillo. Gruesos candados se anteponen, evitan pasar al atrio, aunque conversa con los colectiveros, apostados bajo los laureles del parque. Cuentan que desde hace relativamente poco tiempo —calcula diez años— hay una ruta permanente de transporte hacia San Cristóbal. Un minibús se fleta cada hora con pasajeros y algo de sus productos hortícolas, hasta las seis de la tarde. Se detienen a lo largo del camino para atender a quienes solicitan el servicio, y tienen una parada formal en la zona del mercado central de la ciudad alteña.

Continúan por el pueblo aunque de pronto, la calle que escogen para salir ¡Cancelada! Un camión atravesado, cuyas señas indican formar parte de los activos de la oficina de Protección Civil Municipal, carga la basura de una escuela y “no hay pa’cuando” según informan. Dan marcha atrás, rodean la manzana, salen del poblado y ya está de nuevo la carretera. Burros y mulas de carga forman parte del paisaje junto al camino, al igual que caballos y sus respectivos jinetes ensombrerados. Pero pronto encuentran un crucero peculiar: derecho, el camino continúa hacia Pancho Villa, el Poniente; a la izquierda, el Norte, la vía conduce a San Cristóbal; y a la derecha conecta con el camino que va a Chiapilla para librar San Lucas. Justo aquí, varias vendedoras a campo abierto, ofrecen la producción de sus huertas de tierra fría a precios ínfimos: duraznos, manzanas, peras y granadillas, quizá membrillos.

Viran hacia el Norte, hacia la cuesta y San Cristóbal. Carretera que evidentemente aún ayer estuvo pavimentada, aunque debido al espesor somero de su asfalto hoy luce derruida, desmantelada, casi una brecha: efímera igual que el compromiso de quienes hoy gobiernan. Menguada igual que el erario, aunque en frente se halle la abultada bolsa de munícipes y demás gobernantes. Avanzan pero muy pronto el camino se corta y hay que desviarse. Primero una y luego otra alcantarilla enorme, ambas han sido totalmente eliminadas por las corriente que bajan de la montaña. Naturalmente, por la falta absoluta de mantenimiento. Sienten coraje al observar tanta indolencia institucional.

Muy pronto el camino sube por entre rocas, pedregales, peñascos. Zumban sus oídos y tragan saliva para compensar el abrupto cambio de altitud. Ya se ven los primeros roblares, escasos remanentes de antiguos bosques inmensos; pequeñas plantaciones frutales, y cosa rara: varias motos topan por el camino, igual que ciclistas. Aparecen a los lados, junto a huertas campesinas y casas de madera, pequeñas parvadas de guajolotes como nunca habían visto en ningún lugar de la tierra y… cruzan un puente cuyas aguas blancas pasan a tropel, corriendo hacia abajo, espumosas. ¿Espumosas? se preguntan los tres, dan reversa al auto y sí, efectivamente, vuelven al puente angosto, tan sólo para confirmar que estas son aguas servidas, jabonosas, contaminadas.

Preguntan y el transeúnte más a mano tan sólo expresa “es el río del túnel, el de aquí arriba”. Y claro, pronto comprenden: se trata del ducto subterráneo de San Cristóbal, el que más arriba atraviesa la montaña a lo largo de tres kilómetros, a través del cual se conducen las aguas de los ríos Fogótico y Amarillo de aquella ciudad, cuando los sumideros son incapaces de tragarse toda el agua que las lluvias vierten sobre el antiquísimo valle de Jovel. Por fortuna —reflexionan los paseantes—esto ocurre sólo durante la temporada de lluvias e incluso hay años en que no hay desbordes ni demasías. Lo malo de todas formas es su contaminación, prácticamente el drenaje de San Cristóbal.

Continúan hacia arriba, personas van y vienen, algunas a pie, otras a caballo o en burro, y de cuando en cuando se asoman enramadas extensas de granadillas. Junto a una de ellas, plantada sobre el peñascal que se extiende al lado derecho de la carretera —formado de rocas, bloques y formas geométricas diversas—, paran a degustar el café. Estacionan la camioneta, cruzan el alambrado y por debajo de la inmensa enredadera de granadillas, escogen a propósito, el conjunto de cubos que les sirve de mesa y bancos inmejorables. Curiosean las hermosas flores blancas-moradas de la enredadera, centros verde-amarillentos provistos de estambres nunca antes vistos. Observan granadillas verdes, algunas tiernas, otras macizas, aunque algunas ocres, amarillentas, maduras, quizás restos de la última cosecha.

Les saludan y despiden las mujeres adultas, niñas y muchachas, cuando pasan junto a su enramada. Se sonríen probablemente por su intrepidez, o por intuir que roban algunas frutas. Ellos preguntan a dónde van y todas candorosas responden que van por leña y un burrito, “aquí cerca, en la montaña, antes del farallón”. Más allá, a la derecha es señalada la ranchería Laguna del Carmen, demarcación de San Lucas, y he aquí, a la izquierda, Laguna Grande, primera comunidad del municipio de San Cristóbal, punto desde el cual —honor a quien honor merezca— la carretera evidencia, ahora sí, algún mantenimiento.

Retroalimentación porfas. cruzcoutino@gmail.com

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