La culpa siempre es del Antiguo Régimen

Cualquier cambio de rumbo político, y más cuando es o se desea radical, pretende romper rotundamente con el gobierno o régimen que le precedió. Los ejemplos en la historia son muchos, y se significan tanto si los depuestos son personas, líderes carismáticos o autoritarios, o si son administraciones políticas.

La antigüedad nos ha dado a conocer un sinnúmero de dirigentes caídos en desgracia y despojados por otros liderazgos, y lo mismo puede señalarse si los cambios se producen entre sistemas políticos. Tal vez el ejemplo más claro en los inicios de la modernidad lo ostenta la Revolución Francesa, y más recientemente se produjo con la caída del Muro de Berlín, un hecho que condujo al desplome de los gobiernos de los países del mal llamado socialismo real y que estaban en la esfera de influencia de la URSS. Una Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas también desarticulada en infinidad de repúblicas, observables con especial nitidez en el Asia Central o en históricos territorios que recuperaron su independencia en 1991, como lo fueron las Repúblicas Bálticas de Letonia, Lituania y Estonia.

México no ha sido ajeno, desde su fundación como país, a este tipo de movimientos que parecen circulares y reiterativos en la historia mundial. Así, la Revolución mexicana insistió en los años que la prosiguieron, y también gracias a la historiografía servicial con el Partido de Estado, en considerar que la conflagración bélica y las transformaciones propiciadas tras ella fueron una ruptura absoluta con el pasado, un cerco al que se denominó Antiguo Régimen (porfiriano) siguiendo el ejemplo de lo afirmado tras la Revolución francesa y que reafirmó Alexis de Tocqueville al titular una de sus obras con el nombre de El Antiguo Régimen y la Revolución.

En todas esas situaciones históricas frente al Antiguo Régimen se erigía uno nuevo, como no resulta sorprendente, pero lo destacable ha sido siempre la consideración de inaugurarse una nueva época, una original y singular era que, además de desmantelar un pasado que englobaba todo lo políticamente deleznable, abriría el camino a los cambios necesarios para construir una sociedad con proyección hacia el futuro.

Por desgracia, la historia también ha enseñado que los propósitos acompañados de los discursos transformadores no siempre se reflejaron en hechos perceptibles, en cambios profundos, ni las rupturas fueron como se preveían y afirmaban. Igualmente, en algunos casos esas deseadas nuevas eras vieron en pocos años regresar momentos tan o más retrógrados de los criticados por ser parte del Antiguo Régimen. Así, no condenar con rotundidad el pasado, sea o no considerado Antiguo Régimen, debe unirse a relativizar las posibilidades de ese cambio radical, por muy anhelado y necesario que se considere.

La culpa de las situaciones políticas y sociales siempre son achacables a otras personas y a otros tiempos, pero como demuestra el refranero siempre hay que ser prudente, porque te pueden aplicar aquel dicho que asegura que “Cuando el arriero es malo, le echa la culpa a los burros”.

 

 

 

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