Violar a un hombre, a una mujer

Casa de citas/ 440

Violar a un hombre, a una mujer

Héctor Cortés Mandujano

 

En La muerte de Carlos Gardel (Siruela, 1997), António Lobo Antunes vuelve a varios de sus temas recurrentes: un hijo abandonado (Nuno), una persona (Álvaro) que decide soltar las amarras de la cordura y encerrarse en una vida de puerta adentro que nadie en capaz de comprender, y uno o varios amores cuyo final es la desdicha. La muerte también, de nuevo, aparece (p. 62): “Morir es cuando los ojos se transforman en párpados”.

 

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Random House Mondadori ha publicado, de nuevo y afortunadamente, la obra completa de Shakespeare en cinco tomos. Lo hizo, además, conjuntando las traducciones que sobre la obra del bardo se han hecho más o menos recientemente. Estoy leyendo otra vez –es la tercera o la cuarta ocasión– la obra completa y esta vez comencé con el volumen quinto Poesías (2013), que contiene “Venus y Adonis”, “La violación de Lucrecia”, “Sonetos”, “Lamento de una amante” y “El fénix y el tórtolo”.

“Venus y Adonis” fue el primer poema dramático que escribió el llamado Cisne de Avón. En él, es curioso, un ser femenino, Venus, intenta violar a un ser masculino, Adonis, con argumentos y a la fuerza. Hay versos que comparto (p. 43): “La rosa pincha y no la desechamos”; Venus (p. 53): “Quien ve mejor de noche es el placer”.

Adonis no se deja tomar por Venus. Lo contrario ocurre con el siguiente poema, cuyo título es gráfico: “La violación de Lucrecia”. Tarquino, al saber por Colatino, esposo de Lucrecia, de la virtud de aquella, decide tomarla a la fuerza. Y lo hace.

A Tarquino lo apodaban El Soberbio, y era impetuoso y joven (p. 115): “De sabios es actuar con juicio y tiento;/ de jóvenes, echarlos del proscenio”.

Steiner dice que, en sus tiempos, los versos de Shakespeare eran entendidos por cualquiera. Y ahora no. Plutón es el dios del inframundo (se le llama también Hades o, después, Diablo), Orfeo era un músico cuyo arte, se dice, hacía llorar hasta las piedras. En un verso magistral los junta este clásico (p. 133): “Plutón no gruñe mientras canta Orfeo”.

Una vez ocurrida la violación, Lucrecia impreca a la noche (p. 149): “Oh noche aciaga, imagen del infierno,/ notario fastasmal de la vergüenza,/ proscenio de tragedias y actos negros,/ encubridor caótico, vil alcahueta,/ antro mortal…”.

Se pelea también con el tiempo (p. 161): “¡Jiboso tiempo, aliado de la noche,/ correo veloz, jinete del espanto,/ devorador de juventud, de los dolores/ guardián, tizón de la virtud y esclavo!/ Lo crías todo y todo habrás matado”.

Sobre los 154 sonetos se ha escrito mucho; en especial, sobre el y la destinataria de los mismos. Los primeros están dedicados a un hombre joven y eso ha hecho pensar que Shakespeare era bisexual, porque los últimos están dedicados a una mujer. Sin embargo, justo como dicen los traductores, en el siglo XVI los poetas no escribían sobre sí mismos, los poemas no eran confesionales (Sor Juana, su contemporánea, escribió muchos poemas de amor apasionado a una mujer, por ejemplo). En fin… Algunas citas.

Sobre el tiempo escribe mucho. Parece que el sonetista es mayor que el amante (p. 241): “El tiempo inexorable transfigura/ el agraciado estío en fiero invierno”. Insiste (p. 255): “Pongo en duda tu hermosura,/ pues tú también serás pasto del tiempo”. Y más: “El tiempo siega todo”.

Su amante hombre comienza a tener sexo con quien fue su amante mujer, dice el soneto XLII: “La amaste solo porque yo la amaba/ y ella porque me amaba dio su parte”. Y habla de ambos en varios sonetos, como en éste (el CXLIV): “Pesar y alivio son mis dos amores/ y entrambos, como espíritus, me incitan:/ el ángel bueno es un esbelto joven;/ el malo, una mujer de negras tintas./ La vil, por traerme hasta el infierno,/ buscó llevarse al ángel de mi lado”. El asunto termina en trío, claro; algo que ni en aquellos tiempos era raro.

De “Lamento de una amante”, poema de discutible autoría, son estas líneas finales (p. 563): “¡Oh padre, cuánta magia del demonio/ oculta cada lágrima en su esfera!”.

Foto: Mario Robles

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Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822), que usó para fines literarios sólo las iniciales de sus tres nombres y su apellido, fue varias cosas: escritor, jurista, dibujante, caricaturista, pintor, cantante y compositor de música, uno de los grandes artistas alemanes.

Leo un gordo volumen con sus célebres narraciones: Obras maestras (Editores Mexicanos Unidos, 2016) que se han vuelto también referentes musicales: la ópera Cuentos de Hoffmann, de Jacques Offenbach, y El Cascanueces, de Chaikovsky, por mencionar sólo los más conocidos. Freud, en su ensayo “Lo siniestro”, usa los “Cuadros nocturnos”, también en este volumen, como mecanismo de explicación. Hoffmann como buffet.

En “El caldero de oro. Un cuento de hadas moderno” se refiere directamente al lector, en un gesto común de cortesía de la literatura clásica, que ya hemos perdido (p. 23): “Intenta, estimado lector, penetrar en el mundo de las hadas. […] Entonces creerás que tal reino está más cerca de ti de lo que te figuras”; la historia está dividida en veladas, en la quinta una vieja bruja dice a Verónica, una muchacha que no necesita contarle sus penas (p. 30): “Ya me lo has dicho todo en tu casa, con tu papá, cuando estaba delante de ti la cafetera; yo era precisamente la cafetera”.

En la novena velada se descubre cómo nació la vieja y es de una fantasía genial (p. 50): “La vieja es poderosa […], aunque procede de un origen bajo, pues su padre es una pluma vieja y su madre una zanahoria despreciable”.

De “El caballero Gluck” es esta idea (p.67): “Pocos, muy pocos, despiertan y suben y recorren el reino de los sueños llegando a la verdad… al momento supremo: el contacto con lo eterno, con lo inexplicable”.

“El cascanueces o el rey de los ratones” es una pieza perfecta. Uno de los personajes humanos es tan raro como los juguetes y las ratas (el rey de los ratones, por ejemplo, tiene siete cabezas y catorce ojos): el magistrado Drosselmeier, quien (p. 319) “llevaba una hermosa peluca, que era de cristal y una verdadera obra maestra”. Hoffmann hace citas en sus textos y en éste usa la frase famosa de “Ricardo III”, de Shakespeare (p. 331): “Un caballo…, un caballo…; un reino por un caballo!”.

María, guiada por el cascanueces, entra por el ropero a un mundo fantástico. Y esta escena hermana esta ficción con Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, y el hecho de que los juguetes se comporten como humanos parece la influencia obvia de las cintas de Toy Story. La historia no se mide en hablar de riquezas y números imposibles. Cuando María y Drosselmeier se casan, por ejemplo, bailan (p. 357) “veintiún mil personajes adornados con perlas y diamantes”.

Y de “Signor Formica” es esta sentencia (p. 551): “Quien más habla de la espada es quien peor la maneja”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

 

 

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