La filosofía como forma de vida: Epicuro

Imagen: Raúl Trejo Villalobos

Por Raúl Trejo Villalobos

Carta abierta a Rodrigo Díaz Cadenas

Estimado Rodrigo:

Con el deseo de que todo vaya lo mejor posible en todos los ámbitos, te saludo. El propósito de las siguientes líneas consiste en retomar un tema de los distintos que hemos abordado en nuestras conversaciones, desde hace algunos años, antes y durante la pandemia: la filosofía como forma de vida. Como bien sabes, el asunto ha salido en distintos momentos y en distintas circunstancias, desde la justificación de un café filosófico, como una práctica filosófica, hasta la posibilidad de un trabajo académico para titularse, estudiando a los estoicos (recuerdo haberte sugerido estudiar el concepto de la vida buena en Aristóteles, Séneca y San Agustín); desde la justificación de un área de formación en el programa de la Licenciatura en Filosofía, en la que se aborda la filosofía para niños, la difusión de la filosofía y diversas prácticas filosóficas más allá del ámbito académico, hasta las preguntas que te hice de golpe, sin tantos preámbulos, hace algunos meses: ¿qué es la espiritualidad? ¿en qué términos y en qué sentido podemos hablar de vida interior? ¿cuáles pudieran ser aquellas prácticas de nuestra vida cotidiana que favorezcan a un pensamiento crítico y, al mismo tiempo, a una salud mental y emocional (ataraxia, dirían los antiguos)?

Para hablar de la filosofía como forma de vida no considero necesario detenerme en los promotores del couching y la superación personal; tampoco en aquellos que habiendo leído algunos libros de filosofía están prestos para adoctrinar o a criticar esta perspectiva de la filosofía u otras doctrinas. Antes al contrario, considero conveniente traer a cuenta algunas palabras de Luis Villoro en su discurso de ingreso al Colegio Nacional, “Filosofía y dominación”, en el que plantea que la filosofía se puede concebir como la reforma del entendimiento y como la elección de una vida buena, en una relación indisoluble. En este sentido, dice: “Desde sus inicios, la filosofía no está desligada de una búsqueda de la «vida buena». La reforma del entendimiento revela también, a menudo, el camino de una vida justa. La vida filosófica se distingue de otras elecciones de vida por pretender fundarse en un examen personal de la razón liberada y no en los «decires» (mitos en griego) de la comunidad”.

Enseguida, Villoro se pregunta y se responde: “¿Cuál es esa «vida buena» señalada por la libre razón? Las discrepancias son enormes. Los modelos de vida que presentan las distintas filosofías varían considerablemente. Pueden incluso situarse entre extremos en apariencia opuestos: en un polo, por ejemplo, el desprendimiento de todo apego a la vida mundana, predicado por un Plotino, en el otro, la afirmación nietzscheana de la vida plena; de un lado, la impasibilidad estoica ante los sufrimientos, del otro, la afirmación, desde Platón a Schopenhauer, del amor o la compasión como vías de salvación; en un extremo, Aristóteles y Spinoza: la paz de la actitud contemplativa, en el otro, Marx: la entrega a la praxis transformadora del mundo”. A partir de lo dicho por Luis Villoro, donde se advierte la presencia de antiguos y modernos, podemos considerar, consecuentemente, dos cuestiones, a manera de justificación: que sobre los modos de vida no se ha dicho la última palabra y que la vida filosófica, en particular, se caracteriza primordialmente por el constante autoexamen personal, tanto en lo que se piensa como en lo que se vive.

A propósito del confinamiento que llevamos desde hace un año (mismo que ha limitado nuestras opciones, ha afectado y modificado nuestro diario vivir), a propósito de la carta que me escribiste en donde respondes a las preguntas que te hice (y que aprovecho este espacio para agradecerte), a propósito de que compartiste en el facebook haber terminado una lectura detenida y reposada de Las meditaciones, de Marco Aurelio, aquel emperador romano representante del estoicismo tardio; y, sobre todo, con la idea de retomar el tema, considero necesario y pertinente revisar y compartirte algunas ideas y reflexiones de la filosofía de Epicuro contenidas en su Carta a Meneceo, y que no están demás para repensarlas en nuestros días.

Para empezar, de la manera más rápida y breve posible no quiero dejar pasar algunas referencias básicas: 1. Que se le denomina Helenismo a ese subperiodo de la filosofía antigua, comprendido entre los siglos IV a.c. y IV d.c. 2. Que durante ese periodo existieron bastantes escuelas filosóficas, entre las que destacan: la platónica, la aristotélica, la cínica, la estoica, la escéptica y, por supuesto, la epicúrea. 3. Que hubo un predominio importante del pensamiento práctico y ético frente al teórico y especulativo. 4. Que hubo distintas concepciones sobre la ataraxia, término griego que se traduce como “ausencia de turbación”. 5. Que Epicuro vivió en Atenas entre finales del siglo IV y principios del III a.c. y que uno de sus continuadores fue el romano Lucrecio, que vivió hacia el siglo I a.c. Y, 6. Que las ideas centrales del pensamiento de los epicúreos giran en torno al hedonismo o el placer.

Como la obra de muchos pensadores de la antigüedad, la de Epícuro se ha perdido. Quedan, sin embargo, tres cartas y unos fragmentos. En las dos primeras, Epicuro trata asuntos de física y cosmología; en la tercera, Carta a Meneceo, cuestiones de ética y filosofía práctica. Esta última, estimado Rodrigo, consta apenas de unas cuantas cuartillas, pero con unos contenidos que me parecen sumamente valiosos. El texto se puede dividir en seis partes, con los siguientes asuntos: un Proemio, La opinión apropiada sobre los dioses, La opinión apropiada sobre la muerte, La opinión apropiada sobre el placer, el dolor y sus límites, Epítome de la sabiduría ética y Conclusiones. Desde otra perspectiva, en esta carta se concentra el tetrafarmacón o los cuatro remedios para combatir la desdicha, expresados en las siguientes sentencias: No temas a los dioses, no temas a la muerte, lo bueno es fácil de conseguir, lo malo es fácil de soportar.

El planteamiento central del Proemio se concentra en la siguiente máxima: “Que nadie, por joven, tarde en filosofar, ni, por viejo, de filosofar se canse”. A diferencia de quienes piensan que la filosofía solamente es para algunos y a partir de determinada edad, de esta maxima podemos obtener varias reflexiones que resultan dificil ampliar en este espacio. Las dos más importantes, quizás, consistan en que por filosofar se entiende aprender a vivir, mediante el conocimiento, el pensamiento, el dominio de nuestras emociones; y, que estos aprendizajes son posibles en niños, jóvenes y adultos, en hombres y mujeres.

Frente a la idea de un dios que todo lo premia y todo lo castiga, la opinión apropiada sobre los dioses que nos propone Epicuro consiste en concebir a la divinidad como inmortal y bienaventurado. Aquí, en cierto sentido, antes que detenerse en si son “dioses” o “la divinidad”, lo importante es la inmortalidad y la bienaventuranza. Y, más todavía, por si alguien quisiera plantear cualquier otra interpretación, no podemos olvidar que la concepción del universo en el epicureismo es materialista (si bien no podemos deternos en desarrollar qué es el materialismo de Epicuro, al que Marx dedicó parte de su tesis doctoral).

Estimado Rodrigo, qué dificil es aceptar la opinión apropiada sobre la muerte que nos propone Epicuro; y, sin embargo, qué tan pertinente es meditar sobre ésta en esta época de pandemia y en la que por dos ocasiones en un año hemos visto cómo conocidos, amigos o familiares han fallecido (y ni siquiera se ha tenido la oportunidad de atender los procesos de duelo a los que estábamos acostumbrados). He aquí, pues la pertinencia de las palabras de Epicuro: “cuando nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, nosotros ya no somos más”. Y, sin embargo, como lo sabemos, esto no ha podido evitar, por ejemplo, el sentimiento de angustia.

La parte relativa a la clasificación de los deseos es la parte que más ha llamado mi atención cada vez que he vuelto a la carta, una clasificación que está en relación con las ideas sobre el placer y el dolor. De aquí que te los presente invertidos a como lo han hecho algunos estudiosos. Tenemos, en primer lugar, los deseos vanales, esto es: el poder, la riqueza, la fama y la inmortalidad. Tenemos, en segundo lugar, los deseos simplemente naturales, los deseos que están en estrecha relación con los sentidos: vista, oído, tacto, gusto y olfato. Lo propiamente característico de estos deseos, en relación con los placeres y los dolores,  consiste en que pueden satisfacerse de manera fácil y si no se satisfacen, no derivan necesariamente en el dolor. Tenemos, en tercer lugar, los deseos naturales y necesarios, los cuales se dividen, a su vez, en tres apartados: para la vida, como el hambre y la sed; para la ausencia en el dolor en el cuerpo, como el vestido, el hogar, la salud; y, para la felicidad, como la filosofía y la amistad.

A manera de síntesis, quiero ejemplificar esta clasificación de la siguiente manera.

De entrada, considero que no tendríamos ningún incoveniente en aceptar que dentro de los deseos necesarios para la vida están una buena comida, tal vez una comida simple (tortillas, pan, huevos, leche), un poco de agua pura y aire (un aire puro, podríamos decír ahora; o, también, oxígeno, para quienes han adquirido el virús que nos azota). Dentro de los deseos necesarios para la ausencia de dolor en el cuerpo probablemente dos o tres cambios de ropa, un espacio donde guarecerse del frío, del calor o la lluvia. Junto con los deseos necesarios para la felicidad, podemos considerar los simplemente naturales. Por ejemplo: podemos darnos la oportunidad de ver pinturas o esculturas, de leer un buen texto, de escuchar algo de música. Si no podemos satisfacer estos deseos, no pasa nada, no hay razón para que produzca dolor. Incluso, considero se puedan suplir con ver, contemplar, escuchar y leer a la naturaleza, que también puede resultar placentero. Esto podría ser también un peldaño anterior o algo paralelo a la amistad y el diálogo filosófico, placeres necesarios para la felicidad. De aquí, para cerrar, ¿qué necesidad hay de acumular bienes materiales, cuando éstos antes que remedios se pueden convertir en cargas?, ¿qué necesidad de comer y beber de más y pasar de una satisfacción a posibles malestares?, ¿qué necesidad de querer someter y controlar a los otros?, ¿qué necesidad de querer hacerse notar ante los otros a cualquier precio? ¿Podemos considerar esto último como el resultado y la consecuencia de personas que sufren y padecen no sé qué dolores o tienen sus estados de ánimo alterados? ¿Podemos considerarlos como antecedente de más insatisfacciones y dolores y alteraciones anímicas?

Una vez dicho lo anterior, podemos ir adivinando la noción sobre el placer que plantean los epicureos, una noción que no tiene nada que ver con los excesos, por ejemplo. El placer es, para empezar: no padecer dolor en el cuerpo ni turbación en el alma. El placer, por otro lado, es principio y fin del vivir venturoso.

Desde la antigüedad, estimado Rodrigo, se ha discutido si el placer es contrario al dolor o si el placer es la ausencia del dolor; de igual manera, se ha discutido cuando, en otro apartado de la carta, Epicuro identifica al placer con el bien y al dolor con el mal. Por otro lado, por mucho tiempo, Epicuro ha estado marginado y prohibido por la iglesia católica (y uno que otro purista), ya que los placeres del cuerpo los interpretan y los consideran como pecado, como tentaciones del diablo. Esta y otras cuestiones, de las que solamente dejo el apunte, considero pueden ser motivos para futuras conversaciones. O, si lo prefieres, podríamos traer a cuenta las diferencias sobre la ataraxia entre epicureos y estoicos. O, por último, en términos más llanos, por qué resulta tan difícil a mucha gente identificar y expresar sus estados de ánimo, con la plena convicción, muy epicurea, según la cual uno de los máximos placeres es la conversación filosófica con los amigos.

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, abril de 2021

 

 

 

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