La mentira que se acomoda en el recinto Universitario. A propósito del CESMECA y más allá

CESMECA. CESMECA. Foto: Archivo

 

En el ensayo Verdad y política (1996) Hannah Arendt sostiene que verdad y política nunca se llevaron demasiado bien, pues la veracidad nunca fue virtud de la política. Expresa: “Siempre se vio a la mentira como una herramienta necesaria y justificable no solo para la actividad de los políticos y los demagogos sino también para la del hombre de Estado” (Ibidem, 239). A su favor, reconoce que la opinión y no la verdad está entre los prerrequisitos indispensables de todo poder. No obstante, reconoce que “la verdad de hecho no es más evidente que la opinión, y esto ha de estar entre las razones por las que quienes sustentan opiniones encuentran relativamente fácil desacreditar esta verdad como si se tratara de una opinión más” (Ibidem: 256), arribando a la tesis de que lo que define a la verdad de hecho, es la “falsedad deliberada o mentira” (Ibidem, 262), “la diferencia entre mentira tradicional y la mentira moderna, en la mayoría de los casos se iguala con la diferencia entre el ocultamiento y la destrucción (Ibidem, 265 y 266).

En el tiempo posmoderno y global-neoliberal, lo que Arendt define como la intención de dañar, se radicaliza en tanto el supuesto de dañar ya no se refiere a mentiras contingentes y limitadas, sino a mentiras que alteran la estructura misma del contexto en el que operan. Para la filósofa la mentira constante garantiza que nadie crea en nada, privándonos del poder de pensar. Y la opinión es una forma que la mentira puede asumir.

Traer estas reflexiones al recinto universitario particularmente al campo de las ciencias sociales es abiertamente un contrasentido, en tanto la Universidad “faro de luz” es portadora de la verdad. Sin embargo, hoy no es así, la politización de la Universidad doblega su naturaleza esencial. El desarrollo tecnológico de la comunicación le posibilita también hacer de la mentira y de la desinformación las fuentes para modificar e incluso remplazar todo pensamiento crítico sostenido con el rigor de los hechos, por discursos anónimos y falsos con el poder de viralizarlos de inmediato. La gravedad de la cuestión no es solo que la mentira emane de quienes se asumen portadores del conocimiento sea docente o investigador, por así convenir a sus intereses, sino fundamentalmente del uso que receptores letrados hacen de ésta, generalizando la particularidad y contingencia, masificándola y dotándole de un carácter y alcance estructural. Ilustro un caso que me atañe directamente, un botón de la complejidad o simpleza de la crisis que hoy caracteriza con sentido sistémico a las universidades.

En días pasados la Universidad Autónoma de Ciencias y Artes de Chiapas (UNIACH), específicamente el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (CESMECA) fueron alteradas mediáticamente por un hecho regular o posible en el ejercicio interno de todo recinto universitario. Se trata de la decisión de la dirección del CESMECA de dar de baja, a partir del viernes 11 de septiembre de 2026, a cuatro profesoras-investigadoras del Posgrado de Estudios e Intervención Feminista (PEIF) ofertados por el CESMECA. Las razones que condujeron a dicha decisión refieren a práctica de acoso laboral, racismo y exclusión, con impacto directo en la labor académica-administrativa, y docente, hechos constatados por la Defensoría de los Derechos Universitarios, acompañado de la valoración institucional de la Comisión de Honor y Justicia de la UNICACH.

De manera inmediata, las respuestas de las afectadas se han sostenido por las mentiras, trayendo consigo un espectáculo mediático que tiene la intención de dañar, pues se trata de falsedades que alteran la estructura misma del CESMECA, una institución abocada a la investigación y a la docencia de posgrado. Situados en el problema que nos ocupa, hemos de decir que las razones del retiro institucional de las afectadas obedecen a las tensiones provocadas por el secuestro que hicieron del PEIF, sin menoscabo de la tranquilidad de las autoridades pasadas, esto es, se dejó hacer y pasar, aun cuando las denuncias verbales y escritas de estudiantes y personal administrativo fueron creciendo, hasta derramar el vaso. La mentira y la victimización ha sido el recurso de las quejosas a sabiendas del impacto mediático que hoy tiene desafiar la prédica de las emociones y sentimientos identitarios. Sin embargo, el uso maniqueo de estas evidencias, no se sostiene cuando piden la palabra las personas violentadas por el poder que han ejercido las profesoras sancionadas. El PEIF no desaparece, aunque las quejosas insisten en ello.

Lo que es un ejercicio burocrático-administrativo fue rebasado por un juego posicionado en los poderes mediáticos pero reducido a ese sector de la sociedad que porta grados académicos universitarios, sean docentes, investigadores, periodistas o funcionarios, que por intereses personales intentan desacreditar al CESMECA en las audiencias mayores donde la parte se vuelve el todo.

El CESMECA por largo tiempo no ha sido objeto de la mirada política instituida ni de los medios de comunicación, de ayer y de hoy. Su trabajo ha sido mayormente sostenido por los investigadores y docentes en un contexto institucional de precariedad financiera que se hizo estructural, visible en su estructura física y operativa que dicen más de lo que se podría contar. A contra marea y con recursos externos se hizo investigación y se decidió la creación de un proyecto de posgrados de Ciencias Sociales, sostenido en el capital geográfico, la frontera Sur de México que posibilita la articulación de un trabajo compartido con académicos de Centroamérica. A lo largo de los años, nuestra institución logró situarse académicamente con instituciones federales locales, como CIESA y ECOSUR. La ausencia de apoyos locales exigió mirar hacia las instituciones externas, y en los apoyos federales gestionados por la UNICACH, mismos que han significado asumir tanto las exigencias en los términos de la investigación, y de los posgrados nacionales, como el control burocrático-administrativo de nuestra institución.

Indudablemente en los años que van del presente siglo, el CESMECA y la UNICACH experimentaron de manera directa, la crisis del Estado Nacional, visible en la estructura de gobierno de orientación neoliberal. La investigación y los posgrados se abren a la exigencia de los cambios o transformaciones que exigen la ampliación de los campos de docencia e investigación. Los cambios no son menores porque se ha tendido a la configuración de una estructura federalizada que define los campos de la investigación y la docencia en los niveles superiores, en la que las Universidades de las entidades federativas se tornan no solo en instancias fiscalizadoras del uso y manejo de recursos públicos, sino también desde sus múltiples intersticios, en una estructuras político-burocráticas liada al ejercicio de los poderes locales y federales. El hecho concreto de todo ello es la concentración de poder en los aparatos político-burocrático, pero en particular, su impacto mayor es la de individualizar y fragmentar un ejercicio docente y de investigación que es en sí mismo colectivo, abriéndose la pugna interna por los magros recursos.

Este es el CESMECA, un espacio académico de la UNICACH, Por ello resulta irónico que, desde el Facebook y otros medios digitales hoy se afirme que el problema del CESMECA es la existencia de una élite académica que se creen reyezuelos del poder que emana de la institución. El poder decisorio, obviando sus minucias, no está en el interior del CESMECA. El reconocimiento académico de sus integrantes está dado por las instancias nacionales como el PRODEP y el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII), pero también por una comunidad académica nacional e internacional que ha permitido ciertamente reconocer la valía académica de sus investigadores. Pero el reconocimiento mayor son los alumnos de los posgrados que también implica el seguimiento de sus trayectorias laborales. Y en esta tarea no hay distingo alguno.

Concluyo esta breve reflexión indicando que el presente y futuro del CESMECA y su institución madre, la UNICACH, se juega en el poder de la mentira, en tanto la agenda política está sujeta al imperativo del discurso demoscópico; con ello, todo puede pasar,  pero como dice nuestra filósofa, la incertidumbre es propia de la verdad factual pero también de su confusión deliberada.  

La literatura sobre la crisis de las Universidades asume dimensiones sistémicas. La mentira es abiertamente cotidiana, y está tensada por el desequilibrio interno entre docencia, investigación y transferencia a la sociedad, y las percepciones desde las emociones y los sentimientos identitario, jurídicamente sostenidos por los derechos humanos. Lograr este equilibrio es el reto no abordado. En una escala mayor, el caos y confusión que alimenta este desequilibrio es consustancial al “movimiento”, cuya administración, como indica Balandier “no puede reducirse a una acción defensiva, a una operación de restauración, a un juego de apariencias que sólo impondrían efectos de orden en la superficie” (1989:237). La tesis de Arendt parece recuperar el sentido de éste: “La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad, pero no pueden reemplazarla” porque no es posible “inventar un sustituto adecuado para ella” (Ibidem: 272).

Referencias

Arendt, Hannah (1976). Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Barcelona: Península

Balandier, Georges (1989). El desorden. La teoría del caos en las ciencias sociales. Elogio de la fecundidad del movimiento. Barcelona: Gedisa.

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