“El 12 de octubre.… a mi cuerpo ya no se le olvida”: don Juan Hernández Meza. Una memoria de lucha

Don Juan. Foto: Archivo
Don Juan Hernández Meza es un reconocido referente tseltal originario de Tenejapa, cuya trayectoria de vida está marcada por distintos puntos de inflexión; que han sido, al mismo tiempo, los eventos claves que han modificado la historia social del estado de Chiapas. Siendo muy joven fue representante del Comité de Educación en su comunidad Ch’akomá y desde entonces ha sido un comprometido promotor de la escolarización de las juventudes. Asistió a las actividades desarrolladas en el marco del Primer Congreso Indígena celebrado en octubre de 1974 en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas. Posteriormente, ya en la década de los ochenta, fue fundador y presidente de la Coordinadora de Organizaciones en Lucha de los Pueblos Mayas para su Liberación (COLPUMALI).
Participó en la marcha en 1992 que derrumbó la estatua del colonizador Diego de Mazariegos, que se erigía en la ciudad. Formó parte de los cinturones de paz en apoyo a al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), después del primero de enero de 1994. Fue integrante de las organizaciones sociales indígenas que fundaron el Consejo Estatal de Organizaciones Campesinas e Indígenas de Chiapas (CEOIC), en enero de 1994. También estuvo presente en las mesas de diálogo de San Andrés Larráinzar, en 1996, así como en distintas actividades que se realizaron en la entidad chiapaneca, y en otros estados del país; incluso, fuera de las fronteras nacionales, difundiendo información. Al mismo tiempo que realizaba activismo para lograr que los Acuerdos de San Andrés Larráinzar fueran una realidad. Más recientemente ha estado presente en los procesos organizativos que se desarrollan en las colonias de la Zona Norte de San Cristóbal, en donde reside.
Esta trayectoria de vida nos fue relatada por Don Juan en una conversación que tuvimos en su domicilio en San Cristóbal de Las Casas, en dos sesiones. Lo buscamos para dar continuidad a lo narrado por él, cuando participó como ponente en los foros que se realizaron por motivo de la conmemoración del Congreso Indígena, en octubre de 2024. Su historia condensa los momentos más relevantes de las cinco décadas del movimiento indígena en el estado. Y, como él con mucha claridad nos expresó: “…el 12 de octubre de 1974, no hay que verlo como un acontecimiento, sino como el origen de un proceso”. Para dar cuenta de los episodios narrados, nos apoyamos en la historia de vida como un método de acercamiento a la realidad social (Arjona y Checa, 1998)[2].
Hay que destacar su mérito de estar año tras año impulsando alguna actividad, alguna charla, que lo recuerde. Invita a que esa memoria no se muera, sino que se comparta con las jóvenes generaciones en distintos espacios. Al preguntársele sobre el porqué de esa insistencia, su respuesta fue contundente: “…porque lo necesito. A mi cuerpo ya no se le olvida”. En este sentimiento encarnado, Don Juan plantea un reclamo a que el 12 de octubre se invoque como un acto fundacional de nuestra historia.
“Igualdad en la justicia” fue el lema del Congreso Indígena celebrado del 13 al 15 de octubre en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, con motivo de los 500 años del nacimiento de Fray Bartolomé de Las Casas. Allí estaba Don Juan. Recuerda que su hermano Sebastián que vivía en la selva, en el municipio de Las Margaritas, era catequista. El trabajo organizativo de la Diócesis se expandió en los territorios indígenas del estado: tsotsil; tseltal; tojolabal, así como en las regiones campesinas para juntar la reflexión y la palabra que se expresó en las cuatro mesas. Miles arribaron al Congreso. Antes, el pueblo creyente había realizado precongresos que nombraron a sus representantes para que llevaran su corazón y su palabra al congreso (Santiago, 2021)[3].
De su memoria brotan las palabras y las remembranzas. Tuvo una infancia dura, en su natal Tenejapa, caracterizada por violencias y despojos. Con dolor recuerda su periodo como estudiante en su comunidad. Su voz se quiebra cuando recuerda que no todos los estudiantes de la época lograban un aprendizaje significativo, por motivo del abandono escolar. Recuerda la presencia de un profesor kaxlan, que cobraba un salario, pero que al mismo tiempo tenía un negocio que atendía en horario escolar.
Indignado por esas y otras injusticias, comenzó a levantar su voz. Por su activismo, sufrió persecución política en su municipio. En este contexto Don Juan enviudó. Llegó a San Cristóbal en la primera mitad de los años sesenta del pasado siglo. Aunque no fue catequista estuvo cerca del Obispo Samuel Ruiz, realizando tareas de traducción, lo que aceleró su politización. Junto con ello crecía su indignación contra la injusticia; en particular en contra de los cacicazgos, que habían reprimido y expulsado a los disidentes políticos y religiosos en los municipios del altiplano chiapaneco.
Entre los años setenta y ochenta la Iglesia católica, y en particular la Diócesis de San Cristóbal inició lo que se llamó “la pastoral liberadora”, la cual había surgido de las adaptaciones de las enseñanzas del Concilio Vaticano II (1963-1965), realizadas por obispos latinoamericanos durante la II Conferencia General de Episcopado Latinoamericano, celebrado en Medellín, Colombia en 1968.
Por aquellos años ocurren varias paradojas en los municipios indígenas alteños. Por un lado, se producen luchas indígenas de resistencia para expulsar a los ladinos que controlaban los territorios de los pueblos de indios, y operaban como enganchadores de la mano de obra semi esclava, que dirigían a las fincas. Pero, al mismo tiempo se produce una recolonización endógena, cuando cacicazgos indígenas sustituyen a los ladinos expulsados. Los líderes de las tomas de tierras habían ganado prestigio, y tomaron las presidencias municipales en sus manos. En muchos casos estos serían los nuevos enganchadores, a través de la agencia de contratación oficial, el Sindicato de Trabajadores Indígenas (STI), del Instituto Nacional Indigenista (INI); y cuando este desaparece (1960), permanecen sus prácticas a través de las redes de cooptación que ya habían construido.
Las historias de vida como método de acercamiento a la realidad social
Los nacientes cacicazgos indígenas, los cuales establecieron prácticas autoritarias, se cobijaron en los discursos de protección a la unidad del pueblo etnizado; la religión y la cultura. Los disidentes fueron expulsados. En Tzajalchen, Tenejapa, algunos pobladores se organizaron para integrar una «cooperativa de consumo», frente al monopolio comercial y de transporte de los caciques, lo que dio lugar a su persecución, encarcelamiento y expulsión de sus miembros. Las instituciones de gobierno, federal y del estado, interesados en el voto indígena, contribuyeron a sostener esos cacicazgos, mediante la captura de los ayuntamientos a través del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y los presupuestos públicos asignados. Gaspar Morquecho, rememora este momento histórico:
“Los caciques entonces, pueden ejercer una constante presión a los pobladores utilizando los programas de gobierno, con el viejo trabajo forzoso que se refuncionaliza en el concepto de ‘trabajo comunitario’, las cooperaciones forzosas para trámites y gestiones municipales de obras de infraestructura y con las fiestas y cargos tradicionales que sangran constantemente a la población (Morquecho, 1992:86)[4].
La lucha de Don Juan se dirigió a favor de la democratización de la vida social y política de Tenejapa, a favor de la libertad política y del comercio; lo que significaba combatir a los cacicazgos en su comunidad y municipio quienes, para mantener el estado de cosas, no dudaron en despojar a los disidentes y expulsarlos del municipio. El derecho al retorno seguro fue una consigna de miles de expulsados, quienes en condiciones precarias se habían asentado en San Cristóbal. Ya como residente, en un nuevo asentamiento urbano en la zona norte de la ciudad, Don Juan protagonizó otras luchas, que pugnaban por lograr un trato digno en la ciudad; en particular en los espacios de los mercados.
En torno a estas luchas en la ciudad irrumpieron numerosas siglas de organizaciones sociales; entre ellas la Coordinadora de Organizaciones en Lucha de los Pueblos Mayas para su Liberación (COLPUMALI) que habían fundado compañeros que compartían las mismas opresiones, articulando un naciente movimiento indígena de carácter urbano, cuyo presidente fue Don Juan. Estas organizaciones fueron convocantes a la Marcha de la Resistencia Indígena el 12 de octubre de 1992. Fue un punto de convergencia de varios miles de personas en contra del colonialismo interno persistente, que culminó con el derrumbe de la estatua del colonizador Diego de Mazariegos.
Esta masa crítica de organizaciones sociales fueron actores sociales relevantes en la coyuntura del levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Esta base social se movilizó a través de los cinturones de paz, para acuerpar a los rebeldes zapatistas desde el primero de enero. Y, más adelante, se sumaron a los procesos de diálogos por la paz; los que se desarrollaron en San Andrés Larráinzar, como en la ciudad de San Cristóbal. De igual forma la COLPUMALI participó en las mesas de trabajo, que condujeron a la creación del Consejo Estatal de Organizaciones Campesinas e Indígenas de Chiapas (CEOIC), después de una masiva asamblea con 280 organizaciones campesino-indígenas registradas, y 560 delegados; celebrado en San Cristóbal de Las Casas, los días 22, al 24 de enero de 1994.
Esta asamblea fue un esfuerzo unitario que se propuso poner una agenda común de negociación con el gobierno federal y del estado, de temas sentidos por la población indígena y campesina en el estado. Las mesas de discusión instaladas fueron “Paz, derechos humanos y seguridad”; “La situación económica, social, cultural, de nuestros pueblos de Chiapas”; “Hacia un nuevo pacto constitucional”; y la cuarta mesa delimitó las funciones, estructura, reglamento e integración del CEOIC.
Pero este esfuerzo organizativo tuvo corta duración. Había sido un valioso esfuerzo unitario de organizaciones de todas las filiaciones políticas y religiosas; pero si bien, esta fue su fortaleza en su convocatoria, fue también su debilidad. Su vida se limitó a seis meses. El CEOIC se dividió como resultado de la coyuntura electoral para elegir gobernador del estado, en julio de 1994. Una parte apoyó la candidatura del PRI, y la otra la del Partido de la Revolución Democrática (PRD), dando lugar a “dos CEOI’s”. Patrón que fue el inicio para la creación de las organizaciones sociales divididas y paralelas, que persisten hasta nuestros días (Gómez, 1999)[5].
Entre sus memorias, Don Juan destaca que visitó distintos países. Fue a ciudades de Estados Unidos de Norteamérica. Además, en 1989, viajó a Otawa, Canadá, en donde distintos pueblos indígenas del continente se reunieron con motivo de los debates en torno a lograr la aprobación del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, que reconocía los derechos de libre determinación de los pueblos indígenas del mundo.
Como la mayoría de las personas provenientes de los municipios indígenas vecinos y que llegaron a vivir a Cristóbal de Las Casas, Don Juan no se distanció del mundo en el que había nacido. Compartió su vida entre esas dos realidades: la ciudad y la comunidad; cada una con sus reglas y desafíos; contribuyendo al cambio social. La experiencia de su juventud como parte del comité de educación de su comunidad Ch’akomá, le motivó a crear condiciones para que sus hijos tuvieran estudios universitarios; razón que lo llevó a trasladarse a radicar a San Cristóbal de Las Casas[6]. De igual forma,impulsó que tres mujeres jóvenes y un varón de su comunidad salieran hacia Zinacantán para convertirse en profesores de educación indígena
Quizá por ello, ya entrada la década de los noventa, cuando se realizó la toma de las instalaciones del edificio del Instituto Nacional Indigenista (INI), que las organizaciones sociales ocuparon en 1992, pensó en dar a estas instalaciones un destino para la formación de profesionales indígenas. Don Juan insistió que los edificios deberían destinarse a la construcción de una Universidad Indígena; que era una añeja demanda de los pueblos indígenas organizados en la ciudad. Pero no fue escuchado.
Con ese espíritu transformador, coadyuvó a procesos de la salud comunitaria. Por su cercanía con el Obispo Samuel y la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas, Don Juan, fue enviado a diversos puntos del estado y el país a recibir capacitación. Fue a Villa Flores y a Coahuila, junto a otros jóvenes de comunidades de los Altos, para recibir capacitación en Primeros Auxilios y promoción de la salud. Apenas tenía 24 años. Estos antecedentes le motivaron para alentar la creación de la Organización de Médicos Indígenas de Chiapas, A.C. (OMIECH), con sede en San Cristóbal.
La formación de organizaciones sociales indígenas fue la estrategia para ganar presencia política en la ciudad. Eran los años en los que desde estos nacientes sujetos sociales se organizaban para indianizar la antigua ciudad coleta, y dar origen a la nueva “ciudad maya” de los Altos; dicho en palabras del antropólogo Jan Rus (2009)[7].
Los procesos mencionados condujeron a la conformación de colonias urbanas en el periférico norte-oriente de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas. Lugares que fueron étnicamente resignificados, ya que antes eran lugares de pastoreo, propiedad de familias ladinas de la ciudad. Las nuevas colonias urbanas se formaron, en su mayoría, con personas originarias de distintas comunidades, lenguas y religiones. Así se crean y recrean nuevas identidades, que tejen los elementos culturales que traían desde sus comunidades, dando paso a una nueva mixtura en formas de organización y gestión. La batalla por lograr derechos en la ciudad los unificó, logrando hoy un nuevo protagonismo, desafiando al gobierno municipal que años atrás, que los había invisibilizado. En estas batallas ha estado Don Juan en las últimas tres décadas en la ciudad de San Cristóbal.
Sobre su vida familiar, don Juan nos compartió que tuvo 9 hijos-as. Entre sus luchas personales fue lograr que sus hijas e hijos accedieran a la educación universitaria. Actualmente, ellas y ellos se han desarrollado como profesores/as, ingenieros y en las ciencias sociales y humanidades, destacando que algunos de ellos han continuado, desde distintos espacios, la trayectoria familiar de la formación, organización y defensa de derechos humanos. Por ejemplo, Catalina, es una reconocida lideresa del movimiento de mujeres indígenas, integrante de la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas (CONAMI), y David, fue Regidor del ayuntamiento municipal en San Cristóbal de Las Casas, en el trienio de 2019-l 2021, en la administración del Partido Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA).
Para concluir, cerramos nuestra conversación con Don juan, no sin decir unas palabras sobre su personalidad: tiene un buen trato y una sonrisa amigable. Vive feliz con su familia, según nos dijo. Continúa preocupado por las coyunturas políticas que afectan los derechos de los pueblos y comunidades indígenas y las dificultades que actualmente enfrentan sus juventudes, por su involucramiento, algunos de ellos, con algunos grupos violentos.
Concluimos la entrevista con un sabor agradable al conocer la historia de un liderazgo indígena vigente, que permanece en lucha, pugnando a favor de los ideales que durante décadas le dieron luz en su camino, teniendo en la fecha del 12 de octubre un motivo de inspiración. Agradecemos a Don Juan Hernández Meza su voluntad por compartir su historia de vida con nosotras-os, quienes, desde el campo de la antropología, recurrimos a recursos metodológicos de las historias de vida para reconstruir los procesos de las luchas sociales en el estado de Chiapas.
[1] Araceli Burguete Cal y Mayor, profesora-investigadora del CIESAS: José Manuel Martín Pérez, estudiante del Doctorado CIESAS-Sureste; Teresa González Molina, estudiante de la Maestría en Antropología, posgrado Ciudad de México.
[2] Arjona Garrido, Ángeles y Juan Carlos Checa Olmos (1998). Gazeta de Antropología, Núm. 14. S/p.
[3] Santiago, Jorge (2021). Enciendo el fuego del amanecer para esperar la aurora. CECCAM. ORG.
[4] Morquecho, Gaspar (1992). Los indios en un proceso de organización. La Organización Indígena de los Altos de Chiapas. ORIACH. Tesis. Licenciado en Antropología Social, UNACH.
[5] Gómez Marcelino (1999). Regiones Autónomas Pluriétnicas (RAP): los muchos senderos de las autonomías de facto. En Aracely Burguete Cal y Mayor (Coord.) México: experiencias de autonomía indígena. IWGIA, pp. 192-209.
[6] En esa época, en Tenejapa solo había una secundaria en la cabecera municipal. Actualmente, existen cinco bachilleratos y un Tele bachillerato.
[7] Rus, Jan (2009). “La nueva ciudad maya en el valle de Jovel: urbanización acelerada, juventud indígena y comunidad en San Cristóbal de Las Casas”. En Marco Estrada Saavedra (Editor). Chiapas después de la tormenta. Estudios sobre Economía, Sociedad y Política, COLMEX, Cámara de Diputados LX Legislatura, pp. 169-219.







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