Rayitos de sol

Foto: Cortesía

 

Llegaron las dos de la tarde, era la hora en la que Patricia tenía un espacio para comer. En su lugar de trabajo les daban media hora para hacerlo. Ella normalmente llevaba sus alimentos y se reunía con sus compañeras y compañeros en algún espacio de una de las fondas que había cerca. En esta ocasión no alcanzó a preparar su comida y decidió que iría a la fonda de doña Julieta. Ese lugar era el que más frecuentaban.

El clima estaba fresco; a Patricia se le antojó un caldito de pollo con sopa de arroz. Deseó que algo parecido estuviera en el menú del día. Se apresuró, tenía mucha hambre. Con las prisas no preguntó a Norma y Elías si irían a esa fonda, supuso que ya estarían ahí. Sintió el viento frío que comenzaba a soplar. Alzó la vista, vio que el cielo estaba nublado. Recordó que por la mañana el paisaje era con sol resplandeciente, bellos tonos azules y ninguna nube que se hiciera presente.

Entró a la fonda, no halló a nadie de sus amistades. Revisó el menú y para su buena fortuna había caldo de pollo con verduras. El aroma de la comida y el sabor le hizo recordar experiencias muy bonitas con sus seres queridos. Se le vinieron a la mente muchas anécdotas que escuchaba cuando era niña, que el caldo de pollo además de nutrir el organismo apapachaba el alma, que era muy eficaz para los resfriados, que, si le agregaban tortillas cortadas en trocitos al caldo caliente, éste se enfriaba pronto. Terminó de comer, pagó y se despidió de doña Julieta. Le agradeció la sazón de la comida. Mientras iba rumbo a su lugar de trabajo sintió de nuevo la presencia del viento. Frotó sus manos para generar un poquito de calor y luego las metió dentro de las bolsas de su pantalón. Se alegró de haber llevado el cabello suelto ese día, le hacía sentir menos el frío sobre la espalda.

Levantó la vista al cielo, pensó que estaba más nublado. El paisaje que observó la hizo detenerse un momento, dos nubes muy grandes con tonos grisáceos predominaban y en medio de ellas, el sol se asomaba tímidamente en esa tarde. Para Patricia esos rayitos de sol significaron tanto, se le figuró que justo así era la vida, a veces había sentido que todo se nublaba por lo complicado de algunas situaciones. Pero era importante prestar atención a los rayitos que aparecían, de distintas maneras, para dejar que su luz alumbrara el camino. Sonrió y apresuró su paso. Revisó el reloj, eran las dos con veintiocho minutos. Estaba justo en tiempo para el regreso al trabajo.

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