La ambivalencia de la denuncia pública ¿o la funa?

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Cambia lo superficial
cambia también lo profundo
cambia el modo de pensar
cambia todo en este mundo […]
Y así como todo cambia
que yo cambie no es extraño
.

Mercedes Sosa, Toda cambia, 1984.

Escribo porque me nace. Escribo porque es mi herramienta. Escribo porque no tengo temores ni nada que deba ocultar. Escribo porque es mi derecho. Escribo porque no quiero guardar silencio. Escribo porque quiero compartir los sentires que brotaron al estar en la marea y atravesarla. Aquí dolió, pero también aquí sanó la herida.

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Todas las personas hemos cometido desaciertos que afectan a otras. Equivocaciones que decepcionan, confunden, desilusionan y atormentan; que rompen el encanto, la confianza, la amistad, el afecto. Equivocaciones que quebrantan el cuidado, la dignidad y el respeto; derivados del engaño, la traición, la omisión y de más. Hemos herido, hemos sido herida. ¿Cómo nos posicionamos frente a la equivocación? y ¿Qué siente el corazón ante ella? A las personas nos cuesta encargarnos de nuestras faltas, pero sucede lo contrario cuando alguien las comete, es más fácil señalarlas que asumir las que nos corresponden. Entonces nombramos lo que nos pasa, otras veces las escribimos; también hay quienes las callan; y otras personas que, ante la dolencia, recurren a la furia del grito. Yo hablo desde mi experiencia, del lado que a mi corazón le toca expresarse, porque sigo creyendo en la gente, en mi propia humanidad.

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La denuncia pública es una herramienta que se habilita cuando las instituciones, los mecanismos y las voluntades que garantizan la justicia desaparecen. Diferentes colectivos, organizaciones y grupos la emplean en su práctica política. Esta opera en los márgenes de lo institucional, en los espacios abiertos como en manifestaciones y en las redes sociales, donde se exponen las violencias, vejaciones, hurtos. Se ejerce para cuestionar y protestar contra las dinámicas de poder y privilegios; para visibilizar las prácticas machistas, la discriminación, el racismo y las desigualdades que la gente ejerce. La denuncia pública busca concientizar y promover un cambio, no sólo la exhibición. Así se puede presionar a las autoridades para que hagan su trabajo; para alertar y prevenir que otras personas sean víctimas de violencia y de fraudes. Y que la persona denunciada se haga cargo de lo que se le señala.

Una vez que la denuncia se publica ya nadie tiene el control de lo que sucede. La mayoría tiende a apropiarla y replicarla sin cuestionamiento, como un ordenamiento. Las redes sociales se convierten en un tribunal totalitario en el que toda persona expuesta es juzgada como culpable. Pero la primera ambivalencia aparece cuando la gente no sabe si la denuncia ha sido difundida desde el cuidado que conlleva realizar un señalamiento[1]. O si, por el contrario, ha sido para vilipendiar y dañar moralmente a alguien, invalidando el derecho a la dignidad. Pocas la discuten porque la denuncia es “incapaz” de mentir, porque el colectivo no puede ser irresponsable con la práctica. Pero si este no fuera el caso, ¿cómo cuestionarlo sin revictimizar, sin parecer víctima ni poner a nadie en un estado de vulnerabilidad? ¿Cómo nombrarlo sin volverse a exponer? Tomar la palabra supone fragilidad porque es volver a desnudarse ante los ojos que juzgan. Esto cuesta discernirlo ante la falta de empatía de quienes miran.

¿Por qué es complejo cuestionar cuando un colectivo difunde una denuncia pública? ¿Será por miedo? ¿Por indiferencia? ¿Porque es políticamente incorrecto? ¿Porque se trata de una verdad indudable? ¿Porque nadie quiere meterse en líos? La respuesta es compleja. Sin embargo, la principal constante es que a los colectivos se les cree y “nadie quiere tenerlos de enemigos”. Dicha aseveración desvela un síntoma profundo: la imposibilidad del diálogo. ¿Cómo y en qué circunstancias se edificó dicha imposibilidad? Por los tantos casos de injusticia, las violencias sistémicas, las desigualdades y los atropellos que han quedado en la impunidad. Ante esa barrera, lo conveniente es asumir el hecho como un mandamiento y cualquiera que se atreva a argumentarlo se convierte en un adversario, en un solapador e insensible; entonces, también se le cancela. Y así, desde otro lugar, se reproduce una actitud punitiva. Para evitar los agravios, lo más conveniente es compartir la publicación, evitar hablar del tema y, mejor todavía, no estar en defensa de nadie. Y si se puede, deslindarse de la amistad de la persona denunciada. Sea cual sea el movimiento, el posicionamiento político y filosófico: no hay postura más FASCISTA que la cancelación absoluta. Sí, así en mayúscula.

Pero la denuncia pública se trivializa cuando la búsqueda de justicia excluye la verdad. Y no me refiero a la pregunta filosófica sobre qué verdad, sino a la honestidad en que se basa lo que se expone. Aquí empieza una de las grandes disputas, al jamás tener los elementos para discernir entre lo que sí sucedió y lo que no. Las únicas personas que pueden saberlo son quien denuncia y quien es denunciada o denunciado. Pero al ser las protagonistas, la tensión es interminable, porque cada quien tendrá su versión. Frente a ello, es preferible “evitar las confrontaciones”, porque más allá de los hechos, todo lo que se diga es ambivalente y ante la ambivalencia no hay mucho por hacer. Si desde el principio alguien se manifiesta con deshonestidad, entonces la denuncia pierde su sentido. Esto puede inferirse cuando se pide algo distinto al reparo como el castigo, la cancelación, la exclusión social y el silenciamiento absoluto. ¿Cuáles son los protocolos para asegurar que la denuncia esté sostenida por la honestidad? Solo quienes recurren a dicha práctica lo sabrán. Se cree en la palabra de quien denuncia por confianza, por sororidad, por deuda histórica o porque es lo políticamente correcto. Y del otro lado, ¿por qué se duda de la persona señalada? Hay gente que se otorga el derecho a criticar, reprimir y criminalizar sin consideración alguna, como si no pudiera hacer una reflexión constructiva de lo que sucede. Síntoma de los tiempos de posverdad, en el que los datos verificables son menos relevantes que las narrativas que manipulan emociones y creencias, anulando nuestro pensamiento crítico.

La denuncia pública, además, tiende a banalizarse cuando lo se que se expone son faltas a la moral, distintas a las faltas éticas, en ese caso todas las personas somos susceptibles a ser denunciadas. Hay seres que prestan y nunca pagan. Seres que venden cosas sin tenerlas. Seres que niegan permisos. Seres que prometen cosas y no las cumplen. Seres que se quedan con los créditos del trabajo de otros/as. Seres que escriben sobre la vida de los indígenas y que a sus espaldas hablan mal de ellos. Así, una lista interminable de acciones que la sociedad reprueba y que, irónicamente, comete. Estas, me parece, no tienen un componente sexual ni de género establecidas. Todas las personas lo hacen. Yo he tenido las propias y también reconozco las de mucha gente.

Hay situaciones en que las faltas a la moral devienen de incertidumbres afectivas, de lo que el corazón quiere, pero que no sabe cómo expresar, decidir y actuar, desencadenando la equivocación. De allí la promesa incumplida, la ilusión rota de querer estar con alguien, el impulso de la infidelidad y la que se materializa. Los afectos, así como el deseo, son incontenibles y tienen consecuencias. La inmoralidad tiene su magnitud, hay algunas sutiles y otras más escandalosas que no pueden ocultarse. Equivocarse es parte de las tramas de la vida. No es justificarlo, sino aceptar el hecho. Si esto se trata de una condición humana, ¿qué nos da el derecho de exponer a las personas si es para provocar vergüenza, humillación y repugnancia? Tal vez para promover el chisme, el morbo y la venganza. De otro modo no puede ser si se prescinde del reparo.

Con esto no quiero decir que sea inválido hablar de las inmoralidades de la gente, pues para que pueda reconocer sus faltas es necesario que alguien se lo diga, que se le plantee no desde el morbo, sino desde la empatía. Y esto pertenece al orden de lo privado, pero si se trivializa al decir que “todo lo personal es político”, entonces nadie quedaría exento de ser expuesto y la hoguera estaría políticamente saturada. Las personas buenas también cometen errores. La gente académica también se equivoca. Las personas defensoras de derechos humanos también desaciertan. Las personas activistas también infringen las reglas. Frente a ello, ¿es necesaria la exhibición? Esta condición podría diferenciarse entre la denuncia pública como una herramienta política reparatoria y la funa como un acto que busca el rechazo social. Aquí empieza el carácter ético de la herramienta y de quien la ejerce. Solo la persona que recurre a ella le corresponde reflexionar su respuesta, así como quienes habilitan el espacio para su publicación. Después de todo, nunca una denuncia pública será invalida cuando la justicia, la ética, la honestidad y el reparo lo acompañen.

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Una compañera tseltal que tiene el cargo de jmeltsa’anwanej (arregladoras de conflicto) en su pueblo, me escribió para preguntarme cómo me sentía. Fue de las primeras en preocuparse en mi integridad. Hablamos de las circunstancias con la sensibilidad que implicaba. En su reflexión resaltaba los alcances de la denuncia[2] que dista de las prácticas conciliadoras en su comunidad. Pensaba en mi condición de ser un varón y que por serlo ya había un perjuicio frente a la credibilidad de mi palabra, sobre todo en contextos donde a los hombres les cuesta hablar de lo que sienten[3] y, por consiguiente, de escucharlos, perpetuando así una barrera. Después de esa breve conversación sentí tranquilidad de saber que existe gente intentando construir justicia con mucha dignidad, sin la separación de los afectos porque se cuida el sentir de las personas. Cuánto hace falta comprender que también las denuncias no pueden prescindir de la dimensión cultural de la gente, sin la interseccionalidad para comprender la situación y contexto de cada persona. Pero cuesta entrarle, con toda la crítica posible, a dicha discusión.

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Hay gente que no tiene la dignidad para disculparse.

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Aparecer en una denuncia pública es como una sentencia definitiva; una lista irrebatible que dicta la aniquilación anímica, simbólica y social. La única apelación que queda es el derecho de réplica, pero ¿quién lo asume y para qué? ¿Para “limpiar” su imagen? ¿Para desmentir las afirmaciones? ¿Para aclarar y explicar las cosas? O en el peor de los casos, ¿para deslindarse y negar los señalamientos? Cualquiera que sea la intención el recurso tiene un efecto contraproducente porque la gente no espera respuesta, mucho menos cuando se trata de la última intención: negarlo todo. Y cuando alguien decide tomar la palabra, la siguiente barrera que se edifica es que casi nadie está dispuesto a ofrecer el espacio, sea físico o virtual, para que esa voz pueda ser leída y escuchada, perpetuando así el silenciamiento, rechazando toda oportunidad de compartir el sentir. Sin esa posibilidad, ¿cómo encauzar debates y diálogos que permitan discernir las implicaciones de una denuncia pública?

Jamás faltará la gente que asevere que quien decide hablar lo hace para “justificarse”, anulando toda capacidad de agencia. Tal vez lo más sensato sea guardar silencio, pero no, es mejor hablar sin desmarcarse del problema, posicionarse frente a los propios actos que uno infringe, para reconocer y asumir la responsabilidad que corresponde con autocrítica. Allí radica la voluntad de aceptar las faltas y actuar. Reparar los agravios con discreción. Hablar es una manera de proclamar la sanación, de cuidar a los círculos que te acompañan. Con las cosas dichas que van más allá de los hechos, no hay nada por hacer. Nadie puede hacerse responsable de lo falso. Tener la conciencia tranquila y la quietud es lo que lleva a flote a la persona. Después de todo, uno mismo debe salvarse como puede, resistir las agresiones, dejar que la marea pase y descubrir si quedan secuelas. Y respecto a las personas que se aprovechan de las circunstancias para despotricar, no hay mucho qué apuntar, tan solo develan lo que son.

Pero el gran ACONTECIMIENTO es que hay personas que no ponen en duda tu integridad cuando reconocen la honestidad que te compone; se solidarizan, te acompañan desde la comprensión y la sensibilidad de la escucha; te proveen de herramientas para atender lo que corresponde y te dan la certeza de sostenerte hasta el final. Personas que, aun con los embates de la gente que cuestiona e intenta romper los vínculos, deciden quedarse. Y eso te alienta al saber que la vida no se detiene, que no estás solo ni sola. Como planteó bell hooks, “el amor propio no puede florecer de forma aislada”. Después de la tempestad eso permanece: la amistad sincera.

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Estamos en tiempos en los que si nos dejamos vencer, el odio ganará.

[1] Como el uso arbitrario de imágenes y/o fotos que expone a la persona y la coloca en una posición de alta vulnerabilidad, aun cuando se oculte una parte de su rostro. Esto directamente la criminaliza, pues ya no admite ninguna posibilidad para la presunción de inocencia ni se protege la identidad ni los datos personales. Si bien no hay una Ley que lo limite, el uso recae en la ética de quienes recurren a la exhibición.

[2] Fue escrita de manera anónima por alguien con la que conviví durante cinco semanas.

[3] Si bien no voy a abordarlo con el énfasis que amerita, es necesario reflexionar cómo el control patriarcal permea de manera directa en las formas de sentir y hablar de los afectos de y entre los hombres. Y que al ser doblemente excluidos ante las denuncias, la posibilidad de agrietar el control se vuelve todavía más difícil.

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