Sobre el Semillero Zapatista “De pirámides, de historias, de amores y, claro, desamores”

Foto: Fabio Ceballos
Imaginarios que inauguran mundo
En estos tiempos de política convertida en escenografía —cuando el discurso público parece haber renunciado a la verdad para volverse mera administración de efectos— escuchar un cuento se vuelve un gesto profundamente disruptivo. No una declaración programática, no un espectáculo de convicción impostada: un cuento. Narrado desde un estrado, sí, frente a muchas miradas; pero no para instruir desde arriba, sino para compartirse. Para que la palabra, en vez de mandar, circule. Para que el relato no clausure, sino abra.
Así, en el semillero Zapatista celebrado del 26 al 30 de diciembre del 2025 en el CIDECI–Unitierra, la pedagogía no entró con el traje solemne de la doctrina. Llegó mediada por historias en las que son las niñas y los niños —traviesas, traviesos, impertinentes, luminosamente desobedientes— quienes revelan verdades que el mundo adultocéntrico prefiere callar. Ellas y ellos preguntan lo que ya no nos atrevemos a preguntar. Doblan el orden de las cosas con una risa. Nos recuerdan que la imaginación es, también, una forma de crítica. Y que la ternura puede ser insurgente.
Entre intervenciones de intelectuales, activistas y la palabra zapatista por parte del Subcomandante Insurgente Moisés y el Capitán Marcos, lo que allí se tejió no fue un catecismo político, sino una invitación a otra forma de pensar-con-otras y otros. El amor y el desamor aparecían no como dramas privados, sino como prácticas relacionales: modos de cuidar sin poseer, de despedir sin olvidar, de sostener lo común sin administrarlo como propiedad. Una ética viva, tejida en vínculos y no en mandatos.

Foto: Fabio Ceballos
I. Desaprender el “yo”
Desde el primer día, algo quedó claro: el sistema capitalista no solo organiza la economía; habita la mente. Infla el “yo”, sutura la empatía, convierte la propiedad en medida de valor y la importancia personal en respiración cotidiana. Entonces surge la pregunta que no puede esquivarse:
¿Cómo querernos como pueblo cuando la subjetividad ha sido capturada?
El individualismo es traba y herida. No simple doctrina, sino hábito incrustado hasta el tuétano. Un reflejo que atraviesa el amor, la amistad, la militancia, la existencia diaria. Nombrarlo es el primer gesto de desobediencia.
Porque allí donde el capitalismo fabrica individuos e individuas aisladxs, el zapatismo vuelve a pronunciar la palabra común. No como nostalgia, sino como horizonte. No como consigna, sino como apuesta vital.

Foto: Fabio Ceballos
II. Subjetividades en disputa
Día tras día, la reflexión abrió grietas en la normalidad. Se habló de historia crítica, del despojo, de la devastación capitalista sobre la tierra, de la forma en que el poder político administra la desesperanza. Pero la pregunta de fondo volvía siempre en voz del Subcomandante Insurgente Moisés:
¿Quién siembra la idea de que el mundo puede ser propiedad privada?
Y con ella, otra constatación: la lucha no es solo material; es onto-epistémica. Se disputa la forma de sentir, de pensar, de existir.
Frente a eso, el zapatismo no adoctrina. Interlocuta.
Se encuentra con subjetividades múltiples: escucha, pregunta, provoca. No exige conversiones; abre caminos.
Lo que se insinúa en ese gesto es una subjetividad otra. No dócil. No resignada. No rendida ante el “no hay alternativa”.

Foto: Fabio Ceballos
III. El amor como insumisión
En ese tejido de palabras aparecían historias de amor y desamor, narradas por el Capitán Marcos. Cuentos que parecían íntimos, pero que en realidad hablaban de algo mayor: del modo en que el capitalismo captura incluso aquello que llamamos amar. Porque allí donde debería haber encuentro, el sistema siembra propiedad; allí donde debería haber cuidado, instala control; allí donde debería haber ternura, levanta contratos invisibles.
En esos relatos se insinuaba otra posibilidad: el amor como relación y no como dominio. No un vínculo organizado por la deuda, el sacrificio o la obligación, sino una práctica ética donde cada quien pueda existir plenamente sin volverse objeto del otro.
Allí se proponía otra forma de quererse:
Compartirse sin poseer.
Cuidar sin devorar.
Relacionarnos subversivamente.
Amar sin convertir al otro y otra en propiedad.
El amor como territorio de libertad.
El desamor como desprendimiento, no como ruina.
Porque el capitalismo no solo privatiza la tierra: privatiza el corazón. Nos enseña a amar como quien adquiere, almacena, controla, teme perder. Nos educa en un afecto vigilado, celoso, competitivo, donde el otro y otra se vuelve inversión emocional o recurso escaso. Así, el vínculo deja de ser encuentro para transformarse en gestión.
La propuesta zapatista, en cambio, abre un respiro: amar no como captura, sino como cuidado compartido; no como clausura, sino como expansión; no como mandato, sino como elección cotidiana. Un amor que no cancela la autonomía, sino que la celebra.
Y cuando el amor deja de imitar la lógica de la propiedad, también el desamor deja de ser devastación absoluta. Aparece entonces como tránsito, como cambio de forma del vínculo, como aprendizaje doloroso pero no mortal. Sin anulación. Sin desecho. Sin transformar la herida en mercancía emocional.
Porque desmontar el régimen afectivo del capital —ese que traduce el deseo en consumo y la intimidad en contrato— es una de las tareas más radicales de nuestro tiempo.
Y quizás el gesto más profundamente insumiso consista en esto:
amar sin obedecer.

Foto: Fabio Ceballos
IV. El común bajo amenaza
La afirmación fue directa y sobria:
El común es contrario al capitalismo —y por eso será atacado.
Pero, ¿qué es “el común”?
No es solo la tierra compartida, ni los recursos de uso colectivo. El común es, sobre todo, una forma de vida. Es la organización comunitaria que decide en asamblea; son los trabajos colectivos que sostienen a todas y todos; es la salud, la educación y la justicia construidas desde abajo, sin pedir permiso al Estado ni a las empresas. Es la autonomía Zapatista hecha práctica cotidiana: miles de personas que, en territorios recuperados, se gobiernan por sí mismas, sin jefes, sin partidos y sin el mercado como autoridad última.
En ese sentido, el común no es una consigna romántica, sino una realidad material: organización, territorio, acuerdos, responsabilidades compartidas. Y, al mismo tiempo, es una apuesta ética: la vida vale porque es vida, no porque tenga precio.
De ahí la advertencia: el capitalismo no puede tolerar espacios donde la lógica del lucro no manda. Allí donde la tierra no se vende, donde el trabajo no se convierte en mercancía, donde la dignidad no es negociable, el sistema ve una amenaza. Por eso el común será atacado: con violencia, con mentiras, con burocracia, con proyectos asistenciales que buscan fragmentar, con militarización que pretende vigilar y amedrentar.
La pregunta, entonces, no fue retórica:
¿Qué hacer cuando el mal gobierno venga por él, con violencia y desprecio?
Y no hubo respuestas prefabricadas.
Hubo algo más difícil —y más honesto:
Escuchar mucho.
Pensar desde abajo.
Cuidar los vínculos.
Tejer comunidad en cada geografía.
Porque, para el Zapatismo, la organización no es un modelo que se exporta ni una doctrina que se impone. Es un proceso situado: cada pueblo, cada barrio, cada colectivo inventa sus formas de cuidado y resistencia. Autonomía no significa aislamiento, sino aprendizaje mutuo sin jerarquías ni vanguardias.
Ejemplo, luz y espejo.
No modelo.
No receta.
El común, así entendido, no es solo un espacio material, sino un horizonte político compartido: vidas que no se rigen por la propiedad, sino por la responsabilidad mutua. Y defenderlo implica algo más que resistencia: implica fortalecer los lazos que nos vuelven pueblo.

Foto: Fabio Ceballos
V. Oventik: celebrar como insumisión
El semillero cerró el treinta de diciembre. Pero el treinta y uno, en Oventik, la historia volvió a nacer envuelta en niebla, con la celebración del 32º aniversario del levantamiento armado zapatista
La bruma no solo cubría el paisaje: parecía estar dibujándolo de nuevo. Las personas se volvían siluetas vivas, sombras que respiraban. El mundo, por un instante, se deshacía para recomenzar. Milicianas y milicianos descendían con paso firme y silencioso. No había estridencia. No había espectáculo. Solo un orden sereno, tejido en dignidad. Las voces se entrelazaban con el frío y la palabra caminaba despacio, como quien sabe que no tiene que imponerse para existir.
Y, en medio de esa escena, el gesto más simple y más radical: comida compartida. Caldo caliente. Tortillas. Café que abriga las manos antes que el estómago. Hospitalidad sin cálculo, sin tarifa, sin deuda. Un dar que no pide nada a cambio. Un cuidado que no exige reconocimiento.
Lo que allí ocurrió no fue entretenimiento.
No fue espectáculo.
No fue consumo.
Fue otra cosa.
Una fiesta desarmada del mandato capitalista de la felicidad como mercancía. Un tiempo que no corre hacia ningún objetivo productivo. Una pausa que no acumula, sino que intensifica.
Byung-Chul Han dice que la verdadera celebración no gasta el tiempo: lo vuelve más denso. Y eso ocurrió en Oventik. La fiesta no anestesió la conciencia: la encarnó. No borró la lucha: la sostuvo. No fue evasión, sino respiración colectiva. Un latido compartido. El presente elevado a su forma más simple: estar juntas, estar juntos, sin miedo y sin prisa.
Era como si el común —esa forma de vida que el capital intenta erradicar— se hiciera visible por un momento. No como teoría, sino como cuerpo. Como fogón. Como abrazo. Como baile. Como silencio compartido.
Celebrar allí fue decirle al mundo, sin decirlo:
no han podido con nosotrxs.
no han podido con la alegría.
no han podido con el cuidado.
Celebrar como insumisión.
Como ternura que no se entrega.
Como memoria viva que se niega a desaparecer.
Porque hay fiestas que domestican.
Y hay fiestas que liberan.
Y aquella —en medio de la niebla de Oventik— fue lo segundo.

Foto: Fabio Ceballos
VI. Reabrir la imaginación
No hay adoctrinamiento en la palabra zapatista. Hay tarea. Hay horizonte abierto.
Pensar mundos sin dinero.
Relaciones sin propiedad.
Vidas donde el “yo” no sea trono ni cárcel.
Quizá el acto político más profundo no sea el grito, sino el reencantamiento de lo posible: reabrir la imaginación secuestrada por el capital, desobedecer la única realidad admitida, ensayar subjetividades nuevas —aún frágiles, aún balbuceantes, pero reales—.
Porque la lucha no es solo por la tierra, sino por el sueño.
Y tal vez —solo tal vez— el comienzo de otro mundo tenga esta forma: niñas y niños que preguntan, comunidades que comparten, cuerpos y cuerpas que bailan en la niebla, palabras que no mandan sino invitan, afectos que no obedecen al mercado, imaginarios que se rehúsan a rendirse.
No se trata solo de resistir.
Se trata de hacer existir aquello que el capitalismo declara imposible.
Y contar —una y otra vez— que este mundo no es el único.
VII. Cuando el mundo vuelve a arder
Las palabras del pasado semillero resuenan aún más cuando, allá afuera, la sangre y el miedo vuelven a imponerse como lenguaje del poder. Cuando nuevas formas de guerra caen sobre los pueblos, como ocurre hoy con Venezuela frente a la agresión impulsada por las élites económicas y políticas, respaldada por el ejército terrorista estadounidense. El discurso oficial lo envuelve en tecnicismos diplomáticos, pero el mensaje es brutalmente simple: la vida colectiva solo es aceptada mientras obedezca las reglas del capital.
Y es ahí donde la práctica zapatista cobra una densidad particular. Porque recuerda algo esencial: la emancipación no se juega únicamente en los márgenes del Estado ni en la figura abstracta de la “soberanía”, concepto tejido también por el mismo orden moderno que administra fronteras y jerarquías. La apuesta zapatista se ancla en otro terreno: la capacidad concreta de los pueblos para sostener la vida en común, al margen de los mandatos del mercado y del poder armado.
Ante una maquinaria global que convierte territorios en zonas de extracción y poblaciones en daños colaterales, la propuesta zapatista insiste en otra lógica: cuidarnos desde abajo, organizarnos sin pedir permiso, defender la dignidad sin convertirla en mercancía. No como modelo, sino como invitación viva a que cada geografía encuentre sus propias formas de autonomía, arraigadas en su historia, su territorio y sus vínculos.
Por eso, cuando la guerra armada y directa vuelve a imponerse como idioma del poder, el común aparece no solo como alternativa política, sino como refugio ético. Un recordatorio de que la vida puede organizarse desde el respeto mutuo, la justicia colectiva y la ternura insumisa.
Y en medio de la tormenta planetaria, la voz zapatista vuelve a decir —sin gritos, sin estridencia— que otro mundo es posible. Y que empieza, muchas veces, con algo tan pequeño como un cuento narrado en comunidad, un plato de caldo compartido, una risa que desarma la obediencia.
Porque lo contrario del terror no es la fuerza.
Es la vida sostenida en común.
Son, pues, los semilleros zapatistas grietas que se siembran de esperanza y rebeldía, por donde entra la luz de otros mundos posibles, que ya empiezan a caminarse.
Y para quienes deseen escuchar las voces completas —las de las compañeras y compañeros invitadxs, y las palabras del Subcomandante Insurgente Moisés y del Capitán Insurgente Marcos— pueden encontrarlas aquí:
https://enlacezapatista.ezln.org.mx/







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