Creer en los reyes magos del Medio Oriente

Foto: @fifaworldcup_es

Por Germán Martínez Aceves*

Cuando Guillermo Ochoa se lanzó abajo y a su izquierda para detener el displicente disparo del polaco Robert Lewandowski, la nación futbolera, que seguía el primer encuentro de la Selección mexicana en el Mundial de Qatar, saltó de júbilo. Euforia, abrazos y hasta llanto fueron las expresiones que festejaron un “no gol”.  La afición mexicana, esa amalgama que se forma cada cuatro años y se enfunda con la camiseta tricolor, llegó casi al paroxismo ante la atajada de un penal.

Como bien dice Eduardo Galeano: “El gol es el orgasmo del futbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna”.

En las gradas, los polacos, rojos de coraje e incredulidad, se llevaban las manos a la cara mientras que los mexicanos eran una explosión de alegría, de fiesta, de burla, qué más, si para eso somos muy buenos.

Lewandoswski, el implacable centro delantero que en promedio falla el 2% de sus disparos desde el manchón penal, aún seguía la jugada, pero su mirada estaba perdida en los callejones de la desconfianza y Ochoa en su rostro aún tenía la expresión de asombro.

El encuentro acabó en ceros, México y Polonia obtuvieron un punto. Para los polacos el sabor fue el fracaso, para nosotros, ¡casi la gloria! Memo Ochoa, de ser severamente criticado antes de iniciar el Mundial por sus actuaciones dispares en la portería, de pronto se volvió en el jugador del partido, en el héroe instantáneo. Según los memes: en el firme candidato a ser Presidente de la República; en el San Judas Tadeo, patrono de las causas perdidas.

Llamaron la atención, entre el cúmulo de festejos del partido que acabó sin goles, dos imágenes en dos escuelas, al parecer, de nivel primaria. En una, los directivos y los maestros reunieron a los escolapios en el auditorio para ver el encuentro en pantalla grande; en la otra, el patio fue el punto de reunión de la fanaticada infantil.

Lo notable fue la celebración. Después del suspenso antes de la ejecución del penalti, la alegría desbordada de los infantes fue como si la Selección hubiera ganado la Copa del Mundo. Justo ese sentir fue efervescente a lo largo de cinco días entre la afición mexicana.

Como niños ilusionados con los nuevos Reyes Magos que están en Qatar, pero sin un equipo sólido en el ataque, sin mayores argumentos de un conjunto que juega bien pero que al momento de llegar a la meta contraria la impotencia aparece, ya se veía que el representativo tricolor pasaría sobre Argentina y que prácticamente mandaría a su casa a Messi, a Lautaro, a Di María y a los demás albicelestes que los acompañan.

Se sabía que el encuentro del sábado sería difícil, aunque la fantasía hacía volar hacia un triunfo o mínimo un empate. No recuerdo un partido de la Selección mexicana en fase de grupos que se hubiera vivido con tanta tensión previa y con un ambiente de una guerra ante Argentina. Solo el que verdaderamente vive el “ser aficionado”, sabe lo que significan los días y las horas previas al encuentro de futbol. Es como escribir la carta a los Reyes Magos y esperar que el deseo de los regalos se vuelva realidad.

No hay deporte, como el futbol, que trastoque la vida cotidiana de un país, que provoque que las citas importantes cambien y que organice a la tribu que a la menor provocación se arma de botanas, bebidas, camisetas, banderas y pinturas para vivir “la intensidad del futbol” (frase de Ángel Fernández que después haría suya el Perro Bermúdez).

Como niños ilusos y aún felices por la atajada de Ochoa se concentró la buena vibra con la mente puesta ya en el oasis del quinto partido.

En lo particular, al ver la alineación, me pareció incomprensible que Raúl Jiménez, Henry Martin y Rogelio Funes Mori estuvieran en la banca y que el ataque, yermo como lo plantea Martino, recayera en el Chucky Lozano y Alexis Vega.

El Tri jugó bien, de tú a tú y nulificó a Messi en el primer tiempo. Alimentados por los mitos, pensamos que San Judas Tadeo Ochoa haría otro milagro y nos faltaría un Santo Niño Artillero para horadar la meta albiceleste.

Scaloni estudió el planteamiento de Martino y en el segundo tiempo llegó la dosis de realidad que recuerda lo que siempre comenta César Luis Menotti: en el Mundial hay protagonistas, los que definen los partidos, e invitados, que son una especie de sparrings.

De pronto, en el minuto 63, la defensa férrea mexicana detuvo su mecanismo, Di María por la banda derecha mandó un pase tranquilo a Messi quien esperó el balón y como si fuera un penal en movimiento, con la zurda disparó raso y abajo a la izquierda de Guillermo Ochoa. Milimétrico, solvente, como billarista, con toque de privilegio, cayó el primer gol y el peso que cargaban los argentinos sobre sus hombros por la derrota ante los árabes se volvió frescura. Una genialidad fue la diferencia. Una nación explotó de alegría mientras otra vio llegar a los fantasmas de la derrota, los de siempre.

Hubo intentos de regresar, pero otra vez, la facilidad del toque argentino y la marca mexicana que de pronto se quedó parada, se conjuntaron para el minuto 87. Tiro de esquina que cobra en corto De Paul a Messi quien pasa sin problemas a Enzo Fernández que a su vez, en un fácil dribling, se llevó a Erick Gutiérrez y con un derechazo magistral anidó el segundo gol a la izquierda de Ochoa.

Los dos goles nos regresaron a la realidad, no somos un equipo que pueda aspirar a más, podemos ser el alma de la fiesta, pero no de las canchas.

Octavio Paz, en su lúcido ensayo El laberinto de la soledad, apunta: “El hombre moderno tiene la pretensión de pensar despierto. Pero este despierto pensamiento nos ha llevado por los corredores de una sinuosa pesadilla, en donde los espejos de la razón multiplican las cámaras de tortura. Al salir, acaso, descubrimos que habíamos soñado con los ojos abiertos y que los sueños de la razón son atroces. Quizá, entonces, empezaremos a soñar otra vez con los ojos cerrados”. O que sigamos creyendo en los Reyes Magos.

*Es Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. Fue coordinador de la Feria Internacional del Libro Universitario de la Universidad Veracruzana.

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