El juego del Mundial: la escencia y lo inverosimil

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Por Olivia Jarvio Fernández*

                                                                                                                                 «El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha    convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue»

Eduardo Galeano.

Una imagen que se presentó en el partido de Ausburgo contra  Bochum de la liga alemana, a ocho días del arranque del Mundial, me llevó a los comentarios que aquí quiero compartir. El jugador Carlos Gruezo, seleccionado ecuatoriano, en la disputa del balón con otro jugador, aqueja una molestia en el muslo derecho. Con el presagio de una lesión, Gruezo echa el balón a la banda y se tira al césped. Al valorarlo tiene que ser sustituido. Cuando sale de la cancha Gruezo rompe en llanto, desconsolado; no muestra tanto dolor por la lesión, más bien por lo que significa: saberse fuera del próximo evento más importante del futbol.

Cada Mundial representa para muchos el reto de su vida.  Los jugadores se enfrentan a los rivales, a la afición, pero también a los medios de comunicación, y, hoy especialmente, a las redes sociales. La exposición de los jugadores es enorme, pero la necesidad de regresar al origen, a lo que en escencia es el futbol, –a la competencia,  a la inteligencia del juego, a lo invariable: a lo que trasciende barreras de todo tipo, a lo que hace llorar, apasionarse, vibrar–,  se magnifica cuando la convocatoria es para defender la bandera de tu país. Por eso jugadores como Messi, Benzema, Cristiano, Bale,  contienden por participar en la competición de su vida, sabiendo que tal vez sea el último Mundial.  Quiero creer que, a pesar de lo que se ha hecho del futbol, –un espectáculo jugoso para unos cuantos–, la competencia por la Copa del Mundo representa volver al origen: al amor por la pelota. Es así que participar en un Mundial es la aspiración más importante en la vida de los jugadores; aunque también asombra la sobreexigencia que se deriva del negocio puro y duro.

Hoy, al trasfondo económico que siempre permea a la justa mundialista, se suma el factor político. En este sentido, sólo unos datos:

Este Mundial es el primero en realizarse en Oriente Medio: en Qatar, país con tan sólo 2.9 millones de habitantes. Un considerable número de cargos de la FIFA que eligieron como sede a este país, fueron posteriormente inhabilitados por corrupción.  Según estimaciones, los partidos pueden llegar a ser vistos por unos 5000 millones de personas. Datos publicados establecen además que puede llegar a ser el más caro de la historia (200 mil millones de dólares), con una cifra aterradora de 6,500 trabajadores muertos en el proceso de construcción de la infraestructura. Algunos analistas de la geopolítica llaman la atención sobre la necesidad de Qatar por un reconocimiento de la comunidad internacional. Esto último se fortalece, con el reporte elaborado en una nota de El País donde se dice que Qatar ha financiado a hinchas vigilantes para fungir además como creadores de crónicas sobre todo en las redes sociales.  Se dice que han pagado gastos a alrededor de 50 personas vinculadas a estos espacios, por cada uno de los 32 países participantes, con el objetivo de que sean los vigilantes de lo que debe darse a conocer y estar en alerta para lo que no se puede comunicar. Antes de la entrega de este escrito, aparece una nota donde se muestra un video con un “grupos de fans” en verdadera fiesta, de distintas selecciones -española, brasileña, argentina-, que están siendo grabados por dos “influencers” pero que están compuestas únicamente por grupos visiblemente de ¡origen indio/pakistaní!

Para la FIFA, sigue siendo un negocio voyante: se estima ingresar 5,518 millones de euros entre ventas a patrocinadores y derechos de televisión. Lo mismo para muchas ligas y equipos de la mayoría de los países competidores. Se debe destacar que una buena parte de las ligas participantes siguieron jugando partidos hasta unos días antes del arranque mundialista. Esto dejó imágenes como la descrita sobre el jugador ecuatoriano, y que como algo llamativo se repitió muchas veces.  La FIFA además, permite que los jugadores puedan ir con sus equipos representativos incluso estando en rehabilitación.  Los jugadores son vulnerables al límite.

Historias como la del ecuatoriano Carlos Gruezo, quien por cierto, su lesión no pasó a mayores y seguirá en la selección ecuatoriana,  se multiplicaron en las últimas semanas, esas sí con final trágico:

N’Golo Kanté de Francia se lesiona en agosto y queda fuera por cuatro meses.

Paul Pogba, también de Francia, e igual por una lesión, queda fuera.

Sadio Mané, de la selección de Senegal se lesiona el 8 de noviembre, y sale de la lista.

Diogo Jota, de Portugal queda fuera en partido del Liverpool vs el City

En octubre, Pedro Neto de Portugal, se lesiona el tobillo y debido a una cirugía, queda fuera del mundial.

Giovani Lo Celso, en octubre sale por lesión  en el partido del Villarreal vs Athletic de Bilbao, y la noticia que no se quería escuchar, se confirma: no llegará al Mundial.

Tecatito Corona se lesiona en agosto y Raúl Jiménez no se encuentra en su mejor momento debido a una publagia, lo mismo que Georginio Wijnaldum de la Roma,  y  Diego Carlos de Brasil.

Reece James del Chelsea, Máxime Crépeau, lesionado en noviembre, Scott Kennedy y Yuta Nakayama, tienen la misma historia.

Y apenas hace unos días  Bartoiomiej Dragowski,  portero de la selección polaca, en imágenes que conmueven, queda fuera por fractura en el tobillo derecho. Muchas lesiones a tan pocos días del arranque  mundialista.

Dos formas de ver el futbol: (1) quienes ven en  los jugadores  una  mercancía de uso;  y (2) para quienes representa aún más:  se juega la camiseta, el honor de representar a su país, la emoción de gritar el gol.  En esta justa se muestra a los mejores: a los más fuertes,  a los técnicamente brillantes, así como al que juega con sufrimiento y resistencia.

Este Mundial representa para unos la última oportunidad  de alcanzar la gloria verdadera en sus carreras como futbolistas. Para otros, representa el dolor más intenso de no estar presente, o la incertidubre de si alguna vez podrán volver a tener la oportunidad. Para la FIFA el úsese y tírese: lo importante es continuar con el espectáculo. Para Qatar: la prueba de si podrá lograr enviar al mundo una imagen que aleje a su Monarquía del cuestionamiento sobre la violación de los derechos humanos, y a nosotros, –por lo menos a mí–, tan  sólo regresar al origen: al disfrute, pero también a ser partícipe de lo mágico, lo inverosímil.

*Olivia Jarvio Fernández

Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación UV

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