¡El primer mundial nunca se olvida!

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Por Mirna Alicia Benítez Juárez*

¿Quién no hubiera podido enamorarse del fútbol soccer después de haber presenciado el mundial  “México 1970” aunque solo rondara los 12 años de edad (o tal vez por eso)?

Todavía se vivía “la resaca deportiva” generada por las Olimpiadas de 1968 y, también, las benéficas reminiscencias del crecimiento del Producto Interno Bruto -sostenido por más de tres décadas-  que había posibilitado el incremento de las clases medias y la infraestructura necesaria para brindar estadios de calidad en varias ciudades: Guadalajara, León, Toluca, Puebla y el entonces Distrito Federal, con el icónico estadio Azteca. Al mismo tiempo, un porcentaje alto de los casi 50 millones de personas que poblábamos el país  habíamos permitido el adentramiento de la televisión (y Televicentro -ancestro de Televisa-) en nuestros hogares y, en reciprocidad,  podíamos ver  los partidos “sin pago por evento”.

Por las calles de mi barrio –y millones de barrios más-  se armaban  equipos de adolescentes que, con unas piedras de regular tamaño, improvisaban las porterías y una vil pelota de plástico era motivo de encarnizada disputa. No importaba si había grava sobre “la cancha”, o detener “el partido” si iba a pasar alguna persona (y, por obvias razones, algún auto) o que algún vecino lanzara maldiciones a diestra y siniestra porque se golpeaba su puerta. No, lo importante era emular a los nuevos héroes que concentraban la atención del mundo y  permitían sacar a flote los nacionalismos adentrados en todos los que nos sentíamos representados por nuestras selecciones, pues, la verdad, ya Pedro Infante y Sara García no bastaban para orientar los sueños de los sectores más urbanizados en el país anfitrión de “La Copa del Mundo”.

Para iniciar el torneo México  enfrentaba al equipo de la Unión Soviética (que, orgulloso, portaba  su camiseta roja y las letras CCCP en el pecho -esas letras que  llevaran a Ángel Fernández a traducir como CucuruCuCúPaloma cuando, en realidad,  era el acrónimo de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en cirílico-); el resultado fue un insípido empate a ceros. No obstante, cuántas ilusiones se potenciaron al anotar Gustavo “El Halcón” Peña (capitán mexicano) el penalti que dio el triunfo sobre Bélgica, después de haber vencido a Ecuador, y pasar la primera fase de grupos para enfrentar no solo a Italia –que no era poca cosa- sino la realidad de nuestro pobre fútbol  y ser derrotados 4 a 1. Allí dio inicio la “maldición de no alcanzar el quinto juego”.

Pero, entonces, se vivió la metamorfosis más maravillosa que –casi- un país entero ha experimentado: de “mexicanos al grito de guerra” se giró al “jogo bonito” del equipo más rítmico, cadencioso y mágico que he podido ver desde entonces. Ya no era Enrique Borja, ni el Pichojos Pérez, ni el “Campeón” Hernández o el “Gansito Padilla” a quien uno quería representar sino a Gérson, Tostao, Rivelino o, en el  culmen del paroxismo, al mismísimo Pelé.

Imperdonable no mencionar a quienes, los menos, se inclinaban por “nuestros verdugos italianos” con Albertosi, en la portería, Gigí Riva y el cambio infernal que representaba Sandro Mazzola. Otros más se deslumbraban con la disciplina y contundencia de los alemanes, con   Maier, Beckenbauer, Müller y Seeler  por lo que, ambos equipos, eran considerados como serios contendientes a llevarse la copa Jules Rimet y, a decir verdad, no les faltaba razón  pues se enfrascaron en lo que ha dado en llamarse “el partido del siglo”  que, definido en tiempos extras, ganaron los italianos (si bien la imagen de Beckenbauer, con su brazo vendado e inmovilizado contra su pecho, perdura hasta nuestros días en la  memoria de millones de aficionados).

Menos recordado es el segundo lugar que logró Italia porque sí, tal como el sentimiento latinoamericano “obligaba”, “alcanzamos” el campeonato mundial a través de Brasil. Ese triunfo, precedido de sus partidos en Guadalajara, con un impresionante paso de 5 partidos jugados -y ganados- con 15 goles a favor y 6 en contra, auguraba la posibilidad de un carnaval de goles aunque Italia llegaba con solo 4 goles recibidos en 5 partidos y 9 a favor (no olvidar que nos habían anotado 4), es decir, el “juego bonito” vs el “catenaccio” (o cerrojo) ultradefensivo se escenificó en el Azteca y sí llegó, para fortuna del fútbol, la magia que la cadencia brasileña le ha regalado a este deporte mediante 4 goles y recibir uno solamente. Pelé, la estrella máxima, se consolidó como “O Rey” y después, mundial tras mundial, se espera a otro jugador que rivalice con el hombre mito.

En “México 70” los sueños de millones de personas acunamos la idea, mantenida hasta hoy -a pesar de  los embates de todo tipo- que el futbol es “el gozo en el deporte” pues, “apenas” ese año, Adidas lograba hacerse de la concesión de abastecer los balones para el certamen y no había patrocinadores oficiales para publicitar el evento. Sin embargo, el huevo de la serpiente se incubaba pues  el campeonato escenificado evidenciaba a una audiencia ávida de espectáculo y dispuesta a abarrotar los estadios y a seguir las transmisiones televisivas  de sus equipos nacionales -representados por sus mejores hombres- y  arroparlos con  sus banderas y entonando sus himnos en cualquier parte del planeta, incluido el desierto Árabe.

Las palabras del “Mago” Septién, lanzadas para el béisbol por esos años, también alcanzaron al fútbol: “mucho deporte para hacer negocio, mucho negocio para ser deporte”.

*Licenciada en Sociología por la Universidad Veracruzana. Estudios de Maestría en pensamiento filosófico latinoamericano en Universidad Central de Las Villas “Martha Abreu”, Santa Clara, Cuba. Así como maestría en Historia Económica y Social y de los movimientos sociales de la Universidad Autónoma Metropolitana.

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