Memoria, lucha y justicia a 21 años de la masacre en Acteal

Acteal. Foto: Delmar Méndez Gómez

Por Delmar Méndez Gómez*

Sábado 22 de diciembre, llegamos a las ocho de la mañana a la tijera del paraje Majomut, Chenalhó. Algunas personas ya se encuentran reunidas. Poco a poco comienzan a llegar más, la densa neblina apenas nos deja reconocerlas, sus siluetas se hacen visibles mientras avanzan. Después de unos minutos los sobrevivientes de la masacre en Acteal llegan al mismo punto donde estamos reunidos. Llegamos en respuesta a la invitación que hizo la Organización de la Sociedad Civil Las Abejas de Acteal para sumarnos a la peregrinación rumbo a Acteal. Hoy se cumplen 21 años de haberse cometido la masacre por un grupo paramilitar. La gente lo sabe: una acción ejecutada por el Estado.

Veo llegar a un señor acompañado de su pequeño hijo. El pequeño pregunta por qué hay mucha gente reunida. Su padre responde que esa gente ha llegado para acompañar a los sobrevivientes, pues en esta fecha, como cada año, se suman a la peregrinación para levantar la voz y recordar a los que se han ido, a los que les arrebataron la vida, a nuestro muertos. Sus palabras y su presencia me hacen pensar que eso es el deber de memoria: la capacidad y voluntad que tenemos para transmitir en la vida de otros, aquellos recuerdos y acontecimientos que nos marcan para siempre, y aunque no hayamos estado físicamente en tal momento, se vuelven parte de nosotros, los hacemos nuestros, nos subjetivan. La memoria se hace transgeneracional.

Varios hombres y mujeres llevan cruces con los nombres de las personas asesinadas, otros más llevan mantas y carteles con mensajes que reclaman justicia, castigo y reparo de los daños. Representantes de la diócesis de San Cristóbal hacen presencia, junto con los músicos tradicionales y las autoridades de Acteal. Ancianos, ancianas, hombres, mujeres, jóvenes, niños y niñas, así como miembros de colectivos, organizaciones y medios de comunicación iniciamos el ritual político, la peregrinación: una forma de hacer y ejercer la memoria colectiva, pero es una memoria herida que pese a los años no sana y se debe a la injusticia e impunidad, pues han sido las únicas respuestas que ha dado el Estado mexicano. “Cuando eso sucede sólo queda una opción: seguir luchando”, le dice el papá a su hijo.

Mientras caminamos me imagino cómo eran aquellas montañas, árboles, milpas y veredas en la noche cuando se perpetró la masacre ¿cuánto habrán cambiado? Seguramente éstas habitan voces y murmullos que se suman al dolor de los sobrevivientes, pero también a su digna rabia que los hace seguir caminando no sólo en esta fecha, sino todos los días. Caminar, resistir y luchar se configuran en la fuerza que los lleva a no olvidar, pues el olvido de un acontecimiento como el de una masacre está prohibido.

Camino detrás de un grupo de jóvenes, en años anteriores los he visto en las marchas y realizar obras de teatro que remiten a la noche de la masacre. También los he visto presentar una obra que refería a la lucha contra las mineras y el extractivismo. Son jóvenes, como muchos en esta localidad, que asumen la memoria para actuar, habilitan espacios de enunciación y resignifican el pasado con un sentido político: “con la emergencia de una colectividad y un sentido de comunidad nuevos a partir de un agravio o daño social fundamental que atañe con el bien. Dicho agravio o injusticia son percibidos como tal, no sólo por un grupo de población directamente afectado, sino por otros sectores que se colocan en ese mismo lugar de enunciación del daño o injusticia sociales”[i]. De ese modo creamos sentidos de pertenencia, habitamos el dolor y la injusticia de otros para sumarnos a su lucha. Ello también es el deber de memoria: aprender a habitarnos.

Durante el recorrido gritamos consignas de lucha, rememoramos a nuestros 43 compañeros de Ayotzinapa desaparecidos desde el 26 de septiembre de 2014. La marcha se configura como un espacio para recordar y nombrar no sólo a las víctimas de Acteal, sino a los asesinados y desaparecidos en México. Se rompen las fronteras cuando pronunciamos aquellas tragedias que nos alarman: Aguas Blancas, San Salvador Atenco, guardería ABC, San Fernando ¿cuántos casos más son los que viven en la impunidad y la injusticia? La peregrinación se vuelve un actor colectivo compuesto de varias voces que gritan, exigen, interpelan y denuncian al Estado y a sus instituciones, los responsables sea por acción u omisión de muchos hechos históricos que no debemos pasar por alto: los feminicidios, las desapariciones, el desplazamiento forzado, el extractivismo y el despojo de los territorios. Resulta imposible no sentirse quebrado e impotente, pero la fuerza de todos y de todas nos impulsan a seguir.

Al llegar a Acteal una manta nos daba la bienvenida. Caminamos y damos varias vueltas alrededor del memorial de las víctimas, construido de manera colectiva, con la voluntad de los sobrevivientes. Es uno de los lugares donde la gente recuerda aquel pasado que jamás debió suceder. Los músicos no dejan de tocar, suena el arpa, el violín, la trompeta, la flauta y el tambor. Sonidos que, como diría mi abuelo, invocan a las ánimas para decirles que los recordamos y que viven en nuestro presente. Después bajamos al auditorio, nos sentamos alrededor para continuar con la jornada. Se hacen las lecturas de los pronunciamientos en los que se enfatizan que no ha habido reparo de los daños ocasionados a las familias de los 45 asesinados y cuatro nonatos. Exigen soluciones, las siguen y seguirán pidiendo hasta que haya ¡JUSTICIA! Gritamos.

Al finalizar las presentaciones, todos caminamos hacia el cementerio donde se encuentran enterradas las víctimas. En el interior se encuentran algunas fotografías y mensajes escritos en las paredes; murales y mantas que expresan la tristeza que todavía vive en los corazones de los sobrevivientes. Las acciones colectivas para rememorar el acontecimiento del 22 de diciembre de 1997 se hacen año con año. Los niños y las niñas crecen sabiendo lo acontecido, se vuelve parte de su historia. Crecen escuchando, mirando, actuando e interpretando cada una de las distintas actividades que se realizan como las jornadas de cine debate, las presentaciones de obras de teatro, de performance, los recitales de poesía y las canciones. La memoria se materializa de distintas formas simbólicas y políticas, a partir de las posibilidades del lenguaje. Como diría un buen amigo de Acteal: “contra el olvido y la injusticia todas las formas de memoria”.

* Integrante del Observatorio de Las Democracias: Sur de México y Centroamérica (ODEMCA) del Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (CESMECA-UNICACH). E-mail: delmarmego@gmail.com

[i] Rovira, Guiomar; Zires, Margarita; Sánchez, Reyna y López, Adriana (2015). Los movimientos sociales desde la comunicación. Rupturas y genealogías. México: CONACULTA, INAH, ENAH.

 

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