«Mi casa se la llevó el mar»: El Bosque, un pueblo sumergido bajo las olas

Desde las ruinas de la escuela, Guadalupe Cobos y sus vecinos dan cuenta de la tragedia que viven al vivir en un pueblo que se va a llevar el mar. Foto Arturo Contreras

*Esta nota fue realizada por Pie de Página, parte de la alianza de medios de la Red de Periodistas de a Pie. Aquí puedes leer la original.


Desde hace cuatro años, los pobladores de la comunidad de El Bosque, en Tabasco, pidieron ser reubicados. Un día el mar empezó a ganar terreno a la playa, hasta que llegó a sus casas. El culpable: el Cambio Climático

EL BOSQUE, TABASCO.- Guadalupe Cobos no había escuchado sobre el Cambio Climático hasta el 2019, cuando la casa de su hermano y la de un vecino fueron arrasadas por las olas. Hoy, parada junto al malecón de su pueblo, mira cómo las olas lo cubren y lamenta su desdicha. Hasta hace cuatro años el pequeño puerto se alzaba unos cuatro o cinco metros sobre el mar.

«Aquí hasta hace unos años hacíamos fiestas cuando empezaba la temporada de jaiba. No teníamos la menor idea. Cuando decían Cambio Climático era una voz lejana que no llegaba a estas playas. No me acordaba que el mar estaba tan cerca de mi. El Cambio Climático no lo provocamos nosotros, pero sí somos quiénes lo vamos a pagar».

Frente a ella hay representantes de pueblos indígenas, académicos y observadores de derechos humanos nacionales e internacionales, que escuchan su testimonio estupefactos. Son integrantes de la caravana El Sur Resiste, que desde el 25 de abril recorre los territorios atravesados por proyectos de desarrollo económico como el Tren Maya, el Corredor Interoceánico y la refinería Olmeca.

«Esto es lo que queda, muchos de nuestros vecinos ya han sido desplazados y sólo algunos quedamos aquí, a la espera de una reubicación», dice mientras hace un recorrido por los escombros de casas y escuelas en las que chocan las olas sin clemencia.

Al fondo se miran cuartos deshechos, muros hundidos en el mar que aún se asoman sobre las olas, testigos de la catástrofe. Detrás todavía se ven algunas ramas de los árboles de pino que sembraron los primeros habitantes de El Bosque cuando establecieron este pueblo de pescadores y a los que debía su nombre.

«El Cambio Climático nos está arrancando nuestras raíces»

Desde 2019 el nivel del mar en El Bosque empezó a subir, llevándose casas y calles a su paso. Foto: Arturo Contreras

Junto a Guadalupe Cobos camina Cristina Isabel Pacheco, otra de las habitantes de El Bosque, quien ya no vive en la comunidad.

«Esta de atrás fue mi casa, producto del trabajo de la pesca de muchos años. Hoy ya no tengo hogar. Es muy duro para nosotros ser desplazados, pero aquí estamos en la lucha y vamos a seguir, porque no tenemos a dónde ir», cuenta.

Después explica el proceso con el que las olas derribaron su casa y la de los otros vecinos. Primero las olas llegan a los muros y van golpeando, van golpeando, mientras que por debajo van excavando hasta que rompen el piso y poco a poco, el resto de la edificación.

«Estas eran nuestra raíces. Estoy triste, porque siento que cada vez más nos jala la erosión marina. El Cambio Climático nos está arrancando nuestras raíces. La verdad, es algo muy triste ver lo que ya perdimos y sabemos que en un norte más violento podemos desaparecer de la noche a la mañana».

Guadalupe

Hasta el pasado 6 de febrero de 2023, cuando su caso fue mencionado en la conferencia de prensa matutina del presidente López Obrador, ninguna autoridad había atinado a atender el caso. Ahora, más de 60 familias esperan con paciencia, bajo el apremiante golpeteo de las olas, una noticia de reubicación.

La vida de este pueblo, trastocada por el consumo indiscriminado de petróleo y otros combustibles fósiles, transcurre en una lenta e insípida agonía.

«Aquí estaba la escuela», dice Guadalupe Cobos bajo el marco de cemento de una puerta que ya no está y que solo encuadra un mar embravecido.

«Esta empezó a desaparecer en 2022, cuando las olas se llevaron las bardas, una línea de pinos, la bodega y el comedor. Aquí comían y almorzaban los niños. Era un terreno de 100 por 100 del que, como ven, ya no queda ni un tercio. Los pocos niños que aún viven aquí están tomando clases en esa escuela improvisada —dice mientras señala un precario cuarto de lámina justo enfrente de ella—los que fueron desplazados ya los inscribieron en otra escuelas. Aquí la maestra viene y alterna las clases con los alumnos que quedan de secundaria, con apenas unas dos horas por día».

Una familia descansa afuera de un refugio temporal en el que viven desde que las olas sepultaron sus casas. Foto: Arturo Contreras

El primer «norte» embravecido

El Bosque se estableció en la década de los 80 del siglo pasado en la ribera oriente de la desembocadura del río Grijalva al golfo de México. Una zona que naturalmente es afectada por un fenómeno llamado erosión marina, que provoca cambios constantes en la línea costera por los sedimentos arrastrados por el río. Un playón ancho que crece o disminuye a capricho de la naturaleza.

En esta zona del golfo, como en muchas otras, a los frentes fríos se les conoce como nortes. Aquí, las masas de aire polar que bajan desde las zonas árticas del continente llegan a ser tan devastadoras como huracanes. Con el avance de la emergencia climática, ambos fenómenos, el de la erosión marina y los nortes aceleraron el proceso de cambio en la playa de El Bosque, que hoy, parece destinada a desaparecer.

El primero de estos «nortes» descomunales llegó en 2019, cuando las dos primeras casas de El Bosque quedaron bajo las olas. Esos días el agua no solo cubrió esas casas, sino gran parte del pueblo.

«Yo pensé que iba a ser un norte más que estaba llegando, pero cuando vimos, el agua se empezó a meter hasta la cooperativa», recuerda Cristina Pacheco sobre esos días.

La cooperativa es un edificio donde los pescadores juntaban el producto del trabajo diario y lo preparaban para su venta. Solía estar a más de cuatro cuadras de la playa, aunque hoy solo lo separa una calle del mar.

«Cuando vimos que el agua se metió hasta acá corrí a casa de mi hermana. ¡Vámonos a Frontera! Le dije. ¡Llévame en tu moto!». Mientras recorrían la carretera de camino a Frontera, el poblado más cercano, se acordó de la señora Guadalupe.

Desde las ruinas de la escuela, Guadalupe Cobos y sus vecinos dan cuenta de la tragedia que viven al vivir en un pueblo que se va a llevar el mar. Foto: Arturo Contreras

«En ese norte vinieron los de Protección Civil, porque estaba muy violento. Aún así, Guadalupe lo quiso pasar aquí con su niño más chiquito. Yo no me quedo, le dije, pero ella no se quiso mover. Vete me dijo, vete. Yo me voy a quedar la noche. A la mañana siguiente estaba arrepentida de haberse quedado. Al otro día que regresamos, en la carretera había árboles tirados. Yo me regresé por venir a verla, y cuando ya salió de su casa, todavía me dijo: ya ves, si no pasó nada. ¿No? Le dije. Ven a ver aquí afuera. Ya que salió se espantó. En otra ocasión los destrozos fueron tantos que un vecino se murió de la impresión al ver su casa destruida».

Desde entonces los nortes pegan con más o igual furia. La mayoría de las personas que vivían en El Bosque rentan o están refugiadas en casas de familiares. Quiénes aún no han podido salir levantaron unas pequeñas casuchas de lámina, temporales, en las que sobreviven sin servicios como agua, luz o drenaje.

A manera de memoria y como símbolo de esperanza, los habitantes de este pueblo pesquero junto con la organización Conexiones Climáticas, que les ha dado un importante acompañamiento, pintaron un mural en las paredes de la cooperativa. En la imagen se ve una mano que emerge de las olas sosteniendo un brote de mangle simbolizando resiliencia y adaptación.

«Yo sé que algo va a pasar pronto, y espero que sea para bien», dice Cristina mientras mira el mural y termina el recorrido por el pueblo que sucumbió ante las olas.

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