Cuando la violencia te alcanza

Foto de portada: Rahul Pandit | Pixabay

*Esta nota fue realizada por Lado B, parte de la alianza de medios de la Red de Periodistas de a Pie. Aquí puedes leer la original.


Para las víctimas de cualquier tipo de violencia es vital no perder sus redes de apoyo, aunque para estas sea muy difícil comprender por qué no lo deja. Salir de relaciones violentas puede tomar años, y atravesar varias separaciones y reconciliaciones. El victimario aprovecha la existencia de un complejo sistema que va disminuyendo a su víctima hasta someterla por completo. Pero, en tanto la red de apoyo exista, ella siempre sabrá que tiene una posibilidad.

Desde hace muchos años cubro historias de violencia contra las mujeres. Nunca es fácil pero cada vez es más difícil, porque es desgastante. Se ha naturalizado tanto, que se minimiza. Se convierte en una historia más, en un número más que agregar a la estadística. Ni siquiera todos los feminicidios le causan impacto a la gente. En un país donde una desgracia le precede a otra, queda poco espacio para la indignación.

Son tantas las historias de violencia contra las mujeres, que nos faltarían medios de comunicación para contarlas todas. Pero están ahí, muy cerca de quien ahora me lee y también de quien esto escribe, aunque no siempre las vemos, o las queremos ver, hasta que te estallan en la cara y en la de tu familia.

Alejandra tiene 30 años y es karateca, fue seleccionada nacional y ha ganado varias medallas por su participación en torneos dentro y fuera del país. Estudió Animación y Arte Digital y acaba de terminar su maestría en Marketing Digital y Comercio. Jana, como le decimos de cariño, es mi sobrina; y es sobreviviente de violencia por parte de su ex pareja y ex maestro de Karate, su sensei, de 56 años.

Desde el inicio de su relación, él la obligó a ocultarla; es decir, vivían en la misma casa, dormían en la misma cama, él iba a las fiestas familiares, ella iba a sus reuniones con amistades, pero él negaba que eso fuera una relación y siempre la presentaba como su alumna.

¿Para la familia era extraña y sospechosa esa situación? Sí. Pero quizás justamente porque nos hemos limitado a contar historias de violencia, pero no de cómo funciona, cómo opera el círculo de violencia, no sabemos qué hacer o cómo actuar en determinadas circunstancias. Quizás de pronto convendría normalizar ser la tía incómoda, en lugar de ser la políticamente correcta que no se mete donde no la llaman.

Con frecuencia, ante cualquier actitud que no le parecía, él le decía cosas como: “¿así quieres que me fije en ti?”. Y sí, ella por supuesto quería. Jana, como todas, creció consumiendo y creyendo en historias de amor romántico, que es “una forma de dominación hacia las mujeres, al perpetuar un modelo que jerarquiza al hombre por encima de la mujer”, y naturaliza e invisibiliza muchos tipos de violencia, dice la socióloga feminista Jessica Techalotzi en este texto de Ámbar Barrera.

Es decir, el amor romántico nos hace creer a las mujeres que debemos luchar y esforzarnos para “merecer” a quien amamos. Negando su relación y haciéndole creer que ella no lo merecía, él ejercía abuso emocional, o gaslighting como también se le conoce, una forma de violencia psicológica, aprovechándose siempre de la fuerte influencia que tenía sobre ella por ser su sensei, ¡26 años mayor!

De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH), la violencia psicológica es la más común, pues la viven 51.6% de las mujeres, es decir 5 de cada 10, seguida de la violencia sexual (49.7%), la violencia física (34.7%) y la violencia económica (27.4%), que fue otro de los tipos de violencia que padeció Jana.

Él la hacía pagar por viajes para asistir a competencias, vacaciones y comidas en restaurantes; la obligaba a “cooperar” con la mitad de los gastos de mantenimiento de su auto, su moto y las cuentas del veterinario de sus perros, aduciendo que le correspondía porque ella era su “Uchi-deshi”, que según Wikipedia significa “alumno interno (que vive donde estudia)”, y en artes marciales se usa para referirse a su discípulo, o discípula en este caso.

Jana cedía a todo, porque así funciona el amor romántico, y eso era muy conveniente para los intereses de él, pues además tiene una escuela de Karate, donde ella dio clases a niños y niñas durante más de cinco años sin que le pagara un peso.

La psicóloga Alma Xiomara Sarabia explica en este texto que, cuando hay violencia en una relación, suele presentarse desde el principio pero de manera tan sutil, que no es fácil de percibir o se minimiza porque es la fase de más enamoramiento. Esto facilita que después haya un aislamiento que vulnera aún más a la víctima.

En este caso, él siempre fue pasivo-agresivo, controlador e hizo lo que pudo para mantenerla aislada. Le cuestionaba sus salidas, la criticaba si le contestaba el teléfono a su mamá cuando estaban juntos, y la manipulaba para no visitar a su familia en Michoacán. Jana ni siquiera pudo ir al velorio de su abuelo paterno cuando falleció.

Afortunadamente, a pesar de la distancia, su mamá nunca la soltó. Para las víctimas de cualquier tipo de violencia es vital no perder sus redes de apoyo, aunque para estas sea muy difícil comprender por qué no lo deja. Salir de relaciones violentas puede tomar años, y atravesar varias separaciones y reconciliaciones. Lo cual no significa que la víctima sea una tonta, sino que el victimario aprovecha la existencia de un complejo sistema que la va disminuyendo hasta someterla por completo. Pero, en tanto la red de apoyo exista, la víctima siempre sabrá que tiene una posibilidad.

Como sucede en la mayoría de los casos, la violencia hacia Jana aumentó hasta llegar a la agresión física. Ella trató de irse varias veces, pero él la convencía para que no lo hiciera, y aun cuando al fin logró dejarlo, continuó dando clases sin cobrarle, le ofreció su amistad, porque ella sinceramente creía que existía esa posibilidad, y por supuesto él siguió aprovechándose, hasta que ella inició una nueva relación y él quiso vengarse, afectando su carrera deportiva.

En México sólo hay tres grupos de la Japan Karate Association World Federation (JKA), que es la organización más antigua de karate reconocida por el Ministerio de Educación japonés. Cuando Jana buscó el apoyo del director de su grupo, encontró lo contrario: el pacto patriarcal en acción.

Su ex sensei y su director la hicieron firmar una carta, en presencia de un abogado y con la presión de que tienen certificados de karate tanto de ella como de su novio que no les han entregado, donde se comprometía a no proceder legalmente, ni “difamar” en redes sociales a su agresor, so pena de expulsarla de la organización, cosa que –lo supo después– ni siquiera pueden hacer.

Afortunadamente, sí encontró apoyo en los otros dos grupos de la JKA, y en Japón también ya tienen conocimiento del caso, porque ella pudo documentar la violencia que vivió y demostrar así que su seguridad e integridad estaban en juego, pero es urgente que las organizaciones deportivas tengan protocolos de actuación para estos casos, así como códigos de ética y de conducta que protejan a las niñas, niños y jóvenes de entrenadores y maestros violentadores y acosadores, como el sensei de Jana.

Valiente como es, Jana ya inició la denuncia correspondiente por violencia física, violencia emocional, violencia económica y violencia patrimonial. La Fiscalía de la CDMX le otorgó una orden de restricción que le impide a su ex pareja acercarse a ella y a su domicilio. Y aunque todavía tiene que lidiar con la difamación que ha emprendido este sujeto, sus aliados y sus cómplices contra ella, poco a poco se ha recuperado. Hoy se siente segura y fuerte.

Para mí, esto es un recordatorio sobre la importancia de seguir contando estas historias, quizás desde otras miradas que nos permitan comprender, prevenir y ayudar.

Para él, es un mensaje: Nunca más contarás con la comodidad de su silencio. No está sola.

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