Se retira obispo de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas Chiapas

Felipe Arizmendi, el obispo número 45 de la Diócesis de San Cristóbal, hoy se retira. Foto: Raúl Vera

Felipe Arizmendi, el obispo número 45 de la Diócesis de San Cristóbal, hoy se retira. Foto: Raúl Vera

 

El obispo número 45 desde 1539 en la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas, Felipe Arizmendi Esquivel, celebró hoy con una homilía sus 75 años de edad, y dio a conocer que con ello pasa a retiro fuera servicio, como lo establece el Derecho Canónico, por lo que envió su renuncia al Vaticano, desde le indicaron permanecer un tiempo más en el cargo.

Acompañado de cientos de indígenas que llegaron este viernes desde las diferentes parroquias en los 45 municipios que abarca su Diócesis, Arizmendi Esquivel encabezó la ceremonia religiosa en la Catedral a la que llegó hace 15 años precisamente, el 1 de mayo del 2000, para suceder en el cargo al obispo Samuel Ruiz García, conocido como El Caminante o jTatik, entre sus feligreses.

Dijo que tras recibir su carta-renuncia, el Nuncio Apostólico, le comunicó que de Roma le habían indicado continuar un tiempo más en este ministerio pastoral al frente de la diócesis, sin determinar cuánto tiempo sería esta prolongación, “cosa que dejamos a la Divina Providencia”.

 

 

Mensaje del Obispo Felipe Arizmendi en la misa celebrada este viernes, antes cientos de feligreses

HOMILIA EN MIS 75 AÑOS

1 de mayo de 2015

“Yo soy el camino, la verdad y la vida”, dice Jesús en el Evangelio de hoy. El Resucitado es el Hijo eterno del Padre, como dice San Pablo en la primera lectura. Jesucristo es el rey de las naciones, como cantamos en el Salmo responsorial.

Este mismo quisiera que fuera mi mensaje central en este día, en que el Señor me concede la gracia de cumplir 75 años de vida: Jesucristo es el camino, la verdad y la vida. Este quisiera que fuera el único mensaje que resumiera mi vida, como escribí en mi testamento: Vale la pena hacerle caso al Señor. Este quisiera que fuera mi legado al estar próximo a concluir mi servicio en esta diócesis: Cristo, único camino. Este es el lema de mi escudo episcopal.

La obsesión de mi vida es conocer a Jesús y esforzarme por seguir su camino. Mi convicción más profunda es que no hay mejor opción de vida que seguir a Jesús, en cualquier estilo de vocación. Por ello, mi insistencia es predicar a Jesús, no a mí mismo. Mi anhelo es que todos lo conozcan y lo sigan a El, no a mí. Nosotros pasamos; Jesús permanece para siempre. Nuestra vida tiene un límite; Jesús es eterno. Mi servicio episcopal concluye; Jesús, el buen Pastor, no deja a su Iglesia; El la sigue pastoreando.

Hace más de quince días, por medio del Nuncio Apostólico en México, envié al Papa mi renuncia al ministerio episcopal al frente de esta diócesis. Le escribí en estos términos:

Apreciado Santo Padre:

Le saludo con todo respeto y cariño, y ofrezco mi oración diaria para que el Espíritu Santo le asista en su importante ministerio en la Iglesia.

El motivo de esta carta es presentarle mi renuncia como Obispo de San Cristóbal de Las Casas, conforme al Canon 401,1 del Código de Derecho Canónico, por llegar en este día a los 75 años de vida.

Agradezco a Dios Padre que, por su Espíritu, me llamó en Cristo a la vida, a ser su hijo, a ser sacerdote y obispo. Es una gracia que nunca terminaré de agradecer. Pido perdón por mis limitaciones y deficiencias. Suplico al Espíritu me asista para la siguiente etapa de mi vida.

Es mi determinación, una vez que se acepte mi renuncia, regresar a mi diócesis de origen, Toluca, y dedicarme, mientras Dios me conceda vida y salud, a atender a tantas personas que desean ser escuchadas, tanto en confesión como en dirección espiritual, para seguir sirviendo como discípulo misionero de Jesús.

Me encomiendo a la oración de Su Santidad y le aseguro mi recuerdo permanente por sus intenciones ante el Señor.

Al entregar esta mi carta al Sr. Nuncio Apostólico, me comunicó que de Roma le habían indicado que me piden continuar un tiempo más en este ministerio pastoral en la diócesis, sin determinar cuánto tiempo sería esta prolongación, cosa que dejamos a la Divina Providencia. No tengo obstáculo en acceder a esta petición que se me hace. Por tanto, mientras Dios, por medio del Papa, no me comunique el término de mi servicio en esta diócesis, seguiremos trabajando juntos en la consolidación del proyecto de Iglesia que, desde nuestro respetado y querido jTatik Samuel Ruiz García, se expresó en el III Sínodo Diocesano: ser una Iglesia autóctona, liberadora, evangelizadora, servidora, en comunión y bajo la guía del Espíritu Santo.

Desde el 15 de mayo del año pasado, el Papa aceptó mi propuesta de designar a Mons. Enrique Díaz Díaz como nuestro Obispo Coadjutor. Yo le agradezco mucho su compañía siempre fiel y generosa. Valoro mucho su conocimiento de los valores y los sufrimientos de nuestros pueblos, y su amor por ellos. El también es un obispo apasionado por Jesucristo y muy centrado en El. Y es a partir de Jesús, como su corazón es misericordioso con los dolores de los pobres. El también está convencido del proceso diocesano marcado en nuestro Sínodo, siempre abierto a las realidades pastorales que los nuevos tiempos nos exigen. Le agradezco, pues, su fraternidad y su apoyo. Sin embargo, todos estamos conscientes de que Dios tiene sus caminos, y El nos manifestará cuándo y cómo será la sucesión episcopal en nuestra diócesis.

Me he esforzado por ser fiel a lo que me propuse y manifesté en este mismo lugar hace 15 años: No vengo a competir, ni a destruir, sino a complementar. Nunca fue mi intención competir con nuestro querido antecesor, Mons. Samuel Ruiz García, pues todos conocemos sus méritos y su invaluable servicio a esta Iglesia. No vine con consignas de destruir su obra y de cambiar las opciones fundamentales de esta diócesis. Mi convicción ha sido, ante todo, conocer la vida, la historia, las realidades, los pueblos, las culturas, el proceso diocesano, para después complementar, junto con ustedes, lo que los nuevos retos pastorales nos fueran presentando, como la pastoral migratoria, juvenil, vocacional y familiar; la pastoral de la madre tierra; la reconciliación comunitaria; la necesidad de un Seminario más inculturado; la promoción de vocaciones sacerdotales y religiosas, sobre todo autóctonas; consolidar el diaconado permanente en los pueblos originarios; la pastoral urbana; la inculturación de la liturgia; las traducciones bíblicas y litúrgicas. La opción prioritaria por los pobres es una línea que ni aquí, ni en ninguna otra parte, se puede hacer a un lado, como nos insiste tanto el Papa Francisco.

Pido perdón a Dios y a ustedes por mis fallas, limitaciones, errores y deficiencias. Estoy consciente de no satisfacer cuanto se me pide. Me encomiendo a sus oraciones y ruego su comprensión.

Permítanme hacerles dos insistencias:

Ante todo, que nos centremos más y más en Jesús, en su Palabra y en su Eucaristía. Y a partir de Jesús, que no dejemos de hacer todos los análisis necesarios sobre la realidad que vivimos, con sus luces y sus sombras, para proponer siempre el camino de Jesús como la mejor alternativa para el cambio de sistema, de sociedad y de Iglesia. Es a partir de Jesús, como hemos de procurar siempre que el amor a los pobres y necesitados sea la nota característica de nuestra diócesis.

Y en segundo lugar, que nos sigamos esforzando por construir la unidad eclesial dentro de la legítima pluralidad. No puede haber una eclesiología y una pastoral uniforme y uniformizante, sino pluriforme y respetuosa de los varios matices y estilos del seguimiento de Jesús, que el Espíritu suscita siempre en su Iglesia. Somos personas, creyentes, apóstoles, ministros, con carismas distintos. Pidamos al Espíritu Santo que nos guíe y que en verdad seamos una Iglesia en comunión, sobre todo entre nosotros mismos.

Jesús es “el camino, la verdad y la vida”; sigámoslo siempre a El. Las personas pasamos, repito, pero Jesús permanece. Jesús es el Resucitado, que está hoy aquí con nosotros, vivo y verdadero; nos congrega en torno a Sí y nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre. Que cuantos compartimos esta Eucaristía, seamos una sola Iglesia, siempre en salida misionera hacia nuestras periferias geográficas y existenciales. Que no perdamos su paz, como nos dice en el Evangelio, en ninguna circunstancia. Y que seamos testigos de su amor y de su misericordia, para que todos, por nuestra mediación, gocen de su amor, de su paz, de su Vida. Así sea.

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Nació el 1º de mayo de 1940 en Chiltepec, Estado de México (entonces Arquidiócesis de México, hoy Diócesis de Toluca). Hizo sus estudios humanísticos y filosóficos en el Seminario de Toluca, del que fue fundador. Se especializó en Teología Dogmática, en la Universidad Pontificia de Salamanca, España. Fue ordenado presbítero el 25 de agosto de 1963 en Toluca, por Mons. Arturo Vélez Martínez.Fue Vicario Parroquial en tres Parroquias (urbana, campesina y minera) y Párroco de una Parroquia otomí. Profesor del Seminario por 20 años y Rector por 10. Su Santidad Juan Pablo II lo nombró Obispo de Tapachula el 7 de febrero de 1991, donde fue ordenado el 7 de marzo de 1991.

Nombrado Obispo de San Cristóbal de Las Casas el 31 de marzo del 2000 por Juan Pablo II, inicia aquí su ministerio el 1° de Mayo de 2000.

Juan de Arteaga y Avendaño (1539-1541)

Bartolomé de las Casas (1543-1550)

Samuel Ruiz García (1959-2000)

Raúl Vera López (1995-1999) obispo coadjutor

Felipe Arizmendi Esquivel (2000- )

Enrique Díaz Díaz (2003- ) obispo auxiliar

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