Don Rafita, 18 años dando mantenimiento a la Facultad

Foto: Adelita León

A Don Rafita post morten

El siguiente texto se realizó en el taller de Periodismo Narrativo que se imparte en Licenciatura de Comunicación de la Facultad de Humanidades de la UNACH.

Por Adelita León

Está dentro del agujero que él mismo cava en la parte trasera de los sanitarios de la Universidad. Se quita la bota izquierda, la sacude para sacar la tierra que ha entrado en ella, como cuando las mamás o las abuelitas sacuden al niño al que se le ha caído la mollera, de cabeza. Se la pone de nuevo, la amarra y se cerciora que la bota derecha no le quede floja.

“Me llamo Rafael José López, soy albañil”. Rafael, Don Rafita, como muchos lo conocen en la Facultad de Humanidades de la UNACH, dice haber tenido una vida muy triste y amarga. De sus sesenta y siete años, ha dedicado dieciocho al mantenimiento de la Facultad.

Don Rafita nació en el otro extremo del país. A los ocho años  llegó a Chiapas. “Me regalaron con un señor de aquí, de Terán, mis papás me trajeron de Culiacán, soy de Sinaloa. Me vinieron a aventar como chucho”, dice aparentemente indiferente, ante la realidad dolorosa de su niñez. Da un respiro profundo y su rostro muestra gestos de dolor mientras lleva sus dos manos hacia la espalda baja. Sus ojos tienen un brillo cristalino, nubecitas le cubren el iris del ojo derecho, otras, disipadas en el izquierdo.  El sudor corre naciendo de las faldas de su sombrero de alas anchas hacia su frente.

“Ese hombre –quien lo recibió- era un matón, era muy malo. Él me enseñó el oficio de la albañilería, se llamaba Manuel José Gómez, y la que quise como a mi madre fue doña Consuelo López Toalá. De mis verdaderos padres ya no tengo memoria, ya eso quedó en mi pasado y ya nada de ellos es mío”, señala.

Se le ve cansado. Tiene puesta una camiseta que alguna vez fue blanca, sus manos están llenas de tierra y su respiración se torna agitada cada que descansan su pico y su pala. El ambiente es fétido, huele a aguas negras. Montículos de tierra excavada y las sombras de las palmeras ornamentan su ambiente de trabajo.

Tiene sangre en la nariz. “Me resbalé, apenas puse mis  manos en la pared, pero me estampé de cara y mirá cómo quedé, ahí me ando curando a cada rato”. Sobre uno de los registros de luz que están a un costado de la fosa se observan algodón y alcohol, tiene algunas llaves, una franela que usa para secarse el sudor, una camisa roja y un pantalón limpios para ponerse al terminar el trabajo, en el otro, un bicolor, cincel y metros de manguera transparente con los que él dice “son la herramienta de todo buen albañil”.

“Ese hombre me daba cincuenta fajazos, yo los llegué a contar y eran cincuenta. Yo no entiendo, a sus hijos no les pegaba tanto como a mí, saber cuál era su saña, supongo que porque no era su hijo, no le remordía la consciencia dejarme todo morado,  la carne a veces se me inflaba de sangre, se sentía como calambres y costaba moverse, ¡me pegaba como loco! Yo hacía trabajos pesados, me ponía a cargar cosas que pesaban mucho, bolsas de cemento, hacer la revoltura,  imagináte, un niño de ocho, diez años, ¿cuánto puede cargar? Y me pegaba si se me caían las cosas, cuando me quejaba de que no podía cargar la bolsa me daba una patada o me empujaba y me decía que era yo un inútil que me hiciera a un lado, que no me ganaba mi comida. Nunca me dio estudios, fui puro trabajo, toda mi vida ha sido puro trabajo, chaporrear terrenos y la albañilería ha sido lo que me he dedicado. Doña Consuelo, ella me pasaba comida, veía cómo me mal trataba y me iba a dejar aunque sea tortillas y frijolitos, pos’ no había pa’ más. ¡Dos días sin comer! Cuando él lo veía, me pegaba y me quitaba el plato”, dice Rafael sin dolor alguno. Ya los embates de los años parecieran haber congelado esos sentimientos, no se le ven  ojos llorosos ni se le oye voz quebrantada, nada.

Lleva sus manos arrugadas a sus canas, se acomoda el bigote con sus dedos índice y pulgar.  Continúa  cavando.  “Los muchachos avientan papel a las tasas del baño y se tapan, cuando se tapan, rebalsan, por eso me mandaron a cambiar la tubería, ¿huele bonito, verdad? ¡Ja! aquí me toca estar, entre el popó.  Me va usted a perdonar, pero los jóvenes de ahora son unos cochis, no saludan, no respetan a sus padres, parece que de vicio vienen a la escuela”. Se refiere a los alumnos de Humanidades, a la juventud en general.

Su delgado cuerpo solo se observa de la cintura para arriba. Sus botas siguen enterradas entre el lodo y agua de caño. “No sabía si existía Dios o no, solo le pedía, matáme ya, ya no quiero sufrir”.

Rafael cuenta que cuando mataron a don Manuel, quiso agarrar el rifle y la caja de cartuchos para cobrar venganza. “El que a hierro mata a hierro muere, sabía que algún día lo iban a matar. Allá arriba de Terán, por el monte lo fueron a tirar, quise agarrar un rifle, porque ese hombre tenía muchas armas, pero luego me puse a pensar… si ni te quiso. Me maltrató, ¿para qué me iba a manchar mis manos?”.

De su vida posterior a los maltratos por su tutor, se destacan momentos que han marcado un cambio radical en su vida. “Sigo viviendo en Terán, hice mi vida cuando él murió, me casé a los quince años, tuve seis hijos, tres mujercitas y tres varones”.

Se le dibuja una pequeña sonrisa y cuenta que cuando tenía veinte años entró al equipo de futbol que formaron en su trabajo, en Obras Públicas. Le gustaba jugar en la posición de defensa, pero que no continúo con el equipo, al ver que sus compañeros ingerían bebidas alcohólicas y vomitaban dentro del campo al llegar con resaca. Abandonó ese trabajo no porque lo corrieran, sino por la falta de presupuesto para pagarles “Me tenían ahí de la quincena que viene, la quincena que viene, me harté de eso ya mejor me salí, dos años tarde ahí”.

Cambia de rostro cuando habla de su estado de salud. “Cuando he estado enfermo, como hace dos semanas que me dio mal del estómago, los únicos que me fueron a ver fueron mi hijo Eliseo y Adela. Mi Adelita me llega a lavar mi ropa y me da mi dinerito. A la cuadra de la casa donde vivo, vive ella. Tengo nietos, pero como sino los tuviera. Pero… yo me siento bien, bien porque conocí a Dios, voy a la iglesia nazarena”.

Se da un descanso, toma un trago de su botellón de agua, se suena la nariz, escupe, toma su cintura con la mano izquierda, con la otra, toma su pala como apoyo y cruza los pies. Su tono cambia, suena nostálgico. “Cuando mi mujer falleció me quedé solo con mis hijos de cinco, ocho y once años, nunca metí mujer a mi casa, nunca porque no quería que vinieran y les pusieran la mano a mis hijos, no quise que ellos pasarán lo que yo pasé”.

“El día que conocí a Dios fue una experiencia muy bonita -eleva su mirada hacia el cielo- todavía me acuerdo, fue un cuatro de mayo de 1981, como dijera don Cornelio Reyna, ´ahí se acabó el cariño´, ahí se acabó tooo-do. Mi mujer era evangélica y  yo no iba, yo echaba trago. Vas a ver que mi encuentro con el Señor fue en una cantina, ese día empecé a hablar de la palabra de Dios y yo sin conocer nada de la biblia. Cuando salí de mi trabajo, que en ese entonces era el de la Chacona en Obras Públicas, me encontré con un amigo y me dijo ´invítame unas´. Me anduvo insiste y insiste que le dije ´bueno poes´. Ya estando en la cantina me puse a pensar en mi mujer, me dije: cómo es posible que yo esté aquí gastando el dinero y mi mujer adorando en una iglesia y pos’ ya decidí en ese momento dejar todo eso y le dije al hombre ese, ´oye, ¿tú sabés que así como existe el bien también existe el mal? Pues ese que hace el mal hace que a cada uno le den ganas de venir aquí´. Y así –asiendo como si toma a alguien del hombro- poquito a poquito va acarreando gente hasta que se llena la cantina. Y que me responde ´tas’ loco tú´. Y así se burlaba de mi cuando le seguía hablando de la biblia. Ese día llegué a mi casa cómo a las doce de la noche. Mi mujer ya pensando que estaba borracho. Agarré y le dije: ¿sabés qué? Quiero ir contigo a la iglesia. ¿Y sabés qué me contestó? ´¡Vos que vas a estar dejando tu vicio, si parecés perro detrás de tu botella!´. Así me dice. No me enojé ni nada, le dije que sí quería cambiar y ya de prueba me puso ir el día domingo, el día de servicio  y fui, desde ese día  –lleva sus manos a la cabeza  y las baja lentamente señalandose-  ya no soy el mismo”.

Rafael, orgulloso, recuerda que una vez estaba platicando con un ingeniero que le preguntaba ¨¿Oye, Rafa, tú eres protestante? Y le dije ´sí ingeniero, soy protestante. A ver ingeniero, usted que es un ingeniero y yo solo un albañil, usted con estudios y yo pues de albañil no los necesito. ¿Sabe usted qué es un protestante? Y me dice ´no Rafita, no sé qué es´. Le dije ´si no sabe qué es entonces ¿por qué me anda preguntando que soy y que no soy? Mire, un protestante es aquel que protesta contra las cosas del mundo, si usted echa trago yo no, si usted fuma yo no, eso es un protestante, que protesta´. Calladito me lo dejé”.

Debemos de dar amor al prójimo, llamar la atención a los hijos porque se les ama, pero antes, explicarles porque les está llamando uno la atención. Aquí seguiré en esta escuela, hasta que ya no sirva o hasta que Dios me preste vida”.

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