Universidad Intercultural entrega doctorado honoris causa a Andrés Fábregas Puig

 

El doctor Andrés Fábregas Puig recibió de la Universidad Intercultural de Chiapas el doctorado honoris causa de manos del rector Jorge Luis Zuart Macías, en un acto realizado en esas instalaciones, ante la presencia del claustro de profesores y alumnos.

Jacinto Arias, doctor en antropología y padrino del reconocimiento, destacó la amplia trayectoria del homenajeado, tanto como funcionario, intelectual e investigador, y parte de la memoria viva de Chiapas.

Al recibir el honoris causa, Fábregas Puig resaltó la importancia de esta universidad que busca hacer justicia a su lema: “por un Chiapas Igualitario y plural”.

A continuación reproducimos el discurso del doctor Andrés Fábregas, colaborador también de este portal informativo:

 

Por un Chiapas plural e igualitario

Agradecimientos:

Agradezco a la Universidad Intercultural de Chiapas, a su Rector, Dr. Jorge Luis Zuarth Macías, a su comunidad académica de docentes-investigadores y estudiantes, a su personal administrativo, el alto honor que hoy se me confiere con la investidura del Doctorado Honoris Causa.

Agradezco la presencia del Dr. Luciano Concheiro, Sub Secretario de Educación Pública de quien aprecio y valoro su amistad.

Estoy agradecido por la presencia de mi colega, la Dra. Carmen Fernández Casanueva, Directora Regional del CIESAS-Sureste y al Dr. Fernando Salmerón Castro, por haberle conferido su representación en calidad de Director General del CIESAS.

Agradezco a quienes asisten o siguen esta ceremonia, por su generosidad al acompañarme.

Estoy muy agradecido con mi amigo, colega y paisano, el Dr. Jacinto Arias Pérez, por apadrinarme en esta ocasión tan significativa. No tengo palabras para expresar mi sentir ante su generosa actitud. Con él, abrazo a las culturas originarias de Chiapas.

Agradezco al Profesor Eduardo Gómez Gómez la traducción de este texto al tzotzil.

 

 

 

El camino de la Universidad Intercultural de Chiapas se inició a instancias del Gobernador Pablo Salazar Mendiguchía. No recuerdo exactamente la fecha, pero era una mañana del mes de febrero del año 2004, el día que el Gobernador Pablo Salazar me citó para desayunar con él y con el entonces Sub Secretario de Educación Pública, el Dr. Julio Rubio Oca, quien había fungido como Rector de la Universidad Autónoma Metropolitana, de la que participé en sus inicios al formar parte del grupo académico que fundamos el Departamento de Antropología Social en la UAM-Iztapalapa. Encontrarme en Chiapas con Julio Rubio fue muy grato y más, en compañía del Gobernador Pablo Salazar. La conversación giró en torno a la posibilidad de establecer en Chiapas una Universidad Intercultural, tal como había sucedido en el Estado de México. Rubio Oca explicaba que a raíz de las gestiones del Gobernador chiapaneco, la Secretaría de Educación Pública tenía interés en que el proyecto se llevara a cabo. Terció el Gobernador en la conversación para decirme que me había propuesto como el académico que debía encabezar el Proyecto. El propósito del Gobernador Salazar Mendiguchía fue visto con beneplácito por la Secretaria de Educación Pública, puesto que se trataba de fundar un recinto universitario que promoviera la educación superior entre los jóvenes pertenecientes a alguno de los pueblos y culturas originarias de Chiapas. El entusiasmo del Gobernador y las palabras de compromiso del Dr. Rubio Oca, me contagiaron y acepté el encargo. Ambos personajes me explicaron que el proyecto tenía algunos avances y pusieron en mis manos una suerte de diagnóstico elaborado por un despacho especializado radicado en la Ciudad de México, que había sido contratado para tal fin por la Secretaría de Educación del Gobierno de Chiapas, en aquellos años encabezada por el profesor y escritor Alfredo Palacios. Además de comprometerme a estudiar el diagnóstico, solicité que se me permitiera recopilar personalmente las opiniones de las propias comunidades indígenas y de sectores académicos del Estado. En particular, me interesaba saber de viva voz de las comunidades, si estaban interesadas en el proyecto y qué tipo de carreras profesionales deseaban para sus jóvenes. Acordado lo anterior, me di a la tarea que me había propuesto acompañado de un grupo de intelectuales indígenas, de funcionarios de la Secretaría de Educación de Chiapas y de activistas interesados en el proyecto. Fueron los inicios de esta “gran casona del conocimiento” como llamó a la naciente Universidad, en feliz expresión, uno de los estudiantes de la Generación Pionera.

Quería hacer este preámbulo para dejar constancia de mi agradecimiento al Gobernador Pablo Salazar Mendiguchía por la promoción de esta Universidad y por su confianza en mi persona al nombrarme Rector para iniciar la marcha de la institución.

No entraré a discutir en esta ocasión el concepto de interculturalidad. Seguramente habrá ocasión de hacerlo con los propios académicos de la Universidad, ahora que han pasado 16 años desde aquel 1 de diciembre de 2004, fecha del inicio formal de la institución. Más bien, me referiré, con la venia de ustedes, al lema de la Universidad: “Por un Chiapas igualitario y plural”.

Previo al establecimiento del régimen colonial en cuyo contexto se fundó la Nueva España y territorios administrativos diversos, lo que es hoy Chiapas, era el hogar compartido de una variedad de sociedades y culturas. La arqueología y la Historia, la Antropología con sus ramas especializadas, nos han ido descubriendo ese mundo que impresiona por su variedad y riqueza cultural. Ciudades hubo dedicadas a la ciencia como la que hoy conocemos con el nombre de Palenque. En otras, el arte floreció de manera tal, que nos habla de la importancia de las búsquedas estéticas de pobladores de ciudades como la actual Bonampak. En las montañas, florecieron los grandes cultivadores de grana, los Zoques, pueblo amante de la elegancia, expresada en su lenguaje. Las costas de Chiapas están repletas de restos de las huellas de antiguos habitantes, lo que nos ha permitido saber cómo se usaba el mar para enriquecer la alimentación. Incluso, el camarón seco, tan apreciado por los chiapanecos, proviene de la cocina de aquellos primeros pobladores costeños.  En fin, vivimos hoy en lo que fue un territorio compartido por varios proyectos civilizatorios que se vieron truncados con la imposición colonial.

La Colonia surgió de empresas de conquista, como nos lo enseñó el gran historiador, republicano español, José Miranda, en ese inolvidable y eterno texto titulado El papel del encomendero en los inicios del régimen colonial. Por cierto, José Miranda era hermano de Faustino Miranda, también republicano español, fundador del Jardín Botánico de la UNAM y del de Tuxtla Gutiérrez.

El régimen colonial originó una sociedad de castas, en cuyo contexto la movilidad social era imposible, como lo demostró Gonzalo Aguirre Beltrán. Fueron 300 años de dominio colonial, en cuyo lapso las epidemias introducidas desde Europa, diezmaron a la población indígena. Se perdieron más vidas por las enfermedades que por la guerra a sangre y fuego. De aquellos días nos viene ese adagio tan usado cuando la mala suerte nos topa: “te cayó el chahuiztle”. En la escala más baja de aquella sociedad de castas, que reconocía estratos con nombres estrambóticos, como “allí te estás”, o “salta para atrás” y “no te entiendo”, acompañados de otras calificaciones como “zambo”, “mulato”, “lobo”, referentes a grupos humanos provenientes de distintos mestizajes, estaban los pueblos originarios.   Alcanzó la cifra de 50 clasificaciones esta escala de castas coloniales en la Nueva España, analizada por estudiosos como Magnus Morner o Pilar Gonzalbo. En el piso de esta escala estuvieron los pueblos originarios, los indios, así nombrados en el contexto de la imposición colonial, como bien lo desentrañó mi maestro inolvidable, Guillermo Bonfil, en aquel texto titulado “El Indio como categoría de la situación colonial”.

También en aquellos días se inició el proceso que buscó aniquilar a las culturas originarias y asimilarlas al mundo europeo. Los antropólogos le llaman “proceso de aculturación”, por medio del cual, se preveía, las sociedades y culturas indias se asimilarían, primero al cristianismo y con ello, entrarían al mundo civilizado. Gonzalo Aguirre Beltrán invirtió no sólo tiempo sino ríos de tinta y esfuerzos en su vida, por demostrar que la aculturación era  el único camino que quedaba para constituir a la nación mexicana. La verdad es que era un prejuicio arraigado de los liberales decimonónicos como el propio Aguirre Beltrán lo demuestra en varios de sus textos contenidos en su libro Obra Polémica, coordinado por Ángel Palerm, prejuicio que heredó el indigenismo mexicano del siglo XX. Pero ya desde el siglo XVIII, el pensamiento liberal planteaba que la única forma de consolidar un espacio nacional era asimilando a las culturas indígenas, obligándolas a dejar su ser histórico atrás, a olvidarse de sus lenguas y de sus visiones del mundo. En Chiapas hubo un ilustre pionero de esa ideología: Fray Matías de Córdova, escritor de aquel ensayo –por demás importante-titulado “De por qué los indios deben vestir y calzar a la española y maneras de lograrlo sin coacción ni violencia”, que, por cierto, fue premiado por la Sociedad Económica de Amigos del País de Guatemala, reconociéndolo como un texto vital para pensar el futuro de lo que aún eran colonias españolas.

Otra visión surgió en los días coloniales: la que defendió a las culturas nativas y abogó por ellas, rechazando la evangelización forzada y por supuesto, la guerra a sangre y fuego. Gracias a trabajos de historiadores ilustres, tesoneros, como el del michoacano Alberto Carrillo Cácerez sabemos mucho de los debates que surgieron a raíz de la defensa de los pueblos indios. Y en ello, también estuvieron implicados de manera directa, los pueblos originarios de Chiapas, cuya condición pero también cuya dignidad, fueron observadas por el dominico  Bartolomé de las Casas, quien fue encomendero en los albores del régimen colonial en la Isla de la Española, hoy República Dominicana, años antes de ser nombrado Obispo de Chiapas. Fue precisamente en esa isla de la Española, un domingo de adviento, que Bartolomé de las Casas escuchó a su mentor, el padre Antonio Montesinos, quien pronunció un sermón redactado colectivamente por los frailes dominicos, en el que condenó las imposiciones coloniales y defendió el derecho de los pueblos originarios a mantener su ser histórico. Era el domingo 21 de diciembre de 1511. Fue un sermón impresionante, pronunciado con un estilo oratorio firme, enérgico, sin ambigüedades, pasional, según lo podemos leer actualmente. El sermón conmovió a los intelectuales humanistas de la España de aquella época, gobernada por Carlos I de España y V de Alemania. Le llegó al centro del corazón a Francisco Vitoria que se alió con Bartolomé de las Casas, y ambos, voz a voz, defendieron ante el Rey y ante el fanatismo de un Ginés de Sepúlveda, el derecho a ser, a existir, de los pueblos llamados indios. Cierto es que pasaron años desde que aquel Sermón de Adviento se pronunció y la convocatoria del Rey para que, reunidos los intelectuales en el Colegio de San Gregorio, en la Ciudad castellana de Valladolid, se abriera el llamado “Debate de los Naturales” que se prolongó de 1550 a 1551.

Por aquellos días había un célebre prisionero en los calabozos de Valladolid: Francisco Tenamaxtle, el líder Cazcán, Chichimeca, de la Guerra del Mixtón. A Tenamaxtle lo capturaron usando la misma estrategia que después se aplicó con Sandino, el general de hombres libres en Nicaragua y con Emiliano Zapata, el Caudillo del Sur en México: se les llamó para conversar bajo el compromiso de que no se atentaría contra su libertad. Tenamaxtle bajó de las montañas para honrar ese compromiso y discutir el destino de su gente, pero no bien llegó al lugar de la cita, fue capturado, apaleado y prisionero en un galeote, fue trasladado hasta Valladolid y hundido en un calabozo. Bartolomé de las Casas se enteró de la presencia de Tenamaxtle y conversó largo con él, escuchó sus razones y su protesta ante el comportamiento de los encomenderos y la situación inhumana a la que el colonialismo había llevado a los pueblos originarios. De esa conversación, y de la defensa que de los indígenas hicieran Bartolomé de la Casas y Francisco Vitoria, el Rey aprobó una versión modificada de lo que se nombró las Nueva Leyes de Indias, que habían sido promulgadas en 1542, por medio de las cuales se reconocía a los indígenas como súbditos de la corona española y se suprimían las encomiendas. Largos años tardaron las Leyes de Indias para llegar a ser una realidad y de hecho, aún no lograban su pleno respeto cuando los vientos de la Independencia cruzaban la Nueva España en 1810.

Decía el finado poeta Enoch Cancino, en un verso que los chiapanecos llevan grabado en el alma, “Chiapas nació del Mar, ebrio de espuma”. Y también dijo que “Chiapas es una flor al viento”. Todos los chiapanecos, en alguna ocasión, hemos expresado nuestra euforia por haber nacido en esta tierra, repitiendo los versos del “Noquis” Cancino. Y sí, Chiapas tiene un halo especial, algo que atrae de inmediato, y que no es definible con una sola palabra. Lo prodigioso es que Chiapas se traduce en sentimiento. Es un lugar en el que, como me decían Flora y Clara Aguilar, mis nanas zoques de Tuxtla: “Se quedó mestiza la palabra”. Falta el paso en el que ese mestizaje signifique igualdad, respeto por la diversidad, rechazo a la desigualdad, y la bienvenida a una sociedad justa, plural, equitativa.

Para honrar esta historia de los pueblos originarios, la Universidad Intercultural de Chiapas adoptó desde su fundación, el lema: “por un Chiapas igualitario y plural”. Con ello, se honra  y se adopta como Utopía por la que vale luchar, el establecimiento de un Chiapas en el que, por fin, se entienda que la Humanidad es Una y que su mayor riqueza es la variedad de la Cultura mientras que su mayor miseria es la desigualdad social. Nadie mejor que los jóvenes para ser portadores de esta esperanza y activos agentes para el logro de una sociedad en la que la convivencia sea el bien más preciado.

¡Por un Chiapas Igualitario y Plural!

Mil Gracias.

San Cristóbal de las Casas, Chiapas. A 13 de enero de 2020.

 

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