Fuego y filo: crecer en un hogar jornalero agrícola/FOTOREPORTAJE

Las quemas son controladas por fuegueros, para que el corte sea más seguro en cuanto a picaduras de animales y limpiar de hojas y monte, pero son realizadas sin otros protocolos de seguridad, ni seguros médicos. Foto: Silvana Salazar

 

Por Evelyn Silvana Salazar Corzo/Border Center for Journalists and Bloggers *

Jornaleros agrícolas de Chiapas acompañan a sus padres en la búsqueda de medios de vida.

Venustiano Carranza, Chiapas. Jerry sostiene fuerte el machete y con destreza, corta las varas de caña; tiene diez años y es el primogénito de Mari y Manuel, quienes están pendientes y cerca del niño, con el sol de casi mediodía. 

Ella y él también machetean las varas que previamente ardieron bajo fuego, para luego ser llevadas al ingenio donde les extraerán su jugo para producir azúcar. Los tres son trabajadores agrícolas que llegaron al corte de caña en el municipio Venustiano Carranza, donde se encuentra el ingenio más grande del estado de Chiapas.

El día empieza a las dos de la mañana, y muchas veces termina a las siete de la noche. Las y los trabajadores son transportados en camionetas que los llevan hasta donde van a realizar la zafra.  Antes de iniciar, un café y un poco de pan les dan energía para iniciar la jornada.

Su familia y él son originarios de Las Rosas, municipio que según datos del Consejo Nacional de Población (Conapo) tienen un alto grado de marginalidad y más de la mitad de la población vive en esas condiciones, eso los obliga a migrar varios meses del año para buscar trabajo.

Las Rosas, su municipio de origen, colinda al oeste con Venustiano Carranza, donde desde mediados del siglo pasado se encuentra el ingenio azucarero de San Francisco Pujiltic.

Según datos oficiales, ahí se recibe cada zafra lo equivalente a un aproximado de dieciocho mil setecientas cincuenta hectáreas de caña de azúcar, es el núcleo de la zona cañera del centro de Chiapas. A ese lugar, cada temporada, llegan decenas de familias, padres, madres, niños y niñas que trabajan como jornaleros para buscar subsanar así sus gastos de sobrevivencia, lo que en sus lugares de origen no sería posible.

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Alacranes, caídas, cortaduras en el cuerpo

Durante la pasada temporada de zafra, hubo días que la familia de Jerry no fue a trabajar. El padre, Manuel, se cayó de varios metros de altura mientras trabajaba, tuvieron que pasar días para recuperarse de los golpes.

Los accidentes no son pocos, “una vez, me pico un alacrán en mi nuca; me entumece la lengua y todo mi cuerpo. El remedio es mascar la planta llamada machete: nomás tenés que mantener presionando y quita el entumecimiento y sólo queda un poquito de calentura”, recuerda el niño.

Le pregunto qué les diría a otros niños trabajadores, cuáles son los riesgos, “que no se corten. Que se cuiden de todo y si van a la caña, que no se corten”, me responde.

¿Estudiar? una vez estuvo en la escuela pero cuando decidieron movilizarse, tuvo que dejarla. Terminando la zafra volvieron a casa pero no volvieron a la escuela primaria.  Jerry expresa que sí tiene ganas de volver y sus papás le dijeron que dentro de poco podrá reincorporarse. 

En el campo no juegan, pero cuando el corte acaba temprano y tiene más tiempo libre, se reúne con sus amigos para compartir habilidades y competir por las piezas más bonitas en duelos de canicas, en el suelo áspero y cenizo de los cañaverales.

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3.2 millones en el trabajo infantil

En 2017, según el INEGI, 3.2 millones de niñas, niños y adolescentes (NNA) realizaron algún tipo de trabajo infantil, del cual el 34% fue en el sector agropecuario, siendo este el mayor porcentaje ocupado. La Organización Internacional del Trabajo, considera al trabajo agrícola jornalero como una de las ocupaciones más peligrosas.

La Red Nacional de Jornaleros  Jornaleras Agrícolas, menciona que en México los programas de atención han sido mal ejecutados (o que a veces no llegan a sus regiones), como el Programa de Educación Básica para Niños y Niñas de Familias Jornaleras Agrícolas Migrantes (PRONIM) y el Programa para la Inclusión y la Equidad Educativa (PIEE)

“Me siento feliz cuando estoy cortando caña. No me da miedo el machete y nunca me he cortado, corto desde los 6, ¿verdad, mami?”,»sí”, le contesta Mari a Jerry. Él sueña con ser cantante y mecánico de camiones cañeros. Dice que a pesar del trabajo duro, le gusta vivir aquí, donde el agua abunda en los ríos, y el fuego en la tierra y las hojas.

Este reportaje es parte del Hub de Periodismo de Investigación de la Frontera Sur, un proyecto del Border Center for Journalists and Bloggers 

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