Terrazas de Los Altos, un mirador para comprender el desplazamiento de las lenguas

*El libro contiene información puntual sobre la creación y transformación de villas, pueblos y ciudades de la región; la tenencia de la tierra y los conflictos derivados de su reparto, todo ello a la luz de las lenguas y desplazamiento.


El tema del abandono o conservación de las lenguas mesoamericanas en México, ha sido estudiado desde hace tiempo por lingüistas y antropólogos, sin embargo, los historiadores lo han ignorado casi por completo. Óscar Barrera, investigador del Centro de Estudios Mayas, decidió estudiar este fenómeno en la región de las Terrazas de Los Altos, que tiene como principal centro de población a Venustiano Carranza, antes San Bartolomé de Los Llanos, relató Juan Pedro Viqueira, investigador del Centro de Estudios Históricos.

En la región de las Terrazas de Los Altos, todavía 15% de sus habitantes hablan el tsotsil o tseltal, la disminución del porcentaje de hablantes de estas dos lenguas se ha producido en forma lenta y continua desde la Independencia. La zona resulta, un mirador para comprender cómo se produce el desplazamiento de las lenguas mesoamericanas, como las formas en que parte de sus pobladores resisten a este cambio lingüístico y logran conservar en uso su lengua materna.

A pesar de ello, Viqueira resaltó que la región ha recibido poco interés por parte de historiadores y antropólogos, con excepción del proyecto: Man in Nature “El hombre en la naturaleza” de la Universidad de Chicago en las décadas de 1950-1960, y de algunos estudiosos interesados en la compleja y conflictiva historia agraria de los bienes comunales de Venustiano Carranza.

Dicho esto, el libro «Las Terrazas de Los Altos. Lengua, tierra y población en la Depresión Central de Chiapas, 1775-1930” del autor Óscar Barrera, es un texto que recoge, ordena y relaciona datos y cifras del ritmo demográfico y del desplazamiento sostenido de grupos humanos que se integran y desintegran, al moverse alteran las proporciones de hablantes de lenguas mesoamericanas con respecto a los hispanohablantes.

Mitontic, Chiapas. Cortesía: Thomas Aleto

En la presentación del libro, Dolores Aramoni, antropóloga social, señaló que la obra es un aporte fundamental para el conocimiento de la historia y antropología de una región chiapaneca muy poco estudiada, en aspectos particulares. Además, el autor deja claro desde la introducción cuales son sus objetivos, pues más allá de la perdida de las lenguas mayenses de la región, explica una serie de procesos de cambio durante 175 años.

En ese sentido, el escrito resulta atractivo para futuras investigaciones, ya que el autor abre caminos no andados, no solo trata del tema central y objetivo de su investigación, sino de procesos económicos, culturales, religiosos, de la formación de grupos, poder y control político en la región.

Aramoni enfocó su comentario en el surgimiento de grupos mestizos, entre ellos comerciantes y finqueros, quienes se adueñaron de las propiedades de la población indígena dentro de Tuxtla Gutiérrez, marginándolos hacia las orillas y despojándolos. Entre los diferentes fines, estaban los económicos, para financiar actividades diversas como festividades religiosas, pago a maestros de las escuelas, adquirir tierras para el bien común y, ayudar a los miembros del poblado en casos de desastres naturales: plagas y epidemias.

H. Concejo Municipal Constitucional de Nicolás Ruiz

Un caso específico, es la población de Nicolás Ruiz, que protagonizó desde 1980 una lucha por la recuperación de sus tierras. La comunidad, decidió abandonar el tseltal y atuendo indígena en respuesta a la agresiva política de incorporación adelantada por el Estado mexicano, en las primeras décadas del Siglo XX, en los años siguientes, la reforma agraria consolidó el proceso de ladinización con el fomento a la identidad campesina.

En el texto, Jan de Vos apuntó que en 1868, algunos indígenas de Teopisca se trasladaron de manera permanente a Nicolás Ruiz por dos razones principales: el temor a perder sus tierras ante terratenientes invasores y por el maltrato recibido en su municipio de origen por parte de los ladinos.

Jan de Vos y otros especialistas que se han acercado a esta historia, hablan de que van a refugiarse ahí, porque no soportan más la presión de los ladinos de Teopisca, quienes se sienten con derecho sobre tales tierras, dijo la antropóloga social.

Aunado a ello, está la situación de propiedades corporativas, los curas seculares negociaban con los finqueros, así se perdieron muchas instancias. Al igual, la zona de Teopisca y Nicolás Ruiz estaban en Camino Real, ahí había una estancia de mulas muy importante, para el transporte de mercancías.

Dos grandes virtudes del libro, según Aramoni es el dialogo que el autor logra entre su formación antropológica y como historiador, ambas disciplinas tienen el privilegio de estudiar procesos de larga duración, por lo que no se centró solo en las bibliotecas y archivos, además convivió con los habitantes de la región y pudo confrontar documentos con testimonios, y ver su vida, resultado de largos procesos de cambio.

La otra es el trabajo hecho por el autor en cuanto a la revisión bibliográfica y el aparato crítico, es decir, cómo utiliza la riqueza ya generada por otros investigadores para aplicarla en el análisis de estos procesos de cambio, que muestran cómo a lo largo del tiempo se fue conformando la región, pero también las particularidades de sus pueblos.

En su participación, Ulises Gómez Vázquez, fundador del Colectivo Pujiltic. Hablemos de Nuestra Historia, mencionó que la obra fue una llave que le permitió abrir múltiples puertas, sobre diversos factores que han configurado al conjunto de pueblos, en especial los cañeros.

Gómez Vázquez se enfocó en los pueblos que hoy abastecen al ingenio azucarero de San Francisco Pujiltic, pues el libro está lleno de datos que van desde descripciones geográficas basados en crónicas coloniales, hasta datos demográficos, así como el transcurso que toman las lenguas indígenas dentro de los pueblos.

Es interesante ver diversos acontecimientos y episodios que han marcado a estos pueblos, en primera instancia quiero recalcar la fundación de los trapiches y la introducción de la caña en estos pueblos, serán un parteaguas para el desarrollo económico, así como las relaciones interregionales respecto a la producción de panela y aguardiente, ambos son un hilo conductor que permitió al autor narrar como van a sortear estos pueblos el devenir histórico, indicó Gómez Vázquez.

En ese sentido, en 1847, Luis Villatoro, cura interino de Pinola, pidió a las autoridades detener la producción e introducción del aguardiente, como respuesta los habitantes lo corrieron y tuvo que huir a Soyatitán. También, dentro de la obra se encuentran otras aristas acerca de la producción, y la configuración que tiene Socoltenango después del decaimiento de Copanaguastla, donde hereda parte de las tierras de este antiguo cacicazgo.

Así mismo, el texto es de largo alcance, al referir al periodo revolucionario, indica que algunas fincas y cañeras del área de Socoltenango, sirvieron como puntos de confrontación entre carrancistas y mapachistas Mientras que en 1923, Elvira de La Vega, dueña de la finca Chejel, detalló los estragos que sufrió con el conflicto de estos ejércitos en su propiedad, esta es una de las muchas experiencias en la zona cañera.

Grupo de chiapanecos levantándose en armas contra el ejército carrancista. Cortesía: INAH

Además, en 1924, varias mujeres comerciantes, solicitaron la condonación de impuestos, donde el autor refiere que mucho dinero fue dado a los rebeldes. Ellas fungieron desde un punto de vista económico, como las organizadoras del comercio, y los hombres de los conflictos.

Otra virtud de la obra de Barrera es justamente ser una invitación a descubrir otros elementos que sugiere en su investigación, un trabajo muy amplio, pero que deja caminos que pueden seguirse ahondando, finalizó Gómez Vázquez.

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