Arturo Montoya Hernández: El fútbol como la página en blanco

El fútbol como la página en blanco

Arturo Montoya Hernández 

“Hoy es 24 de junio de 2018”, escribo, tras confirmar la fecha en el calendario que descansa en la mesa. De entre los objetos del gabinete de curiosidades que lo ilustran (dinosaurios, piedras volcánicas, moluscos de paso indómito) el dibujo que acompaña al mes de junio muestra, con la fiel mirada de entomólogo de la que carezco, un par de orugas frente a frente sobre quienes se extiende una mariposa de colores vivos que corona el cuadro con sus alas. “Metamorfosis del deseo”, pienso, mientras doy un largo trago a la cerveza rusa, de malta profunda y color claro, que acompaña mi escritura. “Malta rusa, metamorfosis de la coronación, gabinete ilustrado” enumero, mientras me concentro en el ritual de teclear caracteres virtuales, para después borrarlos con la mesura cabizbaja de quien descubre un error de dedo, una frase falta de sintaxis, un pase en falso por la banda derecha que termina en el arco propio tras un remate de bolea balcánico.

“Hoy es 24 de junio de 2018”, comienzo de nuevo, haciendo cuentas del tiempo que ha pasado desde el partido inaugural. Le doy otro trago a la cerveza, la cual me comparte un gusto dulce como el primer gol panameño en copas del mundo, marcado, Baloy mediante, frente a la nación a la que se adjudican las reglas de Cambridge y el 3-4-3. Así comienzo a hacer memoria de las imágenes que han acompañado estos días en los que el rumor del juego se instala en las esquinas de café, en las disputas a césped liso, en las cornisas donde las palomas sueñan sueños de palomas y palomos gambeteros, alimento para su buche onírico empapado de chalacas espectaculares a seis metros del suelo. “El fútbol como el buen pan”, escribo en una esquina de la hoja, mientras lo imagino como organismo vivo que alimenta su fermentación con tiempo y tacto sabio. Pan que revela su respiración secreta al equipo que controla el ritmo sobre el campo de juego. Pan que se dispone a ser moldeado por aquel capaz de transmutar un tiro libre en gol agónico que convierte el tercer partido de grupo en una especie de dieciseisavos de final, sin el glamur de la prórroga, la mantequilla clarificada ni los penales. Pan que cada cuatro años sacia la sed del hambriento que se pasea perplejo con un balón al hombro y un jersey lleno de respuestas.

“Hoy es 24 de junio de 2018”, intento por tercera vez, mientras recuerdo que mañana comenzará a definirse la siguiente ronda, ya sin Egipto ni Arabia Saudita, sin la heroica Marruecos, sin Perú, Costa Rica, Túnez, Panamá ni Polonia. “El juego también honra a los vencidos”, apunto, mientras reviso textos dedicados a los días póstumos, a las atalayas vivientes de la antigüedad, a los poetas bajados del olimpo. Los intentos por convencernos de lo contrario tienen el mismo ímpetu de quienes tratan de separar la política del arte, el fútbol de la estética, el valor de uso del valor de cambio, el trabajo del cuerpo vivo, a Maradona del Mágico González. “Metamorfosis, gabinete, malta” escribo con el último trago a la cerveza que me devuelve al vaso vacío y la página en blanco tantas veces borrada, al sueño de un mundial de sorpresas y mística futbolera.

Hoy 24 de junio de 2018, el juego también honra a los vencidos. El fútbol como el buen pan.

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