Josué Hernández Ramírez: El futbol y sus metáforas: la derrota

El futbol y sus metáforas: la derrota

Josué Hernández Ramírez

 

“El fútbol es una metáfora de la vida”.

Jean-Paul Sartre

Festejar una derrota tiene cierto encanto. Recuerdo cómo me pareció maravilloso ver el grito exaltado de un amigo que celebró la victoria de Estados Unidos que dio el pase a la selección de fútbol varonil al Mundial Brasil 2014. Cómo festejamos ahora (igual que los japoneses) un resultado ajeno que aseguraba la supervivencia. Y es que sí, a pesar de la ilusión de control sobre ciertas cosas, hay otras que dependen inevitablemente de otros. Eso debería decirnos algo que cada quien podrá reflexionar, particularmente cuando tenemos en puerta las elecciones para la próxima administración pública federal.

En nuestro país hay una tensión curiosa que deriva del imaginario identitario hegemónico que define a México: si la selección pasará al quinto partido, quién llegará a la Presidencia de la república. Vale la pena pensar desde la contingencia: ¿qué pasa si las cosas no resultan como esperamos? La respuesta sencilla sería la de la ideología New Age: sigamos echándole ganas, esforzándonos, el cambio está en uno mismo, etc. En definitiva, seguir participando de la fábula del burro y la zanahoria.

Ignoramos que no hay destino en el fútbol ni destino por cumplir. Pasar al quinto partido no es el fin último, tampoco ganar la copa del mundo; ¿qué pasa el día de mañana? De nuevo, insisto: imaginar no es colocar en la mente fotografías de un mundo ya representado, sino ir ensayando formas de representación, buscarlas, rehacerlas. La imaginación es el camino, no el fin que oscurece los medios. No es ganar “haiga sido como haiga sido”. El estilo importa, la ética importa, el equipo importa.

Josué Hernández Ramírez

Las metáforas

  1. El futbol y la academia. Si bien han transcurrido al menos un par de décadas desde que el fútbol ha empezado a ser parte del interés académico, persiste aún la amplitud de aristas que se están encaminando a líneas temáticas más definidas. Estamos jugando en la media cancha, viendo cómo abrir el campo, ensayando pases que busquen los espacios adecuados para afirmarnos en una estrategia más ofensiva, más directa, más presente. Eso ya es decir algo, pues no estamos tan atrás, todavía defendiendo las arremetidas que incluyen la coptación mercantilista del juego, como el desprecio desde una jerarquía intelectual e ideológica del mismo. Pero aún nos cuesta salir jugando; de vez en cuando debemos retroceder para no perder el balón demasiado pronto; conservarlo, presentar, como dirían nuestros narradores, argumentos futbolísticos para no ser derrotados, para que no nos ganen la espalda y en una descolgada nos tiren toda la táctica.
  2. El futbol y la política.Como bien lo ha señalado Juan Carlos Cabrera Pons, la política toma la retórica del fútbol para obtener cierta inteligibilidad bajo una analogía equivocada: no se ganan elecciones como se gana un partido de fútbol, aunque así se insista. Lo que sí es cierto, es que un once contra once no es tan simple. Algunos equipos no tienen el presupuesto para que sus jugadores sean sólo jugadores. Por otra parte, algunos ciudadanos no tienen el capital social, político ni económico para aspirar a puestos de elección popular o, aspirando a ellos, a ganar. La competencia no es siempre competencia en igualdad, aunque las sorpresas sucedan.
  3. El futbol y los discursos. Los antagonismos, los esfuerzos y las críticas se encasillan en una dualidad simple: los buenos contra los malos, los mediocres que no han logrado nada contra los que sí han logrado algo importante en la vida. ¿Quién es bueno? ¿Quién es no mediocre? ¿Qué es lograr algo importante en la vida? Esa retórica de significantes vacíos es una estrategia de la ideología del sistema económico y cultural (que algunos querrán llamar post-verdad). Necesita del trabajo y el esfuerzo como atavismos que le confieren una pretendida neutralidad a la coyuntura en que se desarrollan, como si no existiera desigualdad o discriminación; vaya, lo que John Berger llama violencia estructural. Concentrar los antagonismos en el fútbol, en la política, en la ilusión de la virtud moral contribuye a crear un mito reproductor de un orden social. Eso siempre conviene a algunos y finge convenir a otros; ignorar las derrotas se vuelve una negación de la autocrítica; es como venderle una falta inexistente al árbitro, es el acuerdo tácito de no amonestar a quienes corren cargando los millones de las marcas por el campo.
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