Juan Carlos Cabrera Pons: El diluvio secular

El diluvio secular

Por Juan Carlos Cabrera Pons

Yo no lo sé de cierto, querido lector –hermano mío, mi semejante–, pero lo supongo, que en tu ciudad como en la mía es imposible salir a caminar, sentarse en el café de la esquina a reposar unos minutos o charlar con la familia sin que alcances a escuchar ese susurro constante, esa vocecilla que pareciera, de algún modo, venir de dentro, pero que más viene llega desde alguna televisión lejana o la conversación entre un grupo en la esquina de algún parque, y en la que se narra, discute, recuerda e, incluso, lamenta que un fantasma recorra las calles de nuestras ciudades (la tuya y la mía), el fantasma del Mundial.

Yo no lo sé de cierto, pero quizá te gusta saber esa presencia. Quizá sientas que Rusia 2018 nos refresca como a sus piedras el río. Quizá, si te avisan que México va a jugar el sábado, empieces a ser feliz desde el jueves en la mañana. O, por el contrario, quizá detestes todo esto. Quizá busques refugio y encuentres que el Mundial es como el desamor, y se cuela en tus costumbres, y pareciera que todos a tu alrededor lo saben. Quizá te levantas con desanimo en la madrugada y alcanzas a escuchar el aliento del Mundial en la televisión de tu vecino y cuentes, sin saber a ciencia cierta cuántos sean, los días para que todo se termine y tus compañeros de trabajo dejen de jugar a ser comentaristas deportivos y directores técnicos.

El Mundial, como reza un viejo adagio, es tierra de contrastes. Hace una semana, Miguel Lisbona, en su texto para esta misma serie, lo llamo una “cuaresma secular.” La metáfora es certera. El Mundial es una tan clara muestra de los excesos a que ha llegado la mundialización del más mundial de los deportes, que bien podría pensarse como cuarenta días de devoción. (Cuarenta días llovió también en aquel famoso pasaje de la Biblia una lluvia que a los personajes del relato debió parecerles similar a la tormenta de opiniones y comentarios que generan los Mundiales de nuestro milenio). Pero esta purificación futbolísitica viene acompañada de sus sacrificios, y poco podrá decir que ama el fútbol quien no sepa también sufrirlo.

Juan Carlos Cabrera Pons

Mientras escribo estas palabras, la tarde es húmeda, el café de hace unas horas se enfría dentro de su taza, y apenas llevamos una semana de Rusia 2018. Pienso en el sufrimiento de la derrota, asunto harto conocido hasta por quienes nada saben ni quieren saber de fútbol. Pienso en el tedio del partido apretado y apelmazado, y concluyo que mucho saben mis contemporáneos sobre el sinsabor de la rutina. Pienso en la niña –es una niña hipotética, pero que supongo real– que mira de reojo la transmisión del Nigeria-Islandia. Quizá ella, como yo, sienta una atracción hipnotizante hacia el jersey de los nigerianos, quizá nos una un interés repentino: el que sentí yo por el jersey de Gheorghe Haggi en 1994. El comentarista deportivo deja que las palabras se escapen del cerco de sus dientes. Sus vocablos desordenados atraviesan el micrófono y se proyectan en las televisiones del país. Ha alcanzado a mirar a una aficionada en la tribuna y decide que, por haberla visto, puede abandonar su oficio –comentar nombres y jugadas– para comentar su apariencia. Unos minutos más tarde incluirá en una oración mal construida la fórmula: […], pero la naturaleza de los jugadores africanos […].

Quizá esa niña ha comprendido ya el rol que el comentarista le propone. Quizá yo escuché decir a alguno que Gheorghe Haggi le había pegado al balón como los hombres. Quizá tú, lector, como yo, le cambies al único otro canal que trasmite el partido. Quizá intentes construir con trabajo solícito, con material de paz, una delgada pared, un muro endeble que te separe del comentarista. Quizá piensas que la cuaresma del Mundial, muy en el fondo, no tiene nada que ver con sus comentarios, que las palabras no son sino como la mancha imperceptible en la túnica de un santo. Y sin embargo esta faceta del Mundial sigue ahí, llamándote, diciendo tu nombre para provocarte. Algún colega tuyo ha comparado la derrota de Argentina con la violación de una mujer. Alguien te ha compartido el video de un aficionado que restriega su entrepierna contra la bandera de Alemania. Quizá te moleste que no te dejen (¿quién te lo impide?) gritar de manera multitudinaria el grito de los gritos, el que muchos han escucho justo antes de ser agredidos, cuando no asesinados: ¡puto!

Del otro lado del mundo, en el estadio Azadí de Teherán transmiten el Irán-España en pantallas gigantes: por primera vez desde 1979 se le permite a las mujeres la entrada a un estadio de Irán para presenciar un partido de fútbol masculino.

 

Ciudad de México, a 22 de junio de 2018

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