Arturo Montoya Hernández: El fuego y el relat

Arturo Montoya Hernández

Planear el postmundial, el después de la fiesta, es una de esas actividades que deberían ser impostergables, pero que se van dejando pasar hasta que alguna alineación planetaria o la caída en mil pedazos de una maceta tras su encuentro con un balón, nos devuelven su gravedad inobjetable. Terminado el mundial quedan los pensamientos, las especulaciones, las ideas sobre el trabajo de los próximos cuatro años que permitirán mejorar el redito al contrastar expectativas y resultados. También es el momento en que aparece el llamado imperioso a hacer del fútbol el descubrimiento de una memoria, capaz de invocar no solo nuestro propio trance, sino el tejido de aquellos que cantaron el juego para hacer camino juntos.

Levantarse y andar más allá de las pantallas y de los dispositivos que fueron extensión de nuestros sentidos para enterarnos de otras alegrías y otras desazones, no será tarea fácil. Por unas cuantas semanas, que no es poco, fue posible hallar tregua a los pesares junto a una pinta de cerveza y los buenos amigos, con todo y los comentarios inenarrables enunciados desde palcos de transmisión donde los opinadores profesionales dibujaban panoramas coloridos. Si bien, ese suave trago con el que nos refrescamos el buche no trajo consigo la paz del napolitano y su tornillo (Morelli dixit), si acompañó un respiro, una pausa, una oportunidad de entonar sueños que alternaron con las realidades menos redondas que abarajan nuestro presente.

A partir de mañana seremos, como dice Juan Carlos Cabrera Pons, un mundial más viejos, pero ¿acaso tendremos la entereza para volvernos un mundial más sabios? Algo que he presenciado en estos días es lo incombustible del deseo, su arder que vibra centelleante por entre líneas imaginarias y continentes. Si un poco de ese deseo florecido entre el gol y la esperanza, se eleva para acompañar los gestos y las imaginaciones con que volveremos al mundo de todos los días, habrá razones de sobra para esbozar una sonrisa, no porque basten las soluciones biográficas para impulsar cambios en la estructura de lo real, sino porque en ese resto palpita una clave del esclarecimiento que nos desbordará llegado el momento, con la potencia del fuego y el relato.

Mañana voy con Croacia, no solo porque de niño admiré a través de revistas el relato que se construyó de Davor Suker y su heroico equipo balcánico, el cual derrotó a países de larga tradición futbolera como Rumania, Alemania y Holanda, para conseguir el tercer lugar en Francia 1998, también porque su selección actual ha hecho del juego colectivo un arte de 120 minutos por partido, que representa lo que más me ha gustado de este mundial: el juego táctico y la persistencia. Nos leemos pronto por este y otros lugares. Saludos desde Tijuana.

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