Arturo Montoya Hernández: Instantáneas de un encuentro con Efigenio Bacardi

Por Arturo Montoya Hernández

Como diría Efigenio Bacardi,tercer apóstol nuestroamericano, heredero más cinocéfalo que solemne de Simón Bolívar y José Martí, el Mundial de Fútbol es un asunto de primera necesidad. Si bien, la gran fiesta del juego del mundo se materializa cada cuatro años, con banderas insignia y repiques de trompeta, que anuncian que las estrellas descenderán del olimpo de marquesinas y clubs para forjarse un uniforme de césped y comunidad imaginada, tras el silbatazo final, una sobrevida alegre se impronta en los patios de juego, en los titulares de moda, en los sueños de transformación cotidiana. Ese tiempo sutil que sobreviene al Mundial nos recuerda que no somos los mismos, que algo mínimo pero fundamental ha cambiado, pues la luz, primer animal visible de lo invisible, ha tendido su manto estrellado entre nosotros. El tiempo que resta, el de los trabajos y los días que afanamos con diversas diligencias, queda así trastocado por el recuerdo de lo numinoso.

El cambio puede presentarse de formas insospechadas, me refiere Efigenio, tras dar unos sus largos tragos a un pozol recién revuelto. Con la mirada atenta al viento que cruza por entre las hojas del árbol de aguacate que ornamenta su casa en Motozintla, me cuenta que en el 2010 cuando Abreu picó el penal definitivo contra Ghana, no solo se cebó la mayor cantidad de mate con canela de la historia reciente del Urugay, también se descubrió un nuevo tipo de mandioca, cuyo sabor dulce se hizo capaz de evocar, cual magdalena proustiana, la fina estampa de aquel loco trotamundos. La mandioca, el mate, la canela, referentes vivos de la memoria nuestroamericana nacida del encuentro entre dos selecciones del sur global. Fiel a su estirpe, la epistemología sobre la que Efigenio monta su relato tiende puentes entre vencedores y vencidos, entre el balón y la plaza pública, entre política y estética.

Foto: Sandra de los Santos/ Chiapas PARALELO.

Ahora que las cortinas festivas comienzan a cerrarse, siguiendo la idea de Bacardi de que el mundial termina cuando la lista de contendientes se concentran en un solo continente, sin la dialéctica que hilvana los sueños impropios de quienes transitan a contramarea de la Historia (esa “H” mayúscula que porta el yugo de la espada, las industrias culturales y los algoritmos financieros), se van haciendo visibles las junturas de la justa global: la de un mundial que tiene a Europa como centro, pero que ciertamente traza una Europa a la que cada vez se le dificulta más verse como idéntica a sí misma, marcada por las migraciones, el Brexit y el cierre de fronteras. A contrapunto de la tesis de Efigenio, emanada de un nacionalismo metodológico que ha sido importante para pensar las relaciones asimétricas entre los distintos espacios territoriales y simbólicos de la historia, parece cada vez más difícil discernir el momento justo en que podemos dar por terminado el mundial, pues Croacia, Francia, Bélgica e Inglaterra, delinean tantos otros sures a los que también pertenecemos, tantos motivos minorizados por los cuales poner el cuerpo y encender la voz.

El tiempo, esa nada que es el todo de la obra de arte, escucho decir a Efigenio quien da un su trago más profundo a la bebida de maíz que saborea al calor de las dos de la tarde. Tras asentir al corolario que le propongo, completa su evocación de la frase de Bergson recordando el gol de Shakiri contra Serbia en la fase de grupo, no tanto por lo justo de la definición, como por la resistencia inscrita en el gesto con que sus manos coronaron el festejo. En un mundo donde todo está dado, como hecho frío, ascéptico e intangible apresado por el VAR (como recordamos, a propósito de unas líneas escritas por Tahuantinsuyo), el gesto de Shaqiri habría resultado imposible. Al terminar el diálogo, por fin me queda claro por qué el Mundial de Fútbol es un artículo de primera necesidad, que opera una transformación no sólo de la vida cotidiana, sino de su profunda metafísica. Para quien le plantea las preguntas certeras, es el pan y el vino de la comunidad que viene.

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