Homero Ávila Landa: Digitalización y sexualización del Mundial

Digitalización y sexualización del Mundial

Homero Ávila Landa

 

Veloz ha pasado la primera y segunda fases del Mundial Rusia 2018; a estas alturas, la representación latinoamericana sólo se sostiene de Uruguay y Brasil, al fin potencias históricas. Aunque éste evento global tiene lugar en un mundo híper comunicado, resulta que para quienes no tenemos televisión de paga ni capacidad para ver juegos vía streaming, ha sido un mundial poco visto; y no por los horarios de los juegos (en realidad ocurridos durante las mañanas y hasta el mediodía), sino porque la televisión abierta ya no pasa la mayoría de juegos, como antaño; hoy impera la televisión de paga, sistema en el que SKY es hegemónico y la empresa que tuvo en exclusiva muchos juegos que no pudieron verse en otro canal de otra televisora. Por más que se ha ampliado globalmente la estructura tecno-comunicacional -donde Internet aparece como fuente de accesibilidad infinita-, en mi caso ni siquiera he logrado captar señales o canales, mediante mi computadora en red, donde estén dando algún juego.

En cambio, he estado muy pendiente de todo ese universo informativo en torno al futbol mundialista, murmullo omnipresente que acaba siendo avasallador y del que me ha sido imposible apartarme. No tengo un teléfono inteligente de calidad, ni siquiera de mediana capacidad; tampoco tengo un plan importante que me mantenga con cobertura de datos todo el día; y aún así llega a lo largo de cada día una oferta de información variada en la que sobresalen notas políticas, sociales, culturales y deportivas. Cada mañana se me ofrece un menú de noticias que “intuitivamente” ha definido mi perfil de lector y por ello se me presenta día tras días una carta informativa variada.

Desde iniciado el Mundial ese menú, supongo que decidido algorítmicamente, me hace saber lo que ha ocurrido dentro y fuera de la cancha, antes, durante y al final de los partidos. Las fuentes son variadas: sobresalen notas de prensa electrónica nacional y local, pero también internacional (del Perú, Argentina, España y algún otro país). Algo parecido pasa con información de la plataforma Youtube, quien también me presenta opciones de programas culturales, políticos y deportivos. De modo tal que si bien no puedo ver futbol, que es lo que más quisiera, sí puedo leer infinidad de notas sobre los juegos y sobre el gran entorno del evento competitivo que apasiona al orbe, o puedo mirar trozos de programas de análisis deportivo donde se debate sobre jugadores, jugadas, equipos, resultados.

Cada día me veo envuelto en notas curiosas hasta declaraciones intensas, desde entuertos graciosos hasta asuntos muy serios ligados al deporte, la política y la economía. Es un dilema decidir por dónde comenzar, tanto como lo es ponerle punto final a la zambullida digital; pues nunca se tiene control total de la navegación ya que un tema lleva a otro, un chisme a otro más, un lío a muchos otros posibles de seguir con un poco de enajenación. Este mundo digital ha promovido la alteración del uso del tiempo libre que hasta antes de las tecnologías comunicacionales superdesarrolladas de hoy podíamos hacer; tiempo donde la atención a los mensajes de los medios eran unidireccionales: de ellos hacia nosotros y uni-localizados: venían o bien de la radio, de la televisión o de la prensa escrita; no como ahora que es posible estar en radio, televisión, tableta y teléfono celular estimulando y alimentando el interés y morbo informativo.

Homero Ávila Landa.

Si bien el tiempo libre surge como contraparte del tiempo del trabajo, es decir, como un tiempo propio para descansar, reponer energías, recrearse o apartarse de la monotonía productiva, y si bien ese tiempo libre estaba muy bien delimitado del mundo laboral gracias a los horarios y los lugares del mismo, ello ya no es posible ante un mundo de redes, de globalización comunicacional e informática. Entre otras cosas, la supercarretera, las plataformas y los dispositivos han dislocado ambos tiempos, el recreativo y el productivo, hasta el punto de mezclar actividades de uno en el otro, o incluso al punto donde uno se come al otro, o uno distrae del otro. Y no es que no se acabe cumpliendo con el horario de trabajo, sino que esa latencia comunicacional atada al teléfono celular y las computadoras en cualquier momento pasa de ser posibilidad a un hecho contundente que, tratándose del contenido, puede alterarnos, o que tratándose del resultado de un juego que para nosotros es significativo, bien puede marcar nuestro día, nuestro estado de ánimo, nuestra vida en tiempos del mundial.

Nunca como ahora veo poco futbol pero sé muchísimo de cosas que se ligan natural (prensa deportiva) o forzadamente (mercadotecnia, sexualización) con el futbol, es decir, nunca como ahora leo más notas “serias” e insulsas sobre asuntos “asociados” al evento mundialista. No sólo memes, que son los campeones mundiales de la reinterpretación libre de símbolos cuya historicidad es de lo más disímbola, y campeones de una economía comunicativa notable, la cual llega o pasa por nuestros teléfonos inteligentes; y campeones además en la práctica de un humor ácido hasta el tope que ejerce una especie de crítica y de resistencia a órdenes (morales, ideológicos, culturales) instituidos. Esos memes son además la muestra de que todo lo peor aún está muy vivo en una sociedad que lleva mucho tiempo queriendo erradicar lo peor de la humanidad; y es que muchos son contundentemente clasistas, sexistas o racistas.

Es así como, desde el inicio del Mundial, cada día compruebo su sexualización, o la sexualización del futbol en tiempos de Mundial, un ejercicio que no muestra tener únicamente fines comerciales que vayan directamente a producir algún beneficio al mundo del futbol. No hay día que no sepa de una “actriz”, “animadora”, “modelo”, que no haya hecho algo para “mostrar” su apoyo a la Selección Nacional: un reto para casi desnudarse si no gana una apuesta aventurada; mojarse una camiseta nacional para traslucir su cuerpo; tomarse y difundir fotografías en trajes de baño con los colores de la bandera que destaquen su cuerpo; incluso hay fotografías convencionales para exhibir la “felicidad” por algún triunfo “nacional”. Se unen allí futbol, neo-nacionalismo futbolero y sexualización deportiva en la era digital.

Si bien es posible que Mar Castro, “La Chiquitibúm”, sea el antecedente mexicano de este tipo de aparición de mujeres sensuales que “marcan” los mundiales, en realidad ella aparecía en un comercial de cerveza; es decir que su aparición obedecía a la colocación de un producto aprovechando el evento de aquella Copa de México 86. Esas otras personas de quienes llegan fotografías y notas a mi teléfono no están haciendo comercial alguno sino que sólo muestran “su apoyo” sui generis al equipo mexicano. No están vendiendo nada, están mostrando su imagen.

Quizá hoy el mundo del espectáculo donde se mueven les exige, según sus cálculos profesionales y personales, promocionarse por sus propios medios cuando ello les sea posible; de modo que ello impacte económicamente en algún momento y por alguna otra razón, como aparecer en medios, tanto en la prensa tradicional como en la soportada digitalmente, o en ambas de hecho. Quizá sean estrategias de generación de catálogos para posibles castings o empleos donde el cuerpo sea el valor principal. No me explico de otro modo el que la hija de un rockero histórico, la hija de una productora de Televisa o la chica del clima de un programa de ésta ultima televisora “aprovechen” (¿o se les exija?) el Mundial y las redes digitales para mostrarse físicamente, mediante el argumento de que están apoyando a un jugador en particular o bien a la Selección que nos representa en Rusia.

 

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