Juan Carlos Cabrera Pons: De qué se habla cuando se habla de un equipo de futbol

El 20 de mayo de 2013, a través de Decio de María, entonces presidente de la FMF, el club Jaguares de Chiapas anunció ante la junta de dueños de los clubes del fútbol mexicano que “dejaría de existir”. La franquicia, adquirida por el descendido equipo de los Gallos Blancos de Querétaro, se traspasaría a la Ciudad Constituyente. Las razones por las que ocurrió esta venta fueron siempre más bien ambiguas y nunca dejaron satisfecha a la afición. Por un lado, el gobierno del estado limitó el apoyo con el que el equipo había contado desde su fundación, una década atrás; por el otro, la venta de Jackson Martínez al Porto FC por nueve millones de Euros jamás se vio reflejada en la adquisición de jugadores o la mejora de la infraestructura del club.

Pero ni Tuxtla ni el coloso Víctor Manuel Reyna se quedarían sin fútbol. Ese mismo torneo, se impidió, por un detalle administrativo, que el recién ascendido club proveniente del otro lado del puente de la Piedad, Michoacán, se formara en la parte inferior de la tabla de descenso. En vez, los Reboceros fueron adquiridos por los Tiburones Rojos de Veracruz, franquicia conocida por sus ascensos y descensos similares a los de un tiburón en la pantalla de un éxito de Hollywood. El equipo que antes alineaba de local en el “Pirata” Fuente se traspasó a la ciudad de San Luis Potosí para formar el Atlético San Luis. Los antiguos Tuneros se mudaron a la ciudad del pozol para constituirse en el nuevo equipo chiapaneco. Como consecuencia de estos recorridos nacionales, el hilo negro que salió un domingo de La Piedad, atravesó el rinconcito donde hacen su nido las olas del mar, giró hacia la Ciudad de los Jardines, y dio a posarse en la capital coneja antes de dar a parar en Querétaro.

Para Jaguares esto significó bajar un buen número de puntos en la tabla porcentual (tomando el lugar que ocupara el San Luis, y permitiendo que los Gallos subieran del último puesto a un más modesto lugar 12). Para los dueños del club esto significó terminar un contrato con Tv Azteca y comenzar uno con Televisa (alineando así su aparto de patrocinadores con los del gobierno del estado). Para la afición esto significó perder a los jugadores a los que les había ganado cariño y dejar ir sus colores (el equipo cambió el vistoso naranja por un verde que efectivamente combinaba con el del gobierno en turno).

Juan Carlos Cabrera Pons

Me importa Jaguares de Chiapas porque por algunos años fue algo que compartí con mi padre. Atlista él desde niño, me vio crecer enamorado de los goles de José Saturnino Cardozo y de las contrataciones millonarias del fútbol europeo. Pero algunos fines de semana nos unió la pasión del local. Vimos a Salvador Cabañas en sus mejores momentos y al gigante en que se convertiría Jackson Martínez. En 2013 nos robaron ese equipo y nos trajeron a uno que nos parecía desconocido. Nuestra afición era más bien moderada y poco se puede decir que hicimos para rescatar o perder aquellos Jaguares. Sin embargo, la afición de algunos, siempre en la tribuna norte de la Cueva, no parecía merecer aquella traición. Una pregunta me arremetía entonces y aún no he sabido responderla: ¿en dónde está el equipo de fútbol?

Quizá el Jaguares de Chiapas había estado en sus jugadores. Los jugadores que ahora eran otros no eran los nuestros, y los Jaguares de Chiapas ahora jugaban vestidos de negro y azul en otra ciudad. Quizá el Jaguares de Chiapas estaba en el himno y los colores que alguien había elegido en su fundación. Algunos equipos ciertamente han construido larguísimas tradiciones y significados harto profundos que se adhieren a estos símbolos. Sin embargo, el Jaguares de la segunda mitad del 2013 tenía otro color y otro escudo. Los Jaguares de Chiapas no parecían estar en su afición, pues nadie le había preguntado a los miles de aficionados si estaban de acuerdo con los cambios; si bien son ellos quienes más ingresos aportan al club. Quizá el equipo de fútbol radica en sus directivos, mientras firman negocios millonarios en los que muy poco importa el deporte.

Rusia 2018 está a unos días de terminar. En este contexto en el que pareciera que una serie de identidades más bien múltiples y algo arbitrarias nos inspiran a apoyar a unos y detestar a otros (el que pasó una semana en Suiza quiere que ganen los suizos; la que estudio un semestre en Francia gusta del juego francés; a quienes nos encantó el jersey de Nigeria esperamos el gol milagroso de Victor Moses), vuelve a levantarse la pregunta: ¿en dónde está la selección nacional? ¿Representa la Selección Mexicana a los miles de desaparecidos en las fosas clandestinas que se descubren a lo largo de nuestro territorio? ¿Está la Selección Mexicana en la historia de las batallas que ha enfrentado el ejército nacional? ¿Está quizá más cerca? ¿En el director de la Federación que con la misma mano firma los contratos de los jugadores y de los de los patrocinadores? ¿Podemos quizá encontrarla en los comentaristas de Televisa? ¿En los jugadores? Quizá todavía más cerca, ¿en los aficionados a los que Rafael Márquez llama mediocres?

Hasta cierto punto, la selección nacional no es un gobierno de Estado, si bien a algunos de éstos les gusta tomar parte de cómo se configura aquélla. Cuando sufría yo los goles en contra de Perú no sufría yo al país que liberó de prisión a Alberto Fujimori, sino más bien al de la causa y el pisco que disfrutaron Flora Tristán y José Carlos Mariátegui. Pero la selección tampoco está necesariamente en la historia política de su país, y los belgas no juegan –quiero creer– por el reino que provocó el holocausto olvidado del Congo, si bien su triunfo futbolístico no ayuda a recordar ni reparar ni esta ni ninguna otra injusticia. Tampoco parece una selección nacional representar el juego de su país, al menos no en las últimas décadas en que las selecciones se han formado con los jugadores de los más adinerados equipos de Europa.

Yo no tengo la respuesta a esta pregunta. En una semana seré un Mundial más viejo y no tendré aún la respuesta a esta pregunta. Quizá el equipo de fútbol en tanto comunidad imaginada sea más grande que la pregunta misma. Mientras tanto voy con Croacia, porque cada 20 años desde 1958 hay un nuevo campeón, y por la memoria de Tito y Toussaint L’Ouverture. Nos leemos en cuatro años.

 

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