Raciel D. Martínez Gómez: Entre culturas periféricas, dinero y un caballo negro

Por Raciel D. Martínez Gómez

Las semifinales del Mundial Rusia 2018 reunió un par de banderas, como Francia e Inglaterra, de innegable prosapia futbolística; pero, tras ellas podríamos mencionar a Guinea, Angola, Camerún y Senegal como las naciones africanas que alimentan el sueño galo, y a las islas caribeñas de Jamaica, Guyana, Barbados, San Vicente y San Cristóbal y Nieves como el soporte de los británicos. Además de este mosaico multicultural que distingue el origen de los jugadores de cada país, ambas selecciones coinciden en ser los equipos más caros del orbe. Reflexionemos en este contexto este curioso binomio: un enfoque intercultural y un enorme poder económico.

En una sociedad capitalista híper globalizada que privilegia las emociones y en donde se requiere del azar y de la adrenalina como incentivo social, el futbol es una pieza clave del rompecabezas para armar esta parafernalia alrededor de las marcas y de la cultura deportiva en general. En el futbol profesional todo es ganancia y productos susceptibles de convertirse en el centro de un universo mercadológico.

No hay más que recorrer la boutique del estadio Santiago Bernabéu en la capital española, para observar la fila de aficionados para adquirir las camisetas rotuladas del galés Gareth Bale, un verdadero fantasma en las temporadas del Real Madrid. Otra ánima merengue, el inglés David Beckham, quien también recaló entre el esnobismo casposo madrileño, mostró el caso supremo de que la venta al por mayor desdeña cualquier lesión o inoperancia táctica. ¡Qué importaba que el Real Madrid haya comprado dos piezas de cristal cortado, en Bale y Beckham, si las playeras que se vendieron reditúan esa inversión teatral que rebasa el nivel heroico del torero!

Raciel D. Martínez Gómez

Los costos inimaginables de los futbolistas comprueban el valor de la felicidad y el cuerpo sano como obsesiones aspiracionales. El portugués Cristiano Ronaldo compitió en el trending topiccon la semifinal de Francia contra Bélgica. El hecho que el lusitano se fuera a la Juventus de Turín, en Italia, motivó una viralización cercana al interés por el primer partido para llegar a la esperada final del Mundial de Rusia 2018.

Nunca se había estado tan cerca de las categorías del marxismo, que espeta cualquier crítica contra la sociedad del espectáculo. Enajenación y opio del pueblo cabrían a la perfección en las estructuras futboleras, según los materialistas históricos, salvo que la paradoja se vierte todavía más compleja en la medida que los mensajes que emanan de la competencia desprenden señales contradictorias que no sólo someten sino que también liberan y posicionan a las diásporas.

Aunque el filósofo esloveno Zizek mantiene su acusación en contra de la nueva política multiculturalista, a la que traduce como culpadel capitalismo; aún así, el futbol difiere con estas lecciones que visibilizan a nivel masivo. Por ejemplo, subyace en el futbol una manda de consenso automático: la proyección multirracial que expresa un Mundial como el de Rusia 2018 -esto data de hace veinte años-, repara de alguna forma el ideal de una época donde el nacionalismo está fragmentado por los movimientos globalizantes.

La muestra más reciente se dio en la primera semifinal: la integración del equipo de Francia, en su mayoría de origen de los países del centro de África, es el contenido mejor comunicado de una FIFA curiosamente alrevesada que ha hecho jugoso y fraudulento negocio con aires de entendimiento y tolerancia.

Cercano al circo, el futbol retribuye a la opinión pública con este tipo de equipos, como lo hicieron anteriormente las ligas profesionales deportivas en Estado Unidos, incluso desde la década de los setenta, colocando la vara muy alta con la incorporación y reivindicación de las mal llamadas razas de color. Confunde todo ello. Dinero, diálogo e integración pacífica y exitosa de las ex colonias en el continente negro y en las islas del Caribe para el caso inglés.

Pensemos en este sentido lo que significa el valor monetario de las selecciones. Entre las diez más caras del mundo no se encontraba Rusia, cuyos jugadores no están seriamente involucrados ni en la Premiere, ni en el Calcio ni en la Liga española.

La selección de más alto costo es la de Francia, acaso la más joven, con mil 410 millones de euros. Tan solo Kilian Mbappé, Antoine Griezman y Paul Pogba están muy cerca del medio millón de euros. En segundo lugar se encuentra Inglaterra con mil 390 millones de euros encabezados con el millonario Harry Kane, con valor de 201 millones de euros, secundado por Dele Alli, Raheem Sterling y Marcus Rashford. Bélgica se ubica en séptimo con 834 millones de euros y Croacia en décimo con 415 millones de euros, el otro país finalista ahora convertido en el caballo negro. El resto de los equipos caros que no alcanzaron los cuatro primeros lugares son: 3) Brasil, 4) España, 5) Argentina, 6) Alemania, 8) Portugal y 9) Uruguay.

El pronóstico de muchos no falló teniendo en cuenta esta congruencia entre el dinero y la calidad de los futbolistas. En el caso de Francia e Inglaterra, comprueban esa simbiosis contemporánea entre el deporte y el gran capital.

Que gane el mejor estedomingopróximo, quizás el más caro de todos ellos venza. Pero no descartemos a los croatas -que baratos no son-, y que a su vez son otro notable caso de multiculturalismo; sí, los Balcanes merecen ya un capítulo aparte de narrar.

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