Cómo ser madre y sobrevivir en la caravana migrante

La mamá migrante decidió no seguir y se llevó a sus hijos pegaditos a sus piernas, despacio, hacia un albergue instalado en Ciudad Isla.

Ésta es la historia de Karen, una joven madre hondureña que con tres hijos pequeños acompaña el éxodo que desde hace semanas camina desde Centroamérica. Un rostro de la profunda realidad que padecen esos miles de seres humanos, quienes como ella prefieren arriesgarse en el camino a vivir el drama de sus propios países.

Texto: Rodrigo Soberanes

Fotos: Javier García

La mamá sabe cuidar sola a sus tres niños. Los ha traído junto a ella dentro de la Caravana Migrante durante 18 días recorriendo tres estados a pie y en camiones de carga, y nunca los ha perdido de vista ni se le han enfermado.

En Ciudad Isla, Veracruz, la Caravana se salió de control al verse en un lugar peligroso y alejado de la ruta migrante donde nunca debieron estar. Ella y sus tres hijos estaban dentro de un remolino humano que quería salir de ahí en estampida pero no perdieron la calma.

Eran decenas de personas -bebés, niños y adultos- hacinándose en cada camión o camioneta que ser acercaba. La mamá y los hijos se apartaron y buscaron un lugar seguro con las personas más tranquilas y organizadas. Es así como han logrado llegar hasta este punto del camino.

La mamá se llama Karen Martínez, es hondureña y tiene 26 años. Carga con las medicinas necesarias entre sus ropas para cuidarle el estómago, la cabeza y los pies a sus hijos Daniel de 8, Ángel con 4 y Julia de sólo 2 años de edad, porque es así como van a llegar sanos a Tijuana y después a San Diego, California.

Ella cuenta que solicitó refugio hace cuatro meses en la Comisión Nacional de Ayuda al Migrante (COMAR) en Tapachula, Chiapas, y su trámite se retrasó hasta que escuchó que se acercaba una caravana de migrantes desde su país y decidió unirse a la marcha multitudinaria.

“Yo estaba en Tapachula y se regó la bulla de que venía la Caravana, me fui a Ciudad Hidalgo, me voy y empecé con ellos a luchar”, narró Karen Martínez.

Era una ola de unas 2500 personas que, al cruzar la frontera de Guatemala y México, se volvió un tsunami de aproximadamente 8,000 mil inmigrantes que se reunieron en Ciudad Hidalgo, en el municipio de Suchiate. Ahí llegaron Karen, Daniel, Ángel y Julia.

La cifra de niñas y niños viajando en la Caravana Migrante han ido variando. Antes de la desbandada ocurrida en Isla, el gobierno de Veracruz calculó que el total de personas era de 5,000 personas y organizaciones hablaban de 800 niños llegados a ese lugar.

“Mis hijos no han pasado de enfermarse de la tos”, contó Karen, originaria de Puerto Cortés, ciudad ubicada en la costa norte del caribe hondureño, donde vendía comida, sin lograr las lempiras (es la moneda de Honduras) suficientes para comprar la canasta básica, y además vivía a expensas de la delincuencia causada por las pandillas.

En Isla, como en el resto del recorrido, la presencia de niñas, niños y bebés se nota a primera vista a donde se ponga la mirada. Es un éxodo con una marcada presencia de familias expuestas a enfermedades, cansancio extremo y riesgos por la inseguridad. Pasan pruebas difíciles de explicar, pero lo hacen porque prefieren eso a lo que dejaron atrás.

Cuando estaba sucediendo la desbandada de la Caravana Migrante, un joven estadounidense identificado como integrante de la organización Pueblos sin Fronteras tomó un altavoz y logró contener un poco los ánimos de fuga de la gente con información de las distancias de los posibles recorridos, y también de inseguridad.

Dijo que después de Isla están “los pueblitos más peligrosos del país” y preguntó: ¿han oído de las fosas clandestinas? No sé qué hacer, pueden arriesgar la vida si quieren pero si quieren seguridad con el grupo, es aquí”.

En uno de esos pueblitos “peligrosos” decenas de familias vieron pasar “muchos niños” y por eso decidieron vaciar sus despensas para preparar comida y ponerla en mesas a la orilla de la carretera. Los tráileres y las camionetas iban parando en parajes con casas humildes y sus habitantes ofreciendo, por lo menos, bolsas con agua y frijoles.

Karen Martínez no recibió esa información y se quedó con la imagen de las fosas clandestinas. “No sé por qué llegamos acá, desde que salimos de allá era llegar a Puebla. Me siento poco nerviosa, la mera verdad. Es primera vez que yo salgo, es una experiencia nueva que estoy agarrando”.

La mamá decidió no seguir y se llevó a sus hijos pegaditos a sus piernas, despacio, hacia un albergue instalado en Ciudad Isla, mientras seguían llegando camiones que ofrecían pasaje a donde fuera: Loma Bonita, Córdoba, Puebla o Ciudad de México, donde este domingo comenzó a tomar forma de nuevo esta histórica Caravana Migrante.

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