Clamor de la madre tierra, clamor del pueblo

Por Fernando Limón Aguirre (*)

 

7 años de Lucha y Resistencia” Marcha del Consejo Autónomo Regional de la Zona Costa de Chiapas. Foto: Radio Pozol

7 años de Lucha y Resistencia” Marcha del Consejo Autónomo Regional de la Zona Costa de Chiapas. Foto: Radio Pozol

 

Que su clamor sea escuchado. Que llegue a nuestras entrañas y nos conmueva a actuar, a cambiar y a transformar. Que nos dé ánimo y fuerza para entrar en su dolor y que sea atendido por todo mundo, por cada cual desde su corazón.

En mi último texto, sobre las exigencias indígenas, refería al hecho de que la exigencia del pobre, a diferencia de la del poderoso, evidencia desequilibrio e injusticia, y pone en cuestión el modo de existir social y de ser de cada cual. También apuntaba que tal exigencia, al provenir de la parte afectada por las condiciones imperantes, nos ofrece siempre una radiografía nítida de nuestra situación. En este sentido, podemos apreciar que las expresiones del pueblo que se manifiesta tienen la cualidad de permitirnos ver quiénes somos y cómo somos como sociedad.

Ahora hay múltiples movilizaciones de denuncia, expresiones de gente, grupos y sectores afectados. Sabemos de sobra que los medios, provenientes y defensores de los grupos encumbrados en el poder, se encargan machaconamente de hacernos sentir y pensar negativamente respecto de todas estas movilizaciones, con lo que nos dificultan el podernos ver a través de ellas como en un espejo y, en su caso, avergonzarnos de cómo somos.

Adentrándonos en nuestra reflexión sobre el clamor del pueblo, que da voz al clamor de nuestra madre tierra, remito a un sector importante de campesinas y campesinos de gran conciencia y de mucho amor, que al expresar su clamor proclama la vida desafiando el avasallamiento de la muerte y reclama justicia encarando los atropellos imperantes. Los gobiernos y la gente en su conjunto deben y debemos escuchar los tres: clamor, proclama y reclamo. La proclama, que nos advierte de nuevas posibilidades reales, nos anuncia lo alboral y, al mismo tiempo, nos invita a abrir los ojos, a escuchar con el corazón y, más aún, a sumarnos. El reclamo, que nos interpela sacudiendo nuestras conciencias e, igualmente, nos demanda coherencia. Y el clamor, que apela a nuestra humanidad y nos solicita conmovernos.

¿Quién clama? A diferencia de la exigencia, el clamor sólo proviene de quien se siente en desamparo y expresa angustia y necesidad. Se trata de una súplica que solicita un posicionamiento y demanda ayuda. Es esto lo que están haciendo nuestra madre tierra y el pueblo. Pero, ¿cómo puede enterarse la gente? ¿Cómo sabrán quienes han alejado su corazón del de la madre tierra que ésta está clamando? ¿Cómo llegará su clamor a quien dominado por ideas egoístas y manipulado por los medios desprecia las manifestaciones del pueblo?

Primeramente urge que digamos basta a nuestra insensibilidad y a nuestra indolencia. Pero urgen también más portavoces de la madre tierra, para que su clamor llegue a los oídos y al corazón de todo el mundo. Sí que los ha habido y que los hay: están las y los ecologistas y también las y los campesinos que sin dejarse ir por la corriente de la modernidad, la racionalidad utilitaria y la lógica científica no apartan su atención a lo que vive la madre tierra.

Los ecologistas normalmente encuentran modos para hacerse escuchar. Dada su posición de clase encuentran aliados en los circuitos del poder y así, desde su lugar y entendimiento, expresan su palabra. En cambio, al campesinado consciente y sensible a los dolores de la madre tierra normalmente se le cierran esas vías. Mas sépase que su palabra es de una energía enorme por la potencia de su coherencia, la fuerza de su humildad, su acción consciente y su trabajo cotidiano, así como por el origen de su grito en el dolor y el desprecio, que son semejantes a los que padece la madre tierra. Su clamor, por tanto, conlleva tanto su angustia y necesidad, como las de la madre tierra.

Pero, ¿qué tipo de corazón habría de hacerse sordo e insensible a tal clamor? El corazón de piedra, el corazón del indolente, el de quien ya no se hace partícipe conscientemente de esta comunidad de vida humana que somos y que vivimos sobre la faz de nuestra madre tierra.

Y, pues, ¿cuál es ese clamor? Contundente: ¡Se está despreciando, maltratando y explotando a nuestra madre tierra, además de propiciando y favoreciendo su acaparamiento! El desprecio está en la preponderancia del interés por el dinero, en ver a la tierra como objeto y como mercancía, en la lógica del monocultivo extensivo, la propagación invasiva de semillas transgénicas y otros organismos genéticamente modificados, el desprecio por los sitios sagrados, la no actuación ante la erosión, las vías y caminos que, rompiendo corredores biológicos, se vuelven barreras infranqueables para las especies.

El maltrato está en el uso indiscriminado de agroquímicos, la deforestación, los incendios, la tecnología basada en la lógica de dominio y control de todo lo existente, la contaminación de aire, agua y suelos, la cantidad de desechos y basura sin manejo adecuado —particularmente los desechos contaminantes de suelos, cuerpos de agua y mantos acuíferos—, los megaproyectos devastadores de amplias extensiones de tierra y demoledores de la biodiversidad. La explotación se aprecia en la voracidad de las mineras, en la ganadería extensiva y en todos los proyectos de extracción indiscriminada sea de elementos del suelo, del subsuelo, del agua, o de todo tipo de especies biológicas.

El acaparamiento se concreta en el desquebrajamiento de territorios indígenas, la adversidad hacia los territorios comunitarios, la privatización de tierras mediante entregas, ventas y concesiones a capitales privados, consorcios hoteleros, inmobiliarios, etc. En resumen: afectación, dolor y muerte que alcanzan y amenazan a todos los organismos vivos que habitan en la madre tierra, incluida desde luego la comunidad humana (baste con ver los problemas de salud pública por el tipo de “alimentos” que nos llevamos a la boca). Nuestro modo de vivir consumista, haragán, egoísta e interesado en las ganancias económicas, es cómplice, soporte, causa y consecuencia de este proyecto de muerte.

El pueblo campesino nos lo está advirtiendo y, prestando su voz y su cuerpo, está expresando este clamor. Al hacerlo, campesinas y campesinos ponen su vida en riesgo, incluso la pierden o son hostigados y amenazados. Las grandes empresas, las “ganonas” de todo esto, que hacen sufrir a la madre tierra por sus negocios y su ambición, intentan acallar este clamor por todos los medios; y no se tientan el corazón porque no tienen.

Corresponde a quienes sí tenemos corazón escuchar este clamor, no impedir que llegue a nuestras entrañas y ¡actuar! El meollo está en replantear nuestro modo de vida y cambiarlo, analizando bien todo lo que consumimos, tomando conciencia lo más posible de todo su proceso, de la cadena de trabajos y servicios que permiten que nosotros lo podamos adquirir, del lugar donde lo conseguimos, de lo que ocurre con los desechos y, sobre todo, de su origen en la explotación de la madre tierra y de las personas implicadas a lo largo de tal proceso.

Es de confiar que de saber bien y tomar conciencia de todo este proceso, muy probablemente deseemos y nos animemos a hacer algunos cambios, que nos permitan vivir personal y socialmente de manera más acorde a lo natural y a un verdadero plan de vida, distanciados lo más posible de las lógicas perversas de muerte que nos someten y agobian, a nosotros y a nuestra madre tierra.

Ah, y que no se olvide este otro clamor: ¡libertad al profesor Alberto Patishtán!

(*) Investigador de El Colegio de la Frontera Sur en la Unidad San Cristóbal

 

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