Violencia y legalización de las drogas

El viernes 23 de abril de 2010, en la Universidad de Alcalá de Henares, le fue adjudicado el Premio Cervantes al mexicano José Emilio Pacheco por los reyes de España. El escritor comentó acerca del México de la violencia: “La nube de ceniza que se cierne sobre Europa me tuvo sin saber si podría venir, pero eso no es nada al lado de la violencia que sufre México. Lo terrible es que va ocupando hasta los oasis. Piensen en Cuernavaca, un lugar al que la gente iba a descansar. Siempre se decía que era la ciudad de la eterna primavera. Hoy se dice que es la ciudad de la eterna balacera. Se ha vuelto tan terrible como Ciudad Juárez.” (El País, 20/04/2010).

La violencia actual es una especie de hidra de mil cabezas, que en México se ha agudizado y abarcado espacios inimaginables hace algunos años. Se vive una especie de guerra civil entre el narco, la delincuencia común y el Estado (parte de éste a favor de los primeros también: los infiltrados y corruptos).

La violencia del narcotráfico ha logrado infiltrar a las instituciones destinadas a combatirlas e incluso a la DEA, la embajada de Estados Unidos, los guardias presidenciales de Los Pinos, el Ejército, las policías, los partidos políticos, etcétera.

En México la violencia se ha convertido en algo tan cotidiano que ha cobrado vida propia y está pasando a dominar todas las esferas de la vida social, tendiendo a reciclarse y reproducirse, hasta que anida en la cultura de los pueblos y se reproduce como un proceso colectivo. Hoy que a uno lo asalten es normal y lo único que se balbucea: “¡Bueno que no te pasó nada!” y en verdad en esas circunstancias se agradece que no le pase a uno nada más que el asalto; otros no corren con la misma suerte. El miedo se va apoderando de la sociedad, pues los secuestros, los asaltos, los descabezados, las granadas, etcétera, son pan de cada día.

Mariguana En México el narcotráfico y el consumo de drogas duras ha transformado significativamente la vida de los barrios, de las colonias, de los pueblos, de las ciudades y el tráfico de estupefacientes y de personas, los secuestros y los robos crean condiciones para que los delincuentes se conviertan en élite empresarial local, lo que les da acceso a niveles de vida insospechados, más en lugares donde son escasas las vías para acceder a la movilidad social y al desarrollo económico. Para los delincuentes la vida es corta, cruel y salvaje; hoy es una falacia decir que somos país de tránsito; también, aunque duela reconocerlo, somos un país consumidor de drogas duras. Estas nuevas formas que adopta la violencia en México cobra dimensiones insospechadas, son resultado de años de postración económica, de desideologización, de consumismo, de individualismo, de telecracia, etcétera, y se les debe ver no sólo en el ámbito policial sino también como una problemática social y cultural, más social y cultural que policial.

Los espacios públicos de socialización (parques, por ejemplo) van cediendo su lugar a los shopping center (espacios cerrados que en algunos casos cobran hasta estacionamiento), en el caso de Tuxtla (plazas Cristal, del Sol y otras), los ricos se van aislando en su mundo, en privadas, que pretenden protegerlos de la violencia de cualquier tipo y los pobres se ven obligados a vivir en barrios miserables en las orillas de las ciudades. La violencia está convirtiendo a México en un Guanajuato de José Alfredo, donde la vida no vale nada; en Europa los medios nos pintan como bárbaros.

Para un sector de la izquierda los delincuentes no son victimarios sino víctimas de la injusticia social, lo cual supone que la seguridad sólo se resuelve si se remedia la pobreza; sin embargo, el gobierno venezolano ha realizado inversiones sociales enormes y el crimen y la violencia se han multiplicado. Para la extrema derecha, por su parte, la seguridad es un problema de efectividad para castigar e incluso eliminar delincuentes, como pasaba en Brasil con los escuadrones de la muerte que mataban niños de la calle, pero las políticas represivas terminan multiplicando la fuerza social del delito y convirtiendo en delincuentes a los policías y fuerzas encargadas de combatirlos. La seguridad es un tema que requiere diferentes políticas de prevención, disuasión y represión, nunca hay una sola vía.

La lucha contra la pobreza es importante pero más lo son la exclusión y la segmentación de la sociedad, pues hay sociedades pobres con bajos niveles de violencia y ricas con altos. Es decir, luchar contra la pobreza es una condición necesaria pero no suficiente.

La violencia desatada fundamentalmente en nuestras ciudades escapa a la clasificación formal tradicional de los grupos organizados y se ubica en conjuntos sociales a veces heterogéneos, que imponen con sus acciones y su modo de delinquir la manera de la coexistencia en nuestras urbes. El científico ruso Ilya Prigogine (Premio Nobel de Química), creador del concepto de estructuras disipativas (constituyen la aparición de órdenes coherentes, autoorganizados en sistemas alejados del equilibrio, que es el antecedente de los sistemas complejos o de la teoría del caos), explica este fenómeno con la categoría de anomia sociológicamente trabajada; éstas serían estructuras que sin tener la relevancia en la determinación por el peso que juegan en la economía y la vida política se suceden con más regularidad de la pensada en la determinación de la vida de nuestras sociedades. Así pues, estamos ante una violencia que, lejos de ser una tendencia el que pudiera aspirarse a su desaparición o disminución, se ha transformado en una conducta que estaría pasando a formar parte de la cultura de nuestros pueblos.

La violencia toca a las puertas de nuestras ciudades, barrios, colonias, centros de trabajo, etcétera, y es necesario combatirla en tres niveles: prevención, disuasión y represión, pero hay que luchar contra la corrupción de los cuerpos encargados de combatirla y luchar en el mediano plazo contra la pobreza, la exclusión y la segmentación social y desarrollar una política cultural amplia contra la violencia.

La sola legalización de las drogas, aunque se hiciera también en Estados Unidos, no serían la solución, como fue en la época de la prohibición de alcoholes, pues los cárteles han evolucionado a otros negocios que van desde el secuestro, el tráfico de personas, la extorsión, la prostitución, el juego, etcétera. Es una especie de sociedad red. La legalización de las drogas podría ser una medida entre muchas, pero no la única, y se tendría que dar también en Estados Unidos y Europa, los principales mercados.

El neoliberalismo es un monumental fracaso económico; ha sido un éxito en el plano ideológico al fomentar el individualismo como valor supremo y el enriquecerse en sinónimo del éxito; lo mismo promueven los monopolios televisivos que en medio de tanta pobreza y desigualdad un mundo idílico al que muchos quieren acceder y donde algunos ven en la delincuencia una vía que se le niega desde la sociedad excluyente en la que viven. Debemos considerar que esto puede estar detrás de tales problemas sociales. El sistema educativo en todos sus niveles debe incorporar en su currícula la cultura de tolerancia, el respeto al medio ambiente y los derechos humanos y lo mismo deben difundir los medios para ir formando ciudadanos con valores que hagan contrapeso a la violencia que se enseñorea en nuestras tierras. Hay que tomarse en serio este problema desde el gobierno y la sociedad, pues si no nos hundiremos como en arenas movedizas. La guerra que hoy se libra fue la estrategia deliberada del gobierno de Calderón para tratar de legitimarse en el poder, legitimidad que no le daban las urnas. Hoy esa estrategia absurda de Calderón continúa en el gobierno de Peña Nieto, con menor difusión en los medios. En México se está librando una guerra que no quieren librar los estadunidenses en su territorio.

La violencia puede tener costos económicos insospechados, pues, si los capitales invertidos en México decidieran irse del país, se crearía una situación insostenible desde el punto de vista económico y no llevaría a una devaluación importante de la moneda que nos empobrecería más de golpe y porrazo. En síntesis, el debate sobre este tema debe ser de ideas, porque he leído algunas que, aunque edulcoradas por una buena pluma, son simples y atrasadas, nos remiten al aldeanismo.

Las drogas se deben legalizar en todas partes, pero fundamentalmente en las naciones ricas que son los principales mercados. El debate que surgió en la ciudad de México es interesante y esperemos que pongan el ejemplo y sitúen a la ciudad en la vanguardia de América Latina en materia de libertades.

 

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