Se fue doña Eva

 

Eva

Eva

 

Sí, Evangelina Escamilla López, mi madre, se fue a los 85 años. Nació en Tlalpujahua de Rayón, Michoacán. Cerca de las minas de oro Tres Estrellas. Explotación de una empresa gringa  que mató a Epigmenio Morquecho, mi abuelo paterno, pues el indio prieto mal encarado era minero. No lo conocí. Murió cuando mi padre tenía un año.

Doña Eva se creció en Santa María. Un pequeño poblado apenas de una calle. No pasó de tercero de primaria. Aprendió a leer, a escribir y capaz que sólo sabía sumar y restar. Contaba que ayudó a mi abuelo, Onésimo Escamilla, a plantar y regar un montón de cipreses ahí en su terrenito. El lugar donde vivió mi madre es lindo. Cerca de onde las Monarcas y con arto maguey pulquero. Por cierto, buena el agua de las verdes matas, encanto y bebida preferida del abuelo.

Lo que sigue es gracias a mi querida Adela. Ella me ayudó a recordar a mi madre. Me dijo, te acuerdas de los frascos de mole que nos regaló y nos zampamos. Recordó las gorditas de nata, los flanes y el caramelo. Recordó que por estas fechas, hace 35 años, doña Eva, Ramón y Ernesto nos trajeron a Chiapas en su Cumbis. Veníamos Adela, Oscar, Camilo, Chepe y yo. Adela me contó que disfrutó mucho ese viaje. Un viaje que ha sido largo y que aún no termina.

A doña Eva le gustaba  el beis bol. Contaba de las lamas. Los desechos de la mina que contaminaban las aguas y se acumulaban en una represa que un día reventó y arrasó el viejo Tlalpujahua. Sólo el muro donde estaba la Virgen del Carmen quedó en pie. Cuando las lamas bajaron, los mineros cortaron la tapia, rescataron la imagen y la llevaron al nuevo y bello templo donde hasta ahora es venerada.

El señor Kapital obligo a doña Eva a emigrar a la Gran Ciudad de México. Se fue a refugiar en casa de mi tía Socorro. Pronto su padre, mi abuelo, se hizo obrero. Fue electricista en la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. Sí, del Sindicato Mexicano de Electricistas, como después, mis tíos y primos, a los que el hijo de puta de Calderón dejó sin trabajo. Era bueno el viejo para la chamba.

Es muy probable que en casa de mi tía Socorro mi madre haya conocido a Isaac Morquecho, mi padre. Que también se nació en Tlalpujahua pero se creció en Tarandacuao, Guanajuato. Ese señor, cuando la Segunda Guerra, se fue de bracero a la pisca de naranja en Los Ángeles California. Le fue bien. Creo. Hizo su casa en el D.F. Doña Eva y don Isaac se casaron e hicieron honor a su Clase, a la prole y tuvieron todos los hijos que Dios les mandó. Bueno un barón, yo y siete hijas: Blanca, Sofía, Esperanza, Alejandra, Guadalupe y – pa’cerrar con broche de oro -, las cuatas Laura y Lourdes.

Don Isaac se hizo obrero de la fábrica de refrescos Mundet y doña Eva pues, ama de casa, con toda la chinga que esto implica. Don Isaac se levantaba a la 6 de la mañana pues entraba a trabajar a las 7 y no pocas veces se quedaba a dobletear. Si trabajaba en el turno de la tarde se quedaba a velar en el tercero. A fines de semana se iba colgado en la parte trasera del camión pa’no pagar los 20 o 30 centavos de pasaje.

Doña Eva no paraba todo el día y parte de la noche. Dedicada a cuidar su casa. Que a su prole no le faltara nada. Doña Eva estaba presente en su patio lleno de plantas y de jaulas con periquitos, canarios y gorriones cantarines… Un día me traje a Chiapas un pequeño maguey de doña Eva. Eso fue hace un buen de años. Sobreviven sus renuevos y ahora Matías, el más pequeño de sus nietos -, los cuida con esmero.

Doña Eva estaba presente en su cocina y en su estufa de petróleo… en su trastero lleno de cucaras que había que lavar y pintar de blanco de vez en cuando… en la vieja máquina Singer que yo convertía en un juguete fantástico… en el viejo ropero onde tantas veces jugué y me escondí… en la cuna y sus resortes que tanto me divertían… en el viejo radio RCA y la programación de la W… en su viejo reloj de cuerda, en la Zenit en blanco y negro; en el viejo refri que al parecer aun funciona y que a saber que maniobras hizo doña Eva pa’poder comprarlo… en su comedor… su chifonier… en los viejos burós… En las enormes cazuelas de barro para el mole que colgaba por ahí… en sus jarros de barro… en su hornito para hacer roscas sabor naranja…

Entrado en comidas, puedo decir que nadie le ganaba en la cocina: Qué tal el mole, los huauzontles capeados en chile y el arroz. Ese arroz con almejas. El mole de olla. ¡¡¡Uta!!! Platillos de rechupete… los chiles rellenos… Rica era la sopa de fideo, las tortitas de papa, la pierna de cerdo al horno… Mmmmmta y qué decir del… ¡¡¡Guajolote relleno en Navidad!!! Solo el relleno era una delicia… Qué decir de los tacos fritos, los sopes, los chilaquiles o la sopa de tortilla después de recortarlas y secar las tiras al sol.  Siempre hubo comida, buena y abundante. Mamá veía cómo le hacía.

Doña Eva, buena pa’la costura, el bordado y el tejido… ¿A quién no le hizo y tejió su cobijita, su chambrita, su gorrito y su par de guantecitos con su listón para ajustarlos? Su ritual para el baño de sus hijas… calentar el agua con hojas de lechuga… sellar y calentar el cuarto con un poco de alcohol encendido… planchar la ropita y guardarla en su seno pa’que no se enfriara… echarle un chorrito de alcohol al agua por aquello de las recochinas dudas… tocar el agua con el codo… envolver a la criatura y encomendarse a Dios antes de empezar a lavar la cabecita… no dejaba de pedirle a Dios… terminaba envolviéndonos como taco, la mamila, unos cantos… a la rorro niña a la rorro ya, duérmete mi niña, duérmete ya ya…a la aaaá… a la eeeé… a la iiií… con una palmadita en la nalgas y… a dormir.

Buena también  pa’la cantada…

 

Han nacido en mi rancho dos arbolitos…

dos arbolitos que parecen gemelos

y desde mi casita los veo solitos

bajo el amparo santo y lo azul del cielo

 

También le cantaba a Michoacán

 

Ay pero que lindo

Que lindo es Michoacán

Tú si tienes de que presumir

Tus playas azules

Tus campos dorados

Y esa tierra linda donde yo nací

 

Atenta para que todas mis hermanas y yo fuéramos a la escuela, forzó a mi padre para sacarnos de la primaria oficial 24 de febrero y nos metiera a la escuela de paga en el Instituto Renacimiento. Bueno ya no hubo de paga pa’ las más chicas. A diferencia de mi papá que a saber de onde salió con sus cosas anarquistas… quizá del sindicato… y que le echaba a los curas, mi madre era muy creyente. Feliz estaba cuando entré a estudiar la secundaria con los salesianos. En una de esas hasta cura me hacía. Saber por qué, a lo mejor ternura, pero tengo una imagen de ella sentada en un viejo sofá viendo la tele y en cada uno de sus lados se embarraban las pequeñas Laura y Lourdes.

Después entré en la prepa de la UNAM y llegó el destrampe. Perdí la beca de la Mundet. Luego vino el 68. Al principio mi padre me animaba a participar pero cuando vio las cosas duras intentó retenerme. Total después de la masacre en Tlatelolco, el 3 de Octubre, yo estaba en los sótanos de la Jefatura de Policía junto con un centenar de jóvenes. Quince días después, en una celda del porfiriano Palacio Negro de Lecumberri. Una vez que doña Eva se enteró de cómo podía hacer llegar la comida no faltó un solo día. Pa’como era la señora, mandaba pa’ los 3 ó 4 compañeros de celda.

Salí de la prepa y fui a parar a la Escuela Nacional de Arquitectura – UNAM. A principios de la década de 1970, mientras algunos de los compañeros andaban en la guerrilla otros andábamos con lo del Autogobierno de Arquitectura. Para Chiapas  hicimos proyectos de vivienda indígena. Pasamos y sobrevivimos la matanza del 10 de junio en San Cosme y por ahí del 72 un grupo de tres nos vinimos a Huixtán para materializar los proyectos de vivienda. Pues hasta allá fue a parar doña Eva pues las viejas chismosas,sus vecinas, la molestaban e inquietaban diciéndole que yo andaba de guerrillero. Llegó al ejido y pa’ su sorpresa se encontró que lo que hacíamos era algo trabajoso pero más simple: batíamos lodo para hacer adobes y tejas. Se regresó tranquila.

Volví a México por ahí del 73 y los de la Organización me mandaron al trabajo popular. Fui a parar a los pedregales de Héroes de Padierna. Ahí me enamoró o me enamoré de Adela y nos fuimos con Oscarín a vivir a las piedras en un cuartito de madera de cuatro por cuatro y techo de lámina de cartón. Pues hasta allá fue doña Eva a vernos. Se regresó muy triste y llorando de ver nuestra casita. En 1974 la Organización me mandó a hacer trabajo en las colonias de Monterrey. Don Isaac y doña Eva se fueron a vivir al pueblito de Santa María. Para eso diseñé una casa y con mi padre fui a conocer el terreno. Lindo lugar. Al norte lo limita un arroyo y al oriente hay un manantial. Levantaron su casa y vivieron un tiempo. Doña Eva iba prácticamente cada fin de semana a ver a sus hijas que habían quedado en el D.F. hasta que por fin retornaron  los dos.

En 1979 regresé a Chiapas. La casa de doña Eva siempre estuvo abierta cuando llegaba con compañeros indígenas que tenían que hacer un trámite agrario o ver otros asuntos en la Capital. Era un lugar para el descanso y el dormir para mis y los comisionados. Alguna vez también fue refugio de guatemaltecos que huían de la guerra. Para los que llegábamos siempre hubo un plato en la mesa de doña Eva.

Yo iba poco a México, a la capirucha. Este año, regresando de India, por ahí de la segunda quincena de Marzo fui a casa de doña Eva. La cuidaban y atendían Sofía y Esperanza. La vi, le besé en la frente  y me preparé. Como en la segunda semana de Junio me enteré que perdimos al pequeño Eduardo y empezó mi duelo. Luego el domingo 22 de junio, como a las 22.20 recibí un mensaje de mi hermana Lupe que decía. Hermano doña Eva se puso malita y falleció.

Se había ido doña Eva.

Al final, mamá hizo de las suyas y nos acercó a papá, a mis hermanas, a la familia.

 

¡¡¡Gracias por todo, doña Eva!!!

¡¡¡Tus nietas y nietos te recuerdan con mucho cariño!!!

¡¡¡Te queremos!!!

¡¡¡Te quiero!!!

 

29 de Junio de 2014.

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