Definición de títere

"Títere de mi corazón" de Omar Torres

«Títere de mi corazón» de Omar Torres

 

La palabra en sí suena a lo que es, suena a circo, a ronda infantil: ta te ti ti te re. Es una palabra chunga, changa. Nadie puede tomarla en serio, por esto, algunos adultos dicen que no permiten ser títeres de alguien. ¡Bobitos! No saben que todo mundo es títere de alguien. ¿Realmente el Presidente de una República es el poder omnímodo? ¡No!, siempre hay alguien por encima de otro alguien. He visto a poderosos plegarse ante, por ejemplo, el Fondo Monetario Internacional.

El títere clásico es el de hilos, pero ahora existen hasta de guante. Se trata de divertir al público. Piensen en su político de cabecera, en el de confianza y podrán verlo como un títere. Piensen en su vecino y podrán verlo como un títere. Véanse en un espejo y vean si son de guante, de felpa, de hilos o de yeso. Porque ustedes sabrán que incluso hay títeres de yeso, son casi casi como lápidas, como zombis.

¿Para qué el inventor del títere lo inventó? Para recordarnos de la fragilidad humana y de la inutilidad de la vida. El hombre más poderoso de la Tierra se doblega ante, por ejemplo, la fuerza de la naturaleza. El hombre sabio reconoce que algo más fuerte está por encima de su voluntad y puede hacerlo talco en un instante azaroso.

Yo tuve un tío que era titiritero. Llegaba a la casa, montaba un pequeño escenario de tela, madera y serie de focos de navidad y nos convocaba a la función. Todos los niños del barrio llegaban puntualmente, se sentaban sobre el piso de ladrillos y esperaban con emoción el inicio del programa. A las seis en punto, el tío anunciaba el nombre de la obra y todos los niños aplaudíamos y guardábamos silencio. El tío sonaba un trompetín y aparecía un toro escuálido que se movía lentamente a través de hilos. Por el otro lado del escenario salía un torero, igual de escuálido, con el traje de luces todo roído, tan roído que daba la impresión de que todas las luces se le habían fundido. El toro se acercaba y, con paso de tortuga, embestía. Así unas dos o tres veces, hasta que el tío llamaba a su asistente y éste, desde atrás del escenario, con una tijera, cortaba los hilos, primero del toro y luego del torero. Ambas figuras se desgajaban y quedaban como muertas sobre el piso. Muchos niños mostraban su desencanto y se quedaban viendo en busca de una explicación; los más atrevidos se paraban, le mentaban la madre al tío y salían de casa.

Cuando todos los espectadores abandonaban la casa, el tío volvía a unir los hilos y los personajes retomaban la vida. Eran apenas unos hilos los que hacían la diferencia entre muñecos inertes y muñecos que parecían seres vivos. La vida no es más que esto. La diferencia están en los hilos.

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