¿Quién tiene en poder en México?

Imagen: Salvatore

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México no es un país pobre, es un país de pobres; de hecho nuestra economía es la número 13 a nivel mundial, pero aún así más de la mitad de la población vive en situación de pobreza mientras que el hombre más rico del mundo es mexicano. Esto se llama desigualdad.

El sistema económico en el que vivimos provoca eso: pobreza y desigualdad y lo más grave es que la brecha de esta desigualdad, con todo y los programas sociales actuales, en lugar de combatirla la va haciendo cada vez más amplia, es decir cada vez menos ricos más ricos y cada vez mayor número de pobres más pobres.

De acuerdo con la más reciente Encuesta Nacional de Ingreso Gasto en los Hogares (ENIGH 2012) la mitad de los hogares más pobres del país tiene apenas el 20% del ingreso corriente del país, en tanto que el 10% de los hogares más ricos concentra el 35% de ese ingreso. Además el 1 % de las familias que mayores ingresos reportan obtiene en promedio 69 mil pesos al mes, este promedio en este pequeño grupo de aproximadamente 1.2 millones de habitantes se genera desde familias que perciben 11 mil pesos al mes hasta Carlos Slim.

La desigualdad es una barranca que nos divide, es quizá el rasgo más cruel de la injusticia que podemos ver en muchos aspectos de nuestra vida cotidiana, en la brutalidad de la pobreza urbana incluso por encima de la rural, esa que desarticula familias mandando principalmente a los varones a Estados Unidos a trabajar en circunstancias de desventaja.

Es la familia que pierde a un hijo por falta de atención médica, es la falta de oportunidades para los jóvenes que no encuentran esperanza de vida digna, es la frustración y el hartazgo que se canaliza a través de protestas y revueltas sociales a veces carentes de lógica pero llenas de razones.

Es la imposibilidad inmediata de cambiar lo que no nos gusta porque los mecanismos de cambio están controlados por quienes están interesados en que el país no cambie, o más bien que las cosas cambien para seguir igual.

La estructura del poder político y económico, además del narcopoder, son las que se esfuerza cotidianamente por mantener intacto ese andamiaje que les garantiza futuro y de fomentar y patrocinar el río revuelto que les genera tanta riqueza y poder.

A diferencia de los años en los que el poder económico estaba al servicio del poder político, cuando el Tigre Azcárraga se decía ser un soldado del PRI, en estos nuevos tiempos las relaciones de poder se han invertido; es decir, el poder económico y narcoeconómico manda sobre el poder político, por eso son ellos quienes ahora imponen, financian y patrocinan a los candidatos gobiernos que son afines a sus intereses.

De otro modo, como dice Macario Schettino en su más reciente artículo en la revista Forbes, “si los candidatos sólo pudieran acceder a recursos públicos, un aspirante a diputado federal, por ejemplo, tendía solamente 70 mil pesos al mes para financiar su campaña”, pero se calcula que en una campaña ganadora se gastan cuando menos 5 millones de pesos.

¿Quién en su sano juicio estaría dispuesto a invertir esos 5 millones por un salario mensual neto de 75,379 pesos al mes, es decir, poco más de la mitad de lo que ganaría en los tres años de gestión?

Esa es parte operativa de la principal estructura que mantiene las cosas como están; con fieles representantes, sí, pero de los intereses de los poderes fácticos; con reformas estructurales sí, pero que no caminan; con leyes anticorrupción sí, pero en las que nadie cree; con leyes patito que sólo sirven para promocionarse en campaña, etc.

El cambio en este país no lo van a hacer ni los políticos, ni los gobiernos ni los dueños del dinero, ¿por qué habrían de atentar contra sí mismos? No, el cambio lo tenemos que hacer nosotros, los ciudadanos.

@amadoavendanov

amado.avendano@mathesis.mx

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