El valor de los informes

Pasado el informe presidencial, el alud de críticas no se hizo esperar. La mayoría con un argumento reiterado y casi gregario en la opinión: la separación entre un mundo real y otro irreal, este último reflejado en el informe del Presidente de la República, Enrique Peña Nieto.

No dudo que lo expresado por la mayor parte de comentaristas e intelectuales mexicanos sea cierto, puesto que todos los informes, de la naturaleza que sean, deben destacar logros más allá de las conocidas carencias o errores de cualquier gestión. Dicho esto las siguientes líneas no son un panegírico de lo expuesto por el Presidente, sino más bien una reflexión sobre el papel de los informes de labores en la actualidad.

México, pero no es el único país, ha construido una tradición de rendimiento de cuentas de funcionarios, de muy diversas instituciones, a través de informes públicos. Hecho loable, si se quiere, pero que a fuer de repetirse sin cambios sustanciales se convierte en un ejercicio de ritualidad malsano si no existe una contraparte directa a los mismos. Es decir, hoy en día nos encontramos con discursos que no pueden, en el tiempo otorgado para la lectura, más que resaltar o ensalzar el trabajo realizado durante un año. Y nadie se llame a engaños, éste no puede ser más que positivo, o alguien en cualquier trabajo que realice señalará únicamente sus carencias si es escuchado por muchos o pocos observadores? Piénsenlo.

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Por lo tanto, lo que se debe, más que criticar únicamente los informes es señalar su carácter obsoleto y, por ello mismo, la necesidad de revisar su formato.

Dos propuestas pueden pensarse para ello, aunque sin duda serían un ejercicio de apertura democrática que es difícil que todo el mundo acepte, y repito que no solo rinden informe los políticos en este país. El primero, y estando en la era digital, es hacer públicos los avances de trabajo en relación a las propuestas o programas. Un seguimiento puntual de los medios de comunicación o interesados puede facilitar los cuestionamientos posteriores si los datos no se apegan a la realidad. Otra cosa es poner en entredicho las decisiones tomadas, pero ello trasciende el ámbito de informar de los avances puesto que se relaciona con posicionamientos políticos que deben discutirse en otros espacios, como es el Congreso de la Unión si se trata del informe presidencial.

El segundo, que se enriquecería del anterior, es realizar debates posteriores a la entrega de los informes. Cualquier país o institución que se precie de democrática tiene la obligación de replicar políticas, acciones o tomas de decisión de quienes se encuentren ejerciendo el poder. Nunca será fácil la coincidencia, insisto, si los enfoques e idearios políticos son distintos, pero no hay que perder el piso por ello y lo que se debe exigir es eficiencia en las acciones, además de la consabida, y casi nunca cumplida, honestidad.

En México el debate asusta y se prefiere continuar con informes convertidos en simulaciones que son contrarrestados, como también parece ritual, por críticas que si no son desbocadas dejan de serlo. La democracia es un aprendizaje, no una palabra comodín, y todos debemos aprender si realmente se desean transformaciones en el país a través de las políticas públicas.

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