El rock tsotsiL: Estereotipos sobre otro modo de hacer música

El rock tsotsil[1]: Estereotipos sobre otro modo de hacer música

 

Por Luis Fernando Bolaños Gordillo[2]

 

 Aquí la tentación del narcisismo es tanto más fascinante en la medi­da en que parece expresar la ley común: hacer como los demás para ser uno mismo.

Marc Augé (Los no lugares)

 

La delimitación de temas de investigación en las ciencias sociales no está exenta de la construc­ción unilateral y romántica de lo novedoso, lo extraordinario, lo que rebasa la cotidianidad, en síntesis, de lo exótico. En ese encuadre metodológico, el observador, aún sin comprender el territo­rio simbólico y las historias de vida, traza ejes de análisis arbitrarios que provocan que los suje­tos observados aparezcan como “únicos”, “extraordinarios” e “interesantes”.

Pareciera que el acto narcisista de pensarse a sí mismos pudiera aplicarse de igual forma a la facultad de pensar a los demás, como si se tratase de dotar a la experiencia de investigación de un halo teatral donde los actores sociales protagonizan hechos espectaculares no esperados que resultan asombrosos ante la pretenciosa mirada metodológica.

El rock hecho en Zinacantán no escapa a esa arbitrariedad metodológica y ha sido definido como “rock ét­nico”, “rock indígena” o “rock folklórico”, lo que realza un etnocentrismo en los análisis de esta dinámica cultural, que instala a estos jóvenes en un integracionismo musical que enarbola la bandera étnica para compartir elementos de su identidad.

“No estoy de acuerdo en llamarle rock indígena, porque todas las manifestaciones culturales ya sea en términos de músi­ca, pintura y danza, de ninguna manera deben de llevar etiquetas, ya que son expresiones y manifestaciones de gente que asume el sentido de lo que generan”, afirmó Omar López Espinosa, antropólo­go que dirige la Unidad Multidisciplinaria de Oxchuc de la Universidad Intercul­tural de Chiapas, al cuestionar los estereotipos generados desde la academia hacia estos jóvenes.

El problema del análisis del rock hecho en Zinacantán es de fronteras culturales y la otredad científica en su afán de describir y explicar al objeto de estudio con carencia de premisas teóricas y arbitrariedades metodológicas, aunadas a su particular percepción del rock como patrimonio occidental, soslayan que están ante un modo distinto de hacer música, con su propio estilo, musicalización, afinación (cuando se emplean instrumentos tradicionales) y procesos de autogestión y autopromoción, que no han sido abordados.

Esto trae como consecuencia que se vuelva un acto “prodigioso” que un joven tsotsil deje la milpa, tome la guitarra eléctrica, comparta sus canciones en su idioma originario en Youtube y aparte toque en distintas plazas nacionales. “Si el que toca es Aerosmith o Van Halen entonces sí es rock y si toca un zinacan­teco es rock indígena”, ironizó López Espinosa.

¿Es tan exótico ante los ojos de quienes investigan que un joven tsotsil requintee haciendo uso de un distor­sionador? Si el músico en cuestión fuese del extranjero, la Ciudad de México o San Cristóbal de Las Casas, el hecho no sería digno de investigarse, pero como lo hace un tsotsil, pareciera que eso da el toque “folklórico” para difundirlo a la comunidad académica. ¿Las etiquetas garantizan publicaciones indexadas o elogios en congresos?

“Pareciera que nos hemos convertido en conejillo de indias por to­car en nuestro idioma originario”, sostuvo Julián Hernández, requintista de Lumaltok. Para él es paradójico cargar con un estereotipo que genera que mucha gente vaya a verlos por curiosidad y no por su concepto musical.

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“El rock es cultura y siempre ha pegado en todas partes del mun­do y hasta en nuestras comunidades, gracias a lo que estamos haciendo, y claro que no se puede denominar rock indígena, pero gracias a esa etiqueta muchos se están acercando al género y permite que nos conozcan más”, agregó Moisés Pérez Pérez, baterista de esa banda.

Los análisis que se han hecho del rock zinacanteco carecen de bases etnomusicológicas que se centran en enfoques integracionistas, donde prevalecen los sentidos de fusión, sincretismo, integracionismo y asimilacionismo musical. Los rockeros tsotsiles son vistos desde dichos estereotipos como chavos que están explorando territorios musicales propios de una cultura distinta y no como músicos que componen desde otras perspectivas.

Tampoco basta afirmar que en estos jóvenes prevalece el espíritu antiquísimo de su cultura, que queman incienso en los conciertos, que portan la vestimenta originaria y que desean compartir elementos culturales desconocidos para el público. Es evidente la percepción académica de que hay un mundo distinto –moderno- al cual estos jóvenes han tenido la “oportunidad” de integrarse con su música y de paso reproducir elementos de la cultura hegemónica revolviéndolos con la original.

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Esta dicotomía occidental/indígena que es citada, reproducida, legitimada y aceptada como tal en la academia, propicia que la incursión de estos jóvenes en el rock sea un cuento de hadas en el cual viven en una burbuja mágica ancestral donde toman guitarra, bajo y batería, y cantan al mundo sobre su cultura ante la mirada sorprendida del investigador que pretende tener vela en este entierro etnocentrista agregando toques autonómicos que no logran hacer visibles las historias de vida de estos músicos.

Es evidente que se soslaya en este tipo de análisis las historias de vida,  motivaciones individuales para tocar rock, rupturas generacionales, vicisitudes que encuentran en el camino (incluidos los estereotipos provenientes de la investigación), la presencia de su cosmovisión en el momento de com­poner, la influencia de los medios de comunicación, las industrias culturales y de otras agrupaciones rockeras, la presencia que van cimentando en otros lugares del país, la construcción de su sentido autonómico y de resistencia, la posición que toman ante la familia, escuela, iglesias o autoridades tradicionales, su participación en movimientos sociales, su percepción sobre los usos y costumbres, etc.

Valeriano García, vocalista y gui­tarrista, de Yibel J’metik Banamil (Raíces de la Madre Tie-rra) afirma: “Queremos ver la posibilidad de hacer nueva música, siempre y cuando la raíz de nuestra cultura sea la que le dé sen­tido. Deseamos explorar qué posibilidades tiene la música tradi­cional para ofrecer un sonido novedoso. La música alegra el alma, el espíritu, porque cada nota penetra en el corazón, hasta de las personas más duras. Nos hace reflexionar sobre la vida, la cual hay que disfrutarla a través del amor, y sobre la muerte. Si se tiene amor se comparte con los demás, es como el agua y la tierra”.

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Pareciera que esa civilización negada de la que insistía Bon­fil Batalla (1987) intenta ser explicada desde la construcción de un esencialismo romántico que narra la relación entre un integracionismo musi­cal que describe la apropiación de instrumentos considerados como occidentales para hablar desde la cultura autóctona con procesos de transformación cultural y la endoculturación, olvidando en absoluto el papel que juega el contexto social.

En estos procesos se hacen categorías arbitrarias, se buscan explicaciones desde el re-descubrimiento de lo “étnico”, donde se insiste hasta la médula que estos músicos “adaptan” canciones y ritmos que no son los suyos y que se presentan en vivo a la usanza indígena para presentar su cultura.

Sak Tzevul crea la letra de sus canciones, las adapta y traduce al tzotzil. En los conciertos los integrantes se presentan con la ropa típica zinacanteca (sombrero de paja con cintas multico-lores, camisa y calzón de manta, una especie de capa multi­color y huaraches al estilo azteca); asimismo, preparan el esce­nario con la representación de un ritual maya en el que usan pitos, tambores, sonajas y caracoles (http://www.comie.org.mx/congreso/memoriaelectronica/v10/pdf/area_tematica_12/ponencias/0052-F.pdf)

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. Los análisis presentan a sujetos divididos entre la modernidad y el encapsulamiento cultural, la identidad rockera y la iden­tidad étnica, el empoderamiento y la subalternidad, la condición humana y una fantasía denominada “esencia étnico rockera”.

 

En esta sociedad agraria nos sorprende y llama la atención que exista un grupo de tzotziles                que se hayan organizado y luchado por defender y difundir un estilo musical al que le             denominan rock-fónico, que es una composición en su mayoría de música tradicional que                deviene de la música indígena mezclada con el rock y la música clásica, sin alteración en la         letra y ritmos tradicionales; lo tradicional se apropia de nuevos instrumentos y denota una          composición contemporánea con tintes e influencia extranjeras, de lo que deriva una        nueva música tradicional, como dice Damián Martínez: “se comparte el espíritu de la tierra zinacanteca por medio de tres metáforas musicales poniendo de manifiesto dos distintas                   emociones como lo alegórico y lo melancólico, sin perder el sentido espiritual de origen” (http://www.comie.org.mx/congreso/memoriaelectronica/v10/pdf/area_tematica_12/ponencias/0052-F.pdf)

“No hay nada diferente, tocar rock no te quita lo tsotsil, no te quita lo original que eres y esto lo traes tatuado en el corazón, no lo puedes sacar”, sostuvo Juan Javier Pérez Pérez, baterista de Yibel J’metik Banamil. Para él su música es un modo de reivindicar su cultura y no un cliché impuesto desde otros contextos. “La modernidad te aplasta si no reaccionas y nuestra música es un modo de decir aquí estamos y lo hacemos apegados a nuestra lengua y elementos culturales”.

Los análisis no abundan en cuestionamientos sobre el contexto de los inicios del rock zinacanteco, qué muestra de sus raíces, historia, tensiones, contradicciones, comple­jidades, transformaciones, escenarios, continuidades y hasta de las acusaciones de músicos tradicionales de mayor edad sobre que estos jóvenes venden la cultura. ¿Qué se dice de su participación en la promoción de un sentido de resisten­cia y, por el contrario, por qué se insiste en su desindianización por el simple hecho de tocar un género que no es originario de su municipio?

No obstante la importancia social del rock como música de ma­sas, en México      todavía representa un tema en el que aún tiene que dis­cutirse y analizarse el             entorno cultural donde se desenvuelve. En general, no existe un interés real por   visibilizar la música más importante de las juventudes del mundo, por eso siempre          se deben encontrar las posi­bilidades de incentivar la apertura de su discusión       (Zebadúa, 2011:13).

El escritor Javier Molina, apuntó en La Jornada:

Los jóvenes de San Juan Chamula abrieron el concierto. Interpretaron música tradicional, o bien, “otro tipo de rock”, como la llaman ellos. “A partir de ella hacemos recreaciones, utilizandolos mismos instrumentos; lo que cambia es el ritmo, el tiempo, la forma; cambia todo.” Es la antigua semilla que ahora se renueva, de acuerdo con los tiempos actuales (http://www.jornada.unam.mx/2010/05/05/espectaculos/a09n1esp)

Otro tipo de rock es una afirmación que describe a cabalidad las preferencias musicales de estos jóvenes que compiten en calidad tanto en interpretación como en contenidos, con otras agrupaciones chiapa­necas y nacionales. Haciendo un apunte extra al respecto, las agru­paciones rockeras de Zinacantán no tocan covers y la mayor parte de las bandas de Tuxtla Gutiérrez si lo hacen, lo que marca un asunto de originalidad que merece ser atendido.

La música y el rock son las expresiones culturales desde donde queremos mirar las diversas realidades sociales. Son un discurso que en las últimas dos décadas ―en Chiapas en general y en San Cristóbal de Las Casas en particular― ha ido construyendo posi­ciones que se quieren críticas para hacer conscientes asimetrías e injusticias sociales o la irresponsabilidad ambiental. Desde allí, desde los hacedores de la música, desde quienes la crean e inter­pretan, hay un discurso que pretende dimensionar la exclusión del mundo indígena, la “destrucción de la madre tierra” o verbali­zar el “ecocidio”. Se enfatiza en pro del pacifismo y en contra de procesos de militarización. Así, tenemos una especie de revival étnico desde el rock, un género que, aunque resignificado local­mente, es uno de los grandes hitos de la cultura de masas, de la industria cultural y de la globalización de buena parte del siglo XX y del nuevo milenio (Ascensio y López, 2012:707).

El tratamiento que se da en ciertos análisis al rock que se hace en Zinacantán marca fronteras culturales entre el investigador y los sujetos de estudio; hace falta un sentido humanista en el abordaje metodológico en el tema y dejar de lado los estereotipos que se han venido gestando desde el surgimiento de esta forma peculiar de hacer rock.

Estos estereotipos propician que estos jóvenes sean percibidos como “conejillos de indias” que están dando “sorpresas” al mundo aca­démico tocando rock, olvidándose de cultivar sus milpas, cuidar sus huertos o sus viveros: los han convertido en personas endoculturizadas e incluso como jóvenes urbanos con costumbres mestizas provocadas por las industrias culturales y las nuevas tecnologías.

Si el rock tiene un carácter universal, entonces ¿para qué estereotipar­los? Los adjetivos sobran y su uso no explica prácticamente nada; lo importante bajo mi punto de vista académico y musical, es que ellos hablan de cosas propias de su cultura y las desarrollan bajo su peculiar estilo. Salud por el rock hecho por los tsotsiles para todo aquel que los quiera escuchar sin prejuicios.

 

 

Referencias

 

 

[1] Escribo con “s” dicha palabra respetando la normalización lingüística que se viene desarrollando en ese idioma.

[2] Chiapa de Corzo, Chiapas (1970). Doctor en Ciencias Sociales y Humanísticas por el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (CESMECA) de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas; profesor e investigador de tiempo completo en la Licenciatura en Comunicación Intercultural de la Universidad Intercultural de Chiapas. Trabaja temas relacionados con las tribus urbanas, las identidades colectivas, la cultura de masas y la contracultura.

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