Un minuto de silencio con la Marsellesa de fondo

 

Tras los atentados de París del mes de noviembre de este año, gobiernos y sociedad civil de distintos países del mundo, han reaccionado con gestos de solidaridad hacia una ciudad, y un país, símbolo de Occidente por haberse llevado en su suelo un hito democratizador como fue la Revolución francesa de 1789. Lógica reacción frente al ataque indiscriminado a civiles, aunque por desgracia demasiados civiles mueren en el mundo constantemente.

Desentrañar el origen del radicalismo islámico es demasiado extenso para abordarlo en un breve artículo, pero no cabe duda que no es una situación coyuntural propiciada por unos trastornados o fanáticos, sino que involucra el juego geopolítico de las grandes potencias mundiales que inicia, tras el periodo colonial de oriente medio, con la guerra de Afganistán después de la invasión de la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

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En los eventos deportivos realizados después de los atentados, incluso en países como México, se guardó un minuto de silencio y sonó la Marsellesa, el himno francés creado en el periodo revolucionario del país cuando debió luchar contra la coalición de Estados monárquicos que veían amenazado su sistema político por los cambios radicales que se llevaban a cabo en suelo galo. Himno de guerra, como casi todos ellos, y que se convirtió en referente de los defensores del republicanismo en muchos lugares del mundo. Los ecos de la Marsellesa, libro del magnífico historiador Eric J. Hobsbawn, ilustra alguno de esos caminos de difusión del himno.

No cuestiono, ni lo haré nunca, guardar un minuto de silencio por víctimas inocentes, y mucho menos que suene la Marsellesa, himno al que viví ligado desde mi infancia, sin embargo habrá que repensar qué muertos merecen ser homenajeados y cuáles no? O si ello es realmente posible. Me explico. No estamos ajenos a derramamientos de sangre continuos e indiscriminados de forma constante. Atentados, guerras y luchas fraticidas llenan las noticias diarias o son tomadas como normales, dependiendo del lugar del mundo donde ocurran. Entre los muertos también los hay de primera categoría y de otras, dependiendo de su ubicación geográfica, adscripción religiosa o relevancia económica.

Minuto de silencio sí, pero minuto para todos. Es una cuestión de ética, aunque parece que esta no siempre es tomada en cuenta. Recuerdo una película de Steven Spielberg, La lista de Schindler, basada en una novela, donde el protagonista Oskar Schindler (Liam Neeson) salvó a más de mil judíos de los campos de concentración haciéndolos trabajar en su fábrica. En una de sus imágenes, cuando el tren está cargado de judíos que se dirigen a un campo de concentración, el empresario Schindler, junto a sus ayudantes judíos en la fábrica, salvan a algunos de los pasajeros. Situados en el andén el tren sigue su curso, con el resto de judíos destinados a no sobrevivir. Esta es una de las imágenes que puedo considerar menos ética del cine, puesto que la vida sólo era significativa para los salvados, y no para los que seguían el trayecto hacia los campos de concentración y exterminio.

Esa misma falta de ética se produce con los minutos de silencio, ojalá como sociedad repensemos estos hechos, cotidianos, pero por serlo no deben mandarse al baúl de los recuerdos, o mejor sería decir al de la auténtica discriminación entre seres humanos.

 

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