Definición de vidrio

Jugaba con la palabra vidrio, porque la separaba en dos sílabas: vi y drio. “¿Qué vi?”. Foto: blog.e-struc.com

Jugaba con la palabra vidrio, porque la separaba en dos sílabas: vi y drio. “¿Qué vi?”. Foto: blog.e-struc.com

 

El tío Romeo jugaba con la palabra vidrio. Nos reunía a todos los sobrinos (recuerdo de manera especial a Sara, quien era hija de la tía Úrsula, aunque nadie la recuerda ahora). Él se sentaba en una mecedora y nosotros a su derredor, en el piso de madera. Formábamos una media luna. Él tomaba un pedazo de cristal y nos decía que eso era un vidrio. Nosotros movíamos la cabeza y decíamos que sí. El cristal estaba pulido por sus extremos, así que no había peligro alguno, pero él nos decía que los vidrios sin pulir son peligrosos. Jugaba con la palabra vidrio, porque la separaba en dos sílabas: vi y drio. “¿Qué vi?”, nos preguntaba, mientras se ponía el vidrio frente a uno de sus ojos y hacía un barrido de izquierda a derecha. Nosotros debíamos decir qué había visto. “Vi”, decía, y nosotros completábamos. “Un ratón”, decía José y todos temblábamos como si tuviésemos miedo ante el animal. “Vi”. “Una rana”, decía Paco y todos saltábamos como si estuviésemos al lado de un charco. “Vi”. “Un cocodrilo” y nos ayudábamos con manos y pies para hacernos a un lado a fin de que el cocodrilo no nos tragara. Una tarde de invierno, el tío dijo: “Vi” y Sara completó: “Un ángel”. Todos aleteamos e hicimos como que volábamos. Sara se cubrió la cara con sus manos y lloró. Paco quiso retirarle las manos de su rostro, pero ella se resistió. “¿Qué te pasó?”, preguntó Mario, pero el tío Romeo dijo que la dejaran tranquila, que ya se repondría. A mí me gustaba Sara, su pelo siempre lo tenía recogido y cuando reía se le hacían dos hoyitos a los lados de su boca. Mario decía que enamorarse de una prima era pecado, que no debíamos hacerlo, pero tal vez él me contaba eso porque también estaba enamorado de ella. Sara me tenía una preferencia especial. Siempre que llegaba a la casa me llevaba una bolsa con chimbos y tabletas de manía. Yo, siempre, la esperaba con figuritas de un álbum que me había regalado mi abuela Esperanza. La tarde que lloró, ella tardó en recomponerse. Mientras nosotros seguimos jugando con las palabras, ella se hizo para atrás y se recargó en la pared. Dejó de llorar, pero ya no volvió a integrarse al juego. Mientras todos los demás reían, yo también parecí contagiarme de su pena, porque seguí participando, pero no disfruté las respuestas y no me puse de pie cuando Pepe dijo: “Un tren”, como sí lo hicieron los demás, para agarrarse de las cinturas y formar una serie de vagones dando vuelta al tío, quien, como si fuera la locomotora, fumaba el puro y echaba volutas de humo al centro de la sala. Cuando el tío dijo que ya era hora de cenar, Mario fue a donde estaba Sara y le tendió una mano para que ella se parara y, tal vez, se integrara de nuevo al grupo, pero mi prima ignoró el brazo tendido, se paró ella sola y salió de la sala. Todos fuimos al comedor, ahí la tía Eugenia nos sirvió chocolate caliente y pastelitos de manjar. Yo estaba pendiente de la puerta, esperando que Sara entrara, pero ella nunca entró. Al final pregunté y la sirvienta dijo que ya su mamá había pasado por ella.

En los juegos del tío aprendí que el vidrio no es más que un cristal para jugar palabras. El propietario de un vidrio (esmerilado) debe colocárselo en uno de los ojos y decir: “Veo”. Él mismo puede responderse o puede ser que el compañero de juego diga qué ve. Parece que es muy fácil ver dinosaurios o átomos. ¿Quién ve un ángel? Nadie. Es una pena, pero ninguno de los jugadores tiene tal capacidad. Ahora mismo reto al lector a que imagine ver un ángel. ¿Verdad que es imposible? Por eso Sara lloró esa noche. Yo pensaba que ella era una niña, pero ahora sé que no. Ella veía ángeles. No sé por qué la tía Úrsula era pariente de los tíos, porque desde esa noche jamás volvimos a saber de Sara. Hace como dos años, fui a casa del tío y le pregunté por Sara y por la tía Úrsula. Ya los lectores saben qué me dijo: “¿Úrsula? ¿Sara? No, no tenemos parientes con esos nombres”. Supe que estaba de más insistir.

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