Definición de embarazo

Imagen: www.archivo.net

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Embarazo es la palabra que demuestra el peso específico del lenguaje. La gente pone mil ejemplos en intento de demostrar la fuerza de la palabra, pero todos los ejemplos se quedan al borde de la pista del despegue. Pero, la palabra embarazo sí es ejemplo de lo que el lenguaje puede revolucionar.

Una tarde llegué a la casa de la tía Romelia y todo estaba en absoluto silencio. Fui a la cocina y ahí encontré a Micaela, frente al fogón, limpiándose los ojos con la punta del chal. Casimira me llevó hacia la esquina más alejada y dijo que, por favor, no fuera a hacer algún comentario. Pero ¿qué pasó? ¿Murió alguien? ¿Dónde está mi tía? Decenas de preguntas asomaron en mi cerebro, pero no logré soltar alguna, porque Micaela se soltó a llorar también. Entre hipos y en voz baja dijo: Embarazo. ¿Qué? Repitió la palabra y fue como si abriera más la llave del llanto.

Salí de la cocina. En el corredor nadie había. Entré a la sala, las cortinas estaban corridas, todo era un silencio acumulado. Fui a la recámara de mi tía y abrí tantito la puerta, la vi, estaba sentada en la poltrona, con la cara cubierta, como si fuese una oriental con burka. Supe que no estaba muerta porque el chal que le cubría la cabeza se movía como si fuese un sapo a la orilla de la laguna. “Entrá”, dijo. Le hice caso, me acerqué, la besé en la frente. Entonces, como si todos los de casa se hubiesen contagiado del mal, se echó a llorar, primero en silencio, luego con chillidos de rata con la cola chamuscada. ¿Qué hacer? Busqué una silla y me senté a su lado, entonces, ya más calmada, ella dijo la palabra: embarazo.

Tenía más de quince minutos en la casa y en dos ocasiones me habían dicho la palabra que parecía ser la causante de aquella hecatombe que parecía haber causado más destrozos que el Huracán Stan en la costa chiapaneca. Estaba claro que alguien estaba embarazada sin, digámoslo así, tener autorización para hacerlo.

Porque si, por ejemplo, una pareja revisa el resultado del laboratorio y halla que el embarazo es positivo, ambos se abrazan y lloran (pero de alegría). Salen, llegan a casa y comparten la noticia con medio mundo, en medio de algazaras y brindis.

En casa de la tía era sintomático que existía una confirmación de embarazo, en alguien que no esperaba tal bendición.

La palabra embarazo es una palabra embarazosa. La mención de ella logra reacciones tan dispares que van desde una lluvia de carcajadas a una tormenta de suicidios. El impacto no sólo afecta a las mujeres que reciben la noticia, sino en los hombres que son la causa de tal situación, y va más allá, porque, a veces, también enloda a más personas. El embarazo, en apariencia, es cosa de dos, pero, en muchísimas ocasiones, son más los involucrados: los esposos, esposas, suegros e hijos de los amantes calenturientos.

Las estadísticas demuestran que en la revolución mexicana murió más de un millón de personas; de acuerdo con los últimos datos proporcionados por la Universidad de Harvard, más de doscientos millones de seres humanos mueren cada año debido a que alguien mencionó la palabra embarazo.

Cuando la tía Romelia logró calmarse, porque bebió el té que Casimira le dio, me dijo que me acercara y repitió la palabra: ¡Embarazo! Sí, dije y me atreví a preguntar, ¿quién está embarazada? ¡José!, dijo. ¿Qué José? ¿Quién va a ser, tu tío José? ¿Mi tío José? ¡Sí!, dijo y se echó a llorar de nuevo. Pedí permiso de salir, dije que necesitaba ir al baño, a orinar. Mi tía nada dijo, sólo movió la mano derecha como si se la sacudiera. Salí. Casimira estaba con la oreja pegada a la puerta. Se sorprendió a la hora que salí. Se alisó el mandil y trató de justificar su presencia diciendo que estaba pendiente por si algo se le ofrecía a la señora. La tomé del brazo y le pregunté ¿Por qué decían que el tío estaba embarazado? Casimira me llevó al rincón del corredor y me dijo que el tío había llegado temprano, se había metido en la recámara con la tía y después de dos horas la señora las había llamado y no había dicho más que la palabra Embarazo. Ahora yo era el primero que ponía la carta que hacía falta: El tío estaba embarazado. Casimira se echó a correr, llorando. Quise alcanzarla para decirle que yo… pero, ya eran las cuatro y debía correr para ir a dar mi clase.

Hasta la fecha, ocho meses después, no sé cómo se embarazó el tío ni sé si fue niño o niña su producto. Llego a la casa de la tía y aún siento la tensión de aquel día. Ya nadie llora, pero, tampoco, nadie dice algo. Una tarde, Casimira me llevó al fondo del sitio, se agachó como si cortara rábanos y dijo en voz baja, sin verme: “Tu tía nos prohibió terminantemente volver a hablar de aquel asunto. Tu tío ya no viene. La señora dice que, para ella, él está muerto y muerta también la hija que tuvo”.

Perdón, me da pena contar esta historia tan absurda, pero así sucedió. Creo que el tío trató de sacarle dinero a la tía Romelia e inventó un cuento tonto, pero anoto la historia sólo en intento de decir que la palabra embarazo es una de las más complejas de nuestro lenguaje.

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