Definición de fecha

 

Imagen: www.optimainfinito.com

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Algunas definiciones son simpáticas. Muchas definiciones están amputadas, por eso cojean. La definición de fecha es simpática y amputada de manera particular: “Tiempo, determinado por el día, mes y año en que se hace u ocurre un suceso”. ¿Y la hora? ¿Qué pasó con el instante, si a final de cuentas la vida está conformada por instantes y no por días, meses y años? Siempre que un afecto me dice que le dé un abrazo porque es su cumpleaños, le pregunto si sabe a qué hora nació. La mayoría lo ignora. Entonces le doy el abrazo, porque tampoco soy tan grosero, pero pienso que mi afecto se perdió en medio de la burocracia.

La fecha más significativa debería relacionarse con el instante, de ser posible, con el minuto y el segundo.

Parece que el concepto fecha ha hecho daño a la humanidad. Los seres humanos crecemos en medio de conmemoraciones que recuerdan fechas heroicas y trascendentes. Estas fechas se pasean entre la historia oficial y la historia personal.

Hay fechas privilegiadas por los poderosos. Sin saber bien a bien cómo, crecemos regidos por esos sucesos que nos son impuestos. Un ejemplo, en México, es la fecha del 5 de mayo. Todos los escolares crecemos en medio de ese orgullo nacionalista en que el ejército francés (el más poderoso del mundo en ese tiempo). De esa conmemoración se desprende que si soy un buen mexicano, un mexicano de hueso colorado, el cinco de mayo debo sentirme orgulloso por haber pateado el trasero de los franceses. Pero sucede (perdón) que yo soy un admirador de la cultura francesa, amo a Brigitte Bardot (la amé en los años sesenta cuando fue la muchacha más bonita y sexi del mundo y la amo hoy, toda vieja talguatuda, por ser una de las principales defensoras de los derechos de los animales); amo a Balzac, me encanta leer y releer “Eugenia Grandet”; me cae muy bien el cine de Francois Truffaut; y, durante muchos años, soñé con ir a París, sentarme a la orilla del Sena, entrar (todos los días) al Museo de Orsay, para ver las pinturas de los impresionistas. Deseé treparme a la parte más alta de la Torre Eiffel y ondear una bandera pequeña de Francia. Yo, perdón, no celebro esas fechas nacionalistas absurdas. Me paso por el Arco del Triunfo (que está en los Campos Eliseos, en París) todas las fechas que pretenden injertarme un sentimiento repugnante. ¿Debo celebrar la orden del gobierno de Benito Juárez en el fusilamiento de Maximiliano? ¡No! Me resisto a festejar las fechas que alientan la violencia y un falso patriotismo.

He procurado, a lo largo de mi vida, cancelar las fechas importantes que me fueron impuestas. Celebro el instante prodigioso en que mi sobrina Pao me tomó de la mano y me pidió que fuéramos al parque; celebro el instante prodigioso en que salí del templo y una luz divina me tocó y me sorprendió porque adentro nada había hallado. Celebro el instante de la vida, en cada instante. Los grandes hechos de la vida personal están tocados por un instante. Hubo un momento en que Eugenia decidió vivir para siempre con Rodrigo; hubo un momento en que Rosaura dejó el alcohol para siempre. Esas fechas son las intensas, las que deben reconocerse, las que deben celebrarse.

El 20 de noviembre se conmemora la Revolución Mexicana; es decir, ¿se conmemora la muerte de miles y miles de mexicanos que eran mujeres y hombres con una historia personal?; es decir, ¿se conmemora la asunción de una nueva clase política que hoy nos gobierna? Yo paso. Mejor celebro el instante en que me acerqué a correr la persiana de mi ventana y un colibrí me saludó con su batir de alas infinito.

La fecha nos indica un tiempo celebratorio. Debemos recordar día, mes y año. ¿Qué sucedería si no viviéramos sujetos a fechas importantes y le diéramos importancia a la fecha no marcada?

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