Definición de descubrimiento

Imagen: www.aidima.es

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Lo primero que llega a la mente cuando escuchamos la palabra descubrimiento es la idea de hallazgo. La propia palabra lo es. Tal vez el acto de descubrir sea el más cercano a los seres humanos. Ya lo dijeron los sabios: nunca dejamos de descubrir, de descubrirnos. La muerte no es más que esa continuidad, morimos con la esperanza de descubrir qué hay más allá.

En realidad, agotamos nuestra vida en busca de hallazgos sin saber que el hallazgo mayor es la búsqueda del descubrimiento. La historia de la humanidad puede resumirse en una extensa relación de hallazgos, que no dicen mucho acerca del porqué estamos acá, del sentido de la vida.

Cuando descubrí que el fuego quemaba quedé asombrado. Hay algunos que no tienen mi fortuna y terminan descubriendo que el fuego quema ¡quemándose! Yo no. Descubrí la voracidad del fuego a distancia, a través de una quemazón intensa que acabó con hectáreas sembradas de maíz. Juan y yo habíamos ido a su rancho de paseo. Su tía Eusebia nos preparó un itacate con paquitos de chorizo, huevo y frijol para que desayunáramos en el río. Pero no esperamos, íbamos a la mitad del camino, cuando Juan dijo que hiciéramos un alto. Yo le advertí que no era bueno que tuviera algo en el estómago si quería nadar. Dijo que, en el trayecto faltante, haría digestión. Buscamos una piedra en el sendero y sacamos las dobladas con frijol y la salsa verde hecha en molcajete, que venía en un frasco de mayonesa. El sol de mediodía se solazaba en las hojas secas de la milpa que se extendía como una sábana de oro. Juan dijo que calentaría las tortillas. No era necesario, pero él insistió. Puso una lámina redonda sobre tres piedras, reunió hierba seca y la amontonó debajo del círculo de lámina, prendió un cerillo y la flama se hizo. Bastó una ligera corriente de aire para que una chispa hiciera la travesura. Vi que la milpa prendió fuego. Al principio me sedujo esa bocanada que era como una boca de dragón. El fuego era hermoso. Juan comenzó a brincar de un lado a otro, como chapulín. Pensé que él también disfrutaba el espectáculo del fuego, pero luego vi que su cara se retorcía como una figura de plastilina, su boca estaba chueca, comenzó a pedir agua, ¡agua!, ¡agua! ¿Agua, de dónde? El río estaba a dos o tres kilómetros. Supe entonces que Juan tenía enredado el miedo en su cuerpo. El agua la quería para sofocar esas lenguas que se alzaban como relinchos. ¿Relinchos? Sí, eso fue lo que oí y luego vi un caballo que estaba amarrado a un árbol y que comenzaba a ser devorado por esas serpientes doradas. Descubrí entonces que el fuego quemaba, achicharraba, hacía ceniza la carne viva, la consumía, la comía como si fuera un cocodrilo engullendo un pez. El fuego también consumió la cuerda que ataba al caballo y eso permitió a éste correr por en medio de la milpa, pero supe que ya no se salvaría, porque era como una liana de fuego que pasaba de una mata a otra. El caballo corría con rumbo al río, pero nunca llegaría. Su cuerpo quedaría hecho cenizas a mitad de la milpa. A Juan le dije que corriéramos, que el viento estaba cambiando de dirección y que podía atraparnos. Corrimos con rumbo a la casa grande. A mitad del camino nos topamos con cuadrillas de empleados que traían cubos de agua para calmar el incendio. Nos detuvimos en la majada, acezábamos, volvimos la vista y vimos un enorme hongo negro que se alzaba a mitad del cielo. “¿Qué pasó?”, preguntó María. Juan dijo que la milpa había cogido fuego, así lo dijo: “Había cogido fuego”. Debe ser mala acción del Catchoj, dijo María y se santiguó. Lo bueno fue que el incendio sólo consumió puras cañas, porque la gente de la finca había cortado los elotes días antes. Ese mediodía descubrí que el fuego quema, que es una víbora con trompa de dragón.

Desde entonces no me gusta descubrir los secretos del mundo. Al mar, lo mismo que al fuego, me gusta verlo de lejos. Desde donde no advierta cuál es el secreto de su boca húmeda, de su trompa de cocodrilo sediento.

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