Definición de ninguno

ninguno

¿Qué capacidad poseen las palabras que terminan en uno? Son simpáticas las palabras alguno y ninguno. Habla de la unicidad, pero en la total indefinición. Alguno y ninguno puede ser cualquiera. “Ya aparecerá alguno que me sepa valorar”, dice la muchacha bonita, sorbiéndose los mocos, retirándose de la mesa de café donde se despide, para siempre, del muchacho que fue su pareja durante dos años. Vendrá alguno, dice ella. Un alguien sin nombre, sin edad definida, sin rostro advertido. Lo mismo sucede con la palabra ninguno, se habla de un ser que no tiene personalidad ni cartilla de vacunación. “¿Quién quebró la ventana?”, pregunta la madre, con el balón entre las manos. ¡Ninguno!, es la respuesta unánime de los niños con las manos entre las bolsas del pantalón o enlazadas detrás de las espaldas. Ninguno; es decir, un fantasma, un ser de otro mundo.

Lo mismo sucede con los femeninos: alguna, ninguna. Siempre se refieren a una. Como si siempre se aplicara a un individuo, como si la palabra sólo fuera aplicable a una persona. Pero, qué sucede cuando se aplica el plural, bueno, esto exige que uno se convierta en grupo y se vuelva unos, instante en que la indefinición logra su máximo potencial. Tal palabra, rara, extraña, se emplea cuando la palabra acompañante está en plural y exige concordancia, pero es una palabra que suena como si fuera un grito de elefante metido en una chicharra. ¿Ningunos? ¡Qué palabra más de sinfonola a mitad del desierto!

A mí me sorprendió la palabra cuando la escuché en labios de mi prima Indulgencia (que era todo lo contrario que su nombre señalaba). Ella estaba parada a mitad del patio, frente a cuatro muchachos, vestidos con camisetas, con los brazos llenos de músculos. Ella, con una sonrisa de naranja a punto de derramarse, dijo: “Ninguno de ustedes me sirve ni para el empiezo”. Mi prima tenía varios defectos físicos, era flaca como una pipeta de laboratorio; tenía un ojo colgado, como si fuese la rama quebrada de un árbol de espino; rengueaba, porque nació con una pierna más corta; y no tenía ni un asomo de pechos, era plana como tabla pulida para restirador de arquitecto. Y, sin embargo, era buscadísima por hombres atractivos, porque, decían, era una mujer tigre en cuestiones de cama. Dios había compensado todos sus defectos físicos con la virtud de la pericia sexual. Me sorprendió la palabra ninguno. A pesar de que ahí estaban cuatro muchachos todos caían en la indefinición de la palabra aludida. Ninguno era dobleú, equis, y griega y zeta; era cada uno de ellos y era los cuatro unidos, para siempre, en esa palabra exacta en su imprecisión.

Desde entonces procuré desechar la palabra ninguno de mi vocabulario. Si habría que llamar pan al pan y vino al vino, la palabra ninguno debía proscribirse. Por eso, cuando el maestro Óscar, con la vara de membrillo en una mano, se paseó de una pared a otra del salón, con el coraje embarrado en su pecho, y preguntó: “¿Quién de ustedes puso el chicle en mi silla?”, y todos respondieron al unísono: “¡Ninguno!”, yo me paré y, como si fuese uno de esos actores del cine en blanco y negro a mitad de un tribunal, dije una frase digna de un guion cinematográfico escrito por Gabriel García Márquez: “¡Ninguno tiene un nombre!”. El maestro pidió que yo lo dijera. Todo el grupo calló, mis compañeros me vieron con cara de incredulidad y Jorge, el travieso, comenzó a deshacerse como si él hubiese sido un chicle expuesto a la inclemencia del sol del mediodía. Vi al grupo, luego al maestro (que ya había olvidado la potencia de su coraje) y dije: “Ninguno soy yo”. Un ¡ah! de sorpresa voló como águila sobre el salón. Vi que el rostro de Jorge recuperó su fluido natural de sangre y vi que el maestro se acercó a mi lugar. Dejó la vara de membrillo en el pupitre anterior al mío y me dio la mano: “Te felicito. El valor es una virtud”. Jorge sonrió.

Ya en preparatoria aprendí otro concepto de ninguno. Armando decía con frecuencia, a la hora que tomábamos una caguama: “Una no es ninguna” y pedía otra. A veces, quién sabe por qué, terminábamos bien borrachos. Yo pensaba que si una era ninguna, varias sí eran algunas.

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