¿El liberalismo ha muerto?

No me resulta agradable realizar esta pregunta que, por supuesto, es imposible responder en este texto porque sería osadía de mi parte y, además, las explicaciones, si existen, crecerían de forma exponencial. Otra cosa a señalar es que en internet se encuentran muchos trabajos que con parecidos títulos refieren a la muerte del liberalismo, aunque cada quien opina desde su perspectiva y formación. Este atrevimiento que plasmo por escrito tiene un origen, y no es otro que la visión de lo que está ocurriendo en viejas y nuevas democracias del mundo, puesto que en el caso mexicano el liberalismo político, que en muchas facetas se encuentra en el siglo XIX, sería muy discutible en el siglo XX y lo que llevamos de la presente centuria.

libertad

Como inicio debo decir que el liberalismo no es uno porque es clara la diferencia existente entre el político y el económico, además ellos mismos tienen diversidades en su concepción y despliegue en las sociedades que han abrazado tal doctrina. Los orígenes conceptuales y de ejecución se encuentran en la Inglaterra de su revolución del siglo XVII, la independencia de los Estados Unidos y en la revolución francesa. Alrededor de estos puntuales eventos pensadores coincidieron o divergieron para concretar elementos clave de esa forma de entender la vida en sociedad: derechos del hombre después llamados derechos humanos, división de poderes y conceptos como libertad, igualdad, justicia social o democracia.

No entraré en la lógica de su nacimiento, pero sus principios fueron abrazados por los nuevos Estados en construcción desde la Edad Moderna europea, y por aquellos que en los posteriores siglos se conformaron. Hay que recordar que también la lógica liberal consideraba universal su aplicación, es decir, se pensó, y así se hizo en los cinco continentes, que era el mejor sistema político para equiparar a todos los seres humanos del mundo, aunque prácticas como la esclavitud y el colonialismo cuestionaran esa condición fraternal inscrita en buen número de pensadores liberales.

La democracia, ya sea a través del modelo de Monarquía parlamentaria o de República, con su ejecución gracias a la creación de partidos políticos y la paulatina extensión del voto universal, se convirtió en deseo y objetivo, un camino irrefutable del evolucionismo que permea buena parte de la opinión pública, y las afirmaciones pseudocientíficas, desde el nacimiento de tal doctrina. Sin embargo, aunque muchos de los elementos claves del liberalismo siguen presentes, no cabe duda que se escenifican a través de lo que Jean Braudillard denominó simulacro; forma que en nuestras sociedades se expresa en discursos, acciones o rituales cívicos que solo teatralizan la realidad, como una simulación sin contenido real. No creo que estas formas de engaño creíble sean las que estén causando la crisis de las instituciones que conforman los Estados y las de su representación política, según el modelo democrático electoral.

Crisis visible en el surgimiento de personajes que se presentan sin contar con pasado y experiencia política o en la administración pública, y quienes condensan todo el malestar frente a promesas incumplidas pero, sobre todo, ante discursos que por su repetición ritualizada dejan de ser útiles a la población, o a buena parte de ella. Algo que la antropología estudió hace años ante la crisis y desaparición de los rituales; muertos por no responder a las necesidades del momento y como mucho folklorizados por el propio poder del Estado para mostrar la aureola nacional. Así que el llamado ahora populismo ni es nuevo en la historia, ni explica mucho de lo que está ocurriendo.

Dentro de las personas que no se sienten representadas son muchos los sectores, pero se reconocen con facilidad las minorías aplastadas por los mayoriteos, los sectores que observan crisis económicas o de reconocimiento como agravios personales identificados con claridad por los peligros internos o externos. Los judíos los vivieron durante siglos en Europa, y ahora lo viven los migrantes en cualquier lugar del mundo. Motivos pueden extenderse, pero estos son claros y mencionados con reiteración.

En México muchos siguen pensando que vivimos en una democracia porque la ciudadanía ejerce el voto periódicamente y existe cierta alternancia en el poder de los gobiernos en sus diversos niveles. Creencia lícita, no lo dudo, pero que no corresponde al funcionamiento real del país, alejado de las prácticas democráticas y ajeno a los principios básicos del liberalismo porque al estar construido a través del corporativismo, propio de los regímenes autoritarios ejemplificados en la primera mitad del siglo XX, resulta imposible que exista una de las fundamentales bases del sentir liberal y que es la libertad individual. Los demás criterios de esa doctrina política podrán ser pensados por los lectores y se darán cuenta de que el liberalismo brilla por su ausencia en este país. Así que los principios liberales, en el caso de México, son nimios. Mientras que en otros países se vacían de contenido y se convierten en retórica, aquí solo nos queda esta última. El razonamiento liberal se transfigura en farsa de las instituciones estatales y lo único que queda es el disfraz carnavalesco. Disfraz reproducido en el discurso a pesar de la crisis política y económica que se vive en el mundo.

Estamos, pues, en la encrucijada de observar Estados teatrales mientras que muchos de sus críticos sienten que la libertad, igualdad, etc., llegarán criticando el liberalismo, en vez de a las formas ceremoniosas vacías de contenido. No hay bola de cristal posible para definir el futuro, pero renunciar a muchos de los principios liberales dudo que ayude a construir mejores sociedades. México es un ejemplo, no único, donde hoy en día lo liberal es simplemente un simulacro, aquello que en una de sus definiciones es “imitación fingida que se hace de una cosa como si fuera cierta y verdadera”.

 

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