Notas sobre Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos, de Carlos Gutiérrez Alfonzo

Notas sobre Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos,

de Carlos Gutiérrez Alfonzo[1]

 Por Bernardo Farrera

 

A Jozelyn Salas de la Cruz: luz que ordena el caos.

 

El oficio del crítico literario es distinguir con esmero lo absoluto de lo accidental, lo permanente de lo transitorio, atento a que la precisión en la obra literaria —como en la artística, en general— estriba en la fusión, raras veces conseguida, de ambos elementos. La posibilidad de establecer tales distinciones presupone en el crítico, no sólo honradez intelectual y sutileza de juicio, sino también conocimientos de filosofía e historia, y por supuesto, de estética y literatura que Carlos Gutiérrez Alfonzo hace evidentes en este libro.

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Según Octavio Paz: “La literatura es tránsito y, asimismo, voluntad de permanencia: cada obra valiosa es, a un tiempo, un alto y un punto de partida”. Esta reveladora sentencia del autor de El laberinto de la soledad, creo que define el libro que ahora se presenta porque será “un alto y un punto de partida” para estudios posteriores que se propongan abordar la literatura de nuestro estado, y en especial, los dedicados a la poesía.

El título Ascenso y precisión me remite a Gastón Bachelard quien se ocupó del ascenso, la altura, el éxtasis y también de sus contrarios. Pero aquí, alude a la elevación de la palabra y a la precisión que los autores despliegan en estas formas poéticas que Gutiérrez Alfonzo experimenta y descifra. Por medio de la experiencia de los sentidos, o mejor, de la lectura, desentraña esas formas verbales que son los poemas. ¿Pero quién que no sea un buen lector no involucra los sentidos, la imaginación y la memoria? Como bien dice Tomás de Aquino: “Los sentidos se deleitan con cosas debidamente proporcionadas como con algo a fin a ellos; porque el sentido también es un tipo de razón como lo es todo poder cognoscitivo”.

Wolfgang Kayser, en Interpretación y análisis de la obra literaria, señala: “Una poesía no vive ni crece como reflejo de otra cosa, sino como estructura lingüística completa de sí misma”. Sobre esto, muchos años antes Roman Jakobson, explicaba ya, que “el verso se convierte en parte integral del argumento desarrollado. Es difícil imaginar una sensación de flujo temporal que fuese más sencilla y a la vez más compleja, más concreta y aún más abstracta”.

Gutiérrez Alfonzo trata de enlazar “lo local con lo universal” y lo logra. Aunque no pretende buscar una “tradición regional”, la encuentra, si tomamos en cuenta lo dicho por Octavio Paz, en Los hijos del limo:

 

Al decir que la modernidad es una tradición cometo una leve inexactitud: debería haber dicho, otra tradición. La modernidad es una tradición polémica y que desaloja a la tradición imperante, cualquiera que ésta sea; pero la desaloja sólo para, un instante después, ceder el sitio a otra tradición que, a su vez, es otra manifestación momentánea de la actualidad. La modernidad nunca es ella misma: siempre es otra. Lo moderno no se caracteriza únicamente por su novedad, sino por su heterogeneidad.

 

Así, halla la constante de lo heterogéneo en esta tríada de poemas que nos presenta: “Al aeronauta”, de Saturnino Ocampo; “Por el arte”, de Rodulfo Figueroa; y “Yo adoro a una rubia norteamericana…”, de Santiago Serrano, que con sus formas y estilos de cada uno de ellos renovaron una y otra vez la poesía en Chiapas, siendo la misma y a la vez diversa.

Carlos Gutiérrez Alfonso nos dice que “Hans-Georg Gadamer me ayudó a saber que la ciencia intenta anular la especificidad de la experiencia”. En el inicio de Poema y diálogo, el autor alemán es incisivo respecto a la experiencia de leer a Hölderlin, remontándose a su primera lectura de cuando era joven en una edición hecha por los románticos, y no sería sino hasta la edición de Hellingrat de 1916 que provocaría el gran acontecimiento y los introduciría a un nuevo Hölderlin e impulsaría a Stefan George a redactar un breve escrito que anunciaría al gran poeta alemán, así la experiencia del autor de Vitral el alba nos revela otra manera de leer a Saturnino Ocampo, Rodulfo Figueroa y Santiago Serrano.

Al proponer que la modernidad poética se puede hallar antes de la obra de Rodulfo Figueroa, Gutiérrez Alfonzo rompe con el canon literario establecido por la crítica literaria. Esta nueva reinterprertación coloca —a mi parecer— a Saturnino Ocampo como un poeta moderno. Autor que no escribió un libro de poemas en sí, sus poemas únicamente aparecerían publicados en periódicos de San Cristóbal de Las Casas. Gutiérrez Alfonzo dice que no encontró comentario alguno sobre el poema que analiza en este libro, sin embargo, menciona: “localicé cómo ha sido leída la producción poética de este autor”. Así, refiere que dos de sus poemas fueron incluidos en “el ensayo de la novela histórica” Lágrimas del corazón, de Flavio Antonio Paniagua. Don Segundo Juan María Morales Avendaño, “en sus Cantares de mi tierra fue el primero en dar a conocer 15 poemas”. Y no es sino hasta 1950 que el profesor Jesús Agripino Gutiérrez, emitió un juicio sobre sus poemas. Para 1955, Ocampo aparecería en la Antología de poetas jóvenes, de Eliseo Mellanes Castellanos. Quien sí soslayó o no conocía la poesía del autor de “Al Aeronauta” fue Oscar Wong, quien no lo incluye en su Nueva poesía de Chiapas. Antología, de 1983; y en su Nueva fiesta de pájaros de 1998, repite la cita de Eliseo Mellanes Castellanos. ¿A qué se debería este olvido? El autor indica: “puede ser una muestra de que las publicaciones de los escritores del siglo XIX no son fáciles de encontrar o, quizá, de que se desea colocar en la cima del siglo XIX chiapaneco los poemas escritos por Rodulfo Figueroa”. Me inclino a pensar que es posiblemente lo segundo. Pero quien sí atiende su escritura y expresa juicios contundentes es Jesús Morales Bermúdez en Aproximaciones a la poesía y narrativa de Chiapas, en 1997: “Un par de vetas temáticas por lo menos encontramos en la poesía de Saturnino Ocampo: las que dicen relación con el paisaje de Chiapas y con la muerte” que serán temáticas desarrolladas por poetas posteriores como Rodulfo Figueroa, Jaime Sabines, Juan Bañuelos, Oscar Oliva, Cancino Casahonda, Efraín Bartolomé, Eduardo Hidalgo, entre otros.

Guillermo Sucre en La máscara, La transparencia apunta que “hablar de un poema supone, primero, hacer visible su texto, su trama”. Gutiérrez Alfonzo descifra la estructura de cómo están agrupados los versos, el ritmo, la rima, la métrica en esa trama: gradaciones verbales que celebran el ascenso del aeronauta y dejan constancia de ese acontecimiento poético e histórico.

Pero Gutiérrez Alfonzo no sólo se detiene en el poema central de su estudio, sino también en otros. Y en especial, en uno dedicado a la muerte del obispo de Chiapas, Germán A. Villalvaso donde el poeta Ocampo percibe un ambiente sombrío, las casas son vestidas de luto, que clama y reclama a la muerte la pérdida del obispo.

 

En el apartado dedicado a Rodulfo Figueroa, aunque no es su intención reconstruir el contexto histórico cultural desde la segunda década del siglo XIX, Gutiérrez Alfonzo sí lo describe. Rodulfo Figueroa llegaría a publicar, en la Ciudad de México, en la revista La juventud literaria algunos poemas, en la cual publicaron Ignacio Manuel Altamirano, José Peón Contreras, Juan de Dios Peza, Vicente Riva Palacio, Justo Sierra como lo refiere el autor. Es una investigación que proporciona una gran cantidad de datos biográficos y literarios precisos que ayudan a darnos una mejor idea de la vida del vate de Cintalapa.

En los testimonios consultados en las ediciones de los poemas de Rodulfo Figueroa, Gutiérrez Alfonzo advierte que era considerado un gran poeta, y era conocido. Así lo refiere Vicente Liévano en 1926; en 1939, Duvalier dijo que en su tiempo fue el mejor poeta, no así en ese año. En 1950, Jesús Agripino Gutiérrez, al dictar una conferencia describe al poeta como “el que más se ha metido en el alma del pueblo” y nombra a “sus grandes poemas”: “joyitas”.

Además, el seguimiento que realiza nos muestra cómo ha sido leída la obra poética de Rodulfo Figueroa hasta llegar a los comentarios críticos de Gustavo Ruiz Pascacio, en Los fantasmas de la carne, libro inconseguible por cierto. De los tres poemas, “Por el arte”, de Rodulfo Figueroa es el más conocido, ya que se encuentra incluido en Los mejores poemas de México. Del siglo XIX al XX, antología compilada por Juan Domingo Argüelles y publicada por la editorial Océano.

La interpretación que Carlos Gutiérrez Alfonzo hace de “Por el arte” es acertada y se sustenta en la decisión del poeta: la de seguir escribiendo, aunque fuera muy breve la vida de éste, el ensayista señala: “La sonrisa le está diciendo al aprendiz que no se ha equivocado al elegir el camino del arte”. Y nos advierte que será un tema recurrente en otros poemas como “Siempre”, “El número 339” y “Clínica negra”, quizá la escritura de estos poemas evidencie las dudas de Rodulfo Figueroa de dedicarse al arte o la ciencia, puede ser posible.

 

En sección dedicada a Santiago Serrano y al poema “Yo adoro a una rubia norteamericana…”, deja entrevista la:

 

activa vida ligada a publicaciones periódicas. A los dieciséis años dirigió la publicación titulada Juventud. A esa misma edad, en la Ciudad de México, se hizo cargo de Lira Chiapense. Junto con Francisco Araujo, en la Ciudad de México también, dirigió Chiapas Gráfico; de 1919 a 1922, y luego en 1928, La Patria Chica; de 1922 a 1923, Evolución; en 1925, Chiapas; de 1927 a 1928, La Voz de Chiapas; en 1928, Pegaso; y en 1941, La Tribuna. De 1937 a 1946, fue colaborador y jefe de redacción de Chiapas Nuevo. De 1947 a 1948, fue jefe de redacción de la revista Chiapas.

 

Gutiérrez Alfonzo, al revisar muchos datos y lo escrito por Serrano al presentar sus poemas en la “Página literaria” del periódico Chiapas Nuevo, en 1919, lo motivan a no tener la seguridad que “Yo adoro a una rubia norteamericana…” haya sido escrito en 1917. Y respecto a si estuvo o no en Nueva York, apunta: “Me resisto a lanzar una afirmación sobre la estancia de Serrano en Nueva York, a pesar de los comentarios que he localizado en algunos textos de él y en autores que se han referido a su persona”. No es el único. El estudioso de la prensa en Chiapas, Sarelli Martínez, en el artículo “Santiago Serrano, mi periodista preferido”, subraya:

 

Durante su larga vida de periodista, que abarcó más de 40 años, Santiago Serrano fue popular, entrón, que desbarataba a sus contrincantes con dos ganchos de palabras y una fila interminable de caguamas que acumulaba debajo de su hamaca.

Y en ese vaivén de su hamaca escribía sus poemas y sus crónicas. Era en realidad una hamaca itinerante que lo llevaba a Bombay, a La Habana o al Rubicón. Eso lo acaba de corroborar el investigador Carlos Gutiérrez Alfonzo cuando analizó, con lucidez envidiable, el poema Mi amazonas, fechado en Nueva York en 1917.

 

Así, Gutiérrez Alfonzo nos descubre que “Yo adoro a una rubia norteamericana…” fue imitado y plagiado. Un autor que lo imitó y que raya en el plagio fue Juan Martínez Ruíz. En el poema titulado “Tennis” cambió “adoro” por “amo”, “rubia norteamericana” por “morena”, suprimió “fox-trot”. Además, la disposición de los versos es diferente a la de Serrano. Si no adora a las rubias norteamericanas que bailan fox-trot, bien hubiera hecho con callárselo Martínez Ruíz y no malograr este excepcional poema de Chanti Serrano.

A partir del registró de cómo fue sopesado el poema, apreciamos los diversos juicios de antologadores, poetas y estudiosos de la literatura chiapaneca. “Yo adoro a una rubia norteamericana…”, es, sin duda, un poema que rompe con las perspectivas de cómo era vista la mujer. La rubia norteamericana de Chanti Serrano está hermanada con aquella Duquesa Job de Gutiérrez Nájera, apenas un poco más de tres décadas las separan. Y el uso de palabras extranjeras en los poemas es similar, aunque no en su versificación. Gutiérrez Alfonzo, destaca:

 

La rubia norteamericana no se asemeja a las musas de Rodulfo Figueroa, o a las de los contemporáneos de Santiago Serrano. No es la mujer sumisa, que está esperando ser salvada por algún hombre. La de Serrano es la heroína, la amazona, admirada por su rebeldía y sus iniciativas. Con la imagen de esta mujer, Serrano está colocando ante los ojos del lector el triunfo del materialismo, en donde prevalece la competencia, el éxito y todo aquello que la modernidad trae aparejada.

 

Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos, de Carlos Gutiérrez Alfonzo, es un gran aporte a la crítica literaria, pero también para emprender novedosos estudios literarios. Es la evidencia de un lector que templa sus sentidos —los de la razón y los de la emoción— que nos permite conocer su experiencia y nos estimula a experimentar nosotros mismos.

 

Berriozábal, Chiapas, noviembre de 2016.

[1] Texto leído el 28 de octubre de 2016, en la librería “José Emilio Pacheco”, del Fondo de Cultura Económica (Tuxtla Gutiérrez), en la presentación del libro Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos, de Carlos Gutiérrez Alfonzo, publicado por la Secretaría de Cultura y el Gobierno del Estado de Chiapas a través del CONECULTA, en la colección Caudales.

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