Definición de ausencia

Imagen: marygodiva.wordpress.com

 

Todo crece. Los científicos dicen que el universo (como si fuera pichito) crece, ¡crece! Pero, es ley universal, todo lo que crece se agota en un momento determinado. Los mismos científicos advierten que el universo dejará de crecer y se contraerá. Nadie se alarma con tal noticia, porque todo mundo advierte que, en un momento determinado, todo lo que crece deja de hacerlo. Además, la contracción del universo sucederá en una fecha cifrada en años luz. Ya para ese tiempo, los terrícolas le habremos dado la extremaunción a la Tierra. Y muchos de nosotros andaremos contando piedritas en el fraccionamiento del Xibalbá.

Dejan de crecer los niños, los animales y las plantas. Una amiga me dijo el otro día: “Quisiera que mis hijos ya no crecieran, que se quedaran así como están”. ¡Imposible! Ella sabe que es un deseo imposible de cumplir. Sus hijos crecerán, les crecerán los vellos, los pies, las manos, sus órganos sexuales, sus deseos. Tal vez el niño tenga un vientre de rotoplás o tal vez no, tal vez sea un corredor de campo traviesa, con un abdomen plano, pero le crecerán los sueños y soñará en ser el ganador del Maratón de la Ciudad de México. Todo crece, pero llega el momento en que todo deja de crecer. ¿De veras? ¿Deja de crecer la ausencia?

El diccionario de la RAE (siempre tan modosita) dice que Ausencia es: “Falta o privación de algo; acción y efecto de ausentarse o de estar ausente”. La ausencia es una carencia y esta carencia crece por siempre, para siempre.

¿Vemos un caso? La ausencia de una madre. Por supuesto que hay ausencias temporales. Los hijos se van a estudiar a otras ciudades y se ausentan de sus hogares, pero en temporada de vacaciones llegan para estar con su familia (Bueno, en realidad para estar con sus amigos o novias, de tal suerte que siguen casi ausentes en la casa). Pero ¿qué sucede con la madre que fallece? En el instante del fallecimiento se abre una fractura infinita: la ausencia eterna. Quienes padecen esa pérdida no alcanzan a dimensionar la grieta, pero conforme el tiempo pasa, la ausencia se hace más visible, más rotunda. Como si esta piedra, al inicio llena de aire, se fuera llenando con granos de fierro, la ausencia va pesando más y más y cada vez (es condición humana) crece como si fuese un tronco que quiere alcanzar la orilla del universo que se expande. Ah, cómo duelen las ausencias definitivas, crecen como globos llenos de tachuelas. ¿Hay un instante en que, como advierten que sucederá con el universo, la ausencia se contrae? Marcos dice que sí. Marcos dice que por eso hay una etapa de duelo, se padece, pero se trasciende, nadie puede sobrevivir metido en el hueco de la ausencia, aunque se reconoce que tampoco puede llenarse con algo ese hueco. La ausencia es como un agujero negro: succiona toda esperanza, toda línea de luz. Marcos dice que la ausencia se contrae en el instante en que el hombre que lamenta la ausencia de la madre también fallece. Pero Juan no está de acuerdo, Juan (ingeniero químico) dice que la primera ausencia sólo se integra a la siguiente, como si fuese una cadena carbonada, encarbonada, encabronada. Hay, dice Juan, el ADN de las ausencias. Cuando un nuevo ser nace tiene, no lo sabe a ciencia cierta, el ADN de todas las presencias familiares, lo que es lo mismo que decir que posee todas las ausencias lamentables, todas esas piedras que cortan el cristal del espíritu y que producen llagas.

Todos los seres humanos llevamos muy dentro una cadena infinita de ausencias. Cuando alguien, sin causa aparente, suspira, lo hace porque recordó la sonrisa de la tatarabuela que nunca conoció físicamente.

Sólo el árbol de la ausencia nunca deja de crecer.

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