Definición de oficio

Imagen: César Piqueras

 

¿Todo mundo tiene oficio? La tía Alondra siempre dijo que su marido “No tenía oficio ni beneficio”. Él, todas las mañanas, leía el periódico y, en la tarde, iba al billar a jugar carambola.

Cuando a Pancho Pitirijas le preguntaron cuál era su oficio, él, con voz de barítono cansado, dijo: “Verijero”, cuando el juez preguntó en qué consistía tal actividad, el viejo sonrió y dijo que era “La hermosa actividad de rascarse la verija todo el día”, y soltó una carcajada que provocó el llanto de todos los niños que habían llevado a apuntar al registro; es decir, para Pancho, rascarse la zona cercana a los testículos era un oficio tan relevante como el de astronauta, por decir lo menos.

De acuerdo con el diccionario de la RAE, oficio es: “Ocupación habitual”. El diccionario dice que beneficio es: “provecho”.

Si la tía Alondra supiera lo anterior caería en la cuenta que su marido tenía un oficio (bueno, varios, cuando menos dos) y por ejercerlos obtenía beneficios.

De ahí concluimos pues que todo mundo tiene un oficio y recibe un beneficio por practicarlo. Pancho Pitirijas, el famoso verijero, dedicaba la mayor parte del tiempo a estar en la hamaca rascándose la parte cercana a los huevos (no dudo que, en momentos sublimes, casi gloriosos, la mano de Pancho se deslizaba a los testículos y se los acariciaba con mano experta).

Claro, uno entiende que hay de oficios a oficios. Esto desde la perspectiva de la sociedad capitalista. Para las élites está más bien visto el oficio de un alto jerarca de la iglesia católica (digamos el arzobispo) que el oficio de un modesto herrero. No importa que el alto prelado sea un prepotente discriminador que se tiende como alfombra a la hora que lleva la comunión a la mamá de un gobernador y desprecia al indígena que solicita la bendición de una imagen religiosa. La sociedad considera que el oficio del arzobispo genera más beneficios que el del herrero. Pero, ¿qué sucede cuando la lectura se hace a partir del interés personal?

Pancho Pitirijas nunca hubiera cambiado su oficio por otro. El esposo de la tía Alondra tampoco habría aceptado un canje, así hubiese sido el de presidente de la república. El tío Doberdaín (así se llamaba) era feliz, como pocos en el mundo. Uno entiende que la tía se refería a que los oficios de su esposo no reportaban beneficios económicos a la casa y ella era la que tenía que trabajar (haciendo pasteles y gelatinas) para soportar los gastos de la casa. El tío no aportaba un solo centavo. A veces, mientras la tía preparaba la masa, compartía sus dudas conmigo: ¿Cómo le hacía el tío a la hora que, sin duda, los amigos se prorrateaban para pagar el juego de billar o la ronda de cervezas con botana? ¿De dónde el tío agarraba dinero para ir todos los domingos a la matiné del Cine Comitán? ¿De dónde el gasto que, cada domingo, daba a sus dos hijos? ¿De dónde? La única posible respuesta es que la mamá, que era maestra pensionada, le daba dinero a su huevón consentido, porque, eso sí, el tío era el hijo favorito de la mamá y ésta justificaba su desidia hacia el trabajo diciendo que su Doberdaín había nacido con los pies planos. ¿Y?, preguntaba la esposa.

Los sabios dicen que la felicidad está en relación directa con el beneficio que se obtiene al ejercer un oficio y que tal beneficio está imbricado con la satisfacción espiritual y no con los beneficios materiales recibidos.

Cuando llegaba a casa de tía Alondra, veía al tío Doberdaín sentado en un sillón, con las piernas estiradas, leyendo el periódico. Siempre lo miré sosegado. La noticia más impactante, la más terrible, sólo le provocaba una sonrisa. Su dicho era: “Todo pasa por algo y esto también pasará”. A las tres de la tarde se peinaba, se cubría con su chamarra de Chiconcuac, se ponía el sombrero y caminaba con rumbo al billar donde ya lo esperaba la palomilla de amigos. Ahí tomaban cervezas y jugaban carambola. La vez que entré al billar corriendo para darle la mala noticia de que la tía se había caído en las gradas y se había golpeado en la cabeza, él, con calma, dijo a sus amigos que se verían mañana, tomó su sombrero y su chamarra, me tomó del brazo y dijo: “Todo pasa por algo y esto también pasará”.

El tío, al menos durante los últimos treinta años de su vida (murió a los sesenta y dos), no tuvo más oficios que el de leer periódicos y jugar carambola por las tardes. Bueno, también fue a la matiné del Cine Comitán hasta que cerraron el cine.

Todo mundo ejerce oficios en la vida.

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